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'Person of Interest': la sorpresa del año

Posiblemente, Person of Interest, o Vigilados, como prefieran, ha sido la serie que más expectativas creó en su estreno y más decepcionó a los adictos. Producida por Abrams, con el Michael Emerson de Perdidos en uno de los papeles principales y Jonathan Nolan como mente creadora, todo apuntaba a que sería una de las mejores novedades de la temporada. Pero cuatro o cinco capítulos después, parecía que aquello se había convertido en una serie policiaca más, con algo de informática para aderezarla y hacerla distinta. Muchos la dejaron entonces. Craso error.

Pero empecemos por donde se debe, el principio. Y es que al comienzo de cada capítulo, Finch, el personaje interpretado por Emerson, resume en qué consiste la trama:

Te están vigilando. El gobierno tiene un sistema secreto, una máquina que te espía todos los días a todas horas. Lo sé por que la cree yo. Diseñé la máquina para detectar actos de terrorismo, pero lo ve todo. Crímenes violentos que implican a gente ordinaria, gente como tú. Crímenes que el gobierno considera irrelevantes. Ellos no iban a actuar por lo que decidí hacerlo yo. Pero necesitaba un socio, alguien capacitado para intervenir. Buscados por las autoridades, trabajamos en secreto. Nunca nos encontrarás, pero víctima o agresor, si tu número aparece, te encontraremos.

Efectivamente, Finch creó el Gran Hermano motivado por los atentados del 11-S y cada poco recibe un número de la seguridad social que corresponde a una persona que de forma inminente va a matar a alguien… o ser asesinado. Es un experto informático de un nivel inimaginable. Del mismo modo, su socio, Reese, interpretado por un inexpresivo Jim Caviezel, más que un militar ex agente de la CIA parece Terminator. Pero bueno, como en tantas otras series y películas, de James Bond a Bourne, es relativamente sencillo suspender la incredulidad, y así nos dispusimos a disfrutar de la serie.

Además de estos dos personajes, teníamos dos policías, Fusco y Carter. El primero, un corrupto al que chantajean para que trabaje para ellos en la sombra. La segunda, una profesional ejemplar empeñada en cazarlos. Dos buenos secundarios que cumplían su papel.

El problema, tras unos cuantos capítulos, es que aquello parecía una serie policíaca más, de las que llaman “procedimentales”, es decir, aquellas cuyos capítulos son autoconclusivos y muy pocas cosas suceden que requieran más de un episodio. Un Equipo A, por entendernos. Series que están muy bien cuando llegas tarde de trabajar y no quieres pensar mucho y te las encuentras en la tele; da lo mismo qué episodio sea o incluso qué temporada que la cosa se puede seguir sin problemas de principio a fin. La única diferencia entre Person of Interest y otras del género es que aquí no estás nunca seguro si la persona a la que quieren proteger es víctima o verdugo. Bueno, y también que la base informática y paranoica de la vigilancia continua da lugar a unos grafismos bien chulos para servir de cortinilla entre escenas. No era mucho.

‘Testigo’: la aparición de Elías y el cambio en la serie

No sé por qué seguí viendo Person of Interest tras los primeros capítulos. Quizá me gustó que, pese a lo exagerado de la efectividad a las teclas de Finch, la serie intentaba ser respetuosa con los informáticos que pudiéramos estar viéndola. Quizá porque me hacía gracia ver al Jesús de La Pasión de Cristo ejerciendo de héroe de acción. En cualquier caso, no es porque presintiera que se fuera a convertir en una gran serie, con “un arco argumental mucho más ambicioso y genuinamente intrigante”. Pero hice bien, porque la recompensa no tardó en llegar.

El capítulo séptimo, Testigo, desveló el primer archienemigo de nuestros protagonistas, Elías, de la mejor manera posible, en uno de los mejores episodios de la temporada y el punto de inflexión en el desarrollo de la serie. A partir de ahí, la serie creció, incluyendo nuevos personajes, varias subtramas y haciendo que los flashback que nos habían ido presentando a los personajes en los primeros capítulos terminaran cobrando sentido e integrándose en los casos de la semana.

Fusco y Carter fueron abandonando los papeles con los que comenzaron y adoptando otros nuevos según fueron pasando los episodios. Algunos de los salvados por Finch y Reese volvieron a aparecer para ayudar, o no, a nuestros héroes. Y el cerco sobre ellos se fue estrechando desde varios frentes. Al fin y al cabo, por muy buenas intenciones que tengas, no parece probable que puedas dedicarte a matar gente semana sí y semana también sin llamar la atención de nadie, ¿verdad?

El crimen organizado, la organización de polis corruptos “HR”, el FBI, la CIA, los otros pocos que saben de la existencia de La Máquina, una hacker misteriosa capaz de derrotar al mismísimo Finch… todo parece ponerse en contra del empeño de nuestros protagonistas en salvar a las personas víctimas de crímenes “irrelevantes” y que en el fondo, como al Gobierno, nos importan un carajo. Como sucediera con, por ejemplo, los casos de House, han pasado de ser el centro de cada episodio a convertirse en el macguffin; interesan, sí, pero lo que nos importa es saber que será de nuestros personajes, si sus esfuerzos los llevarán al desastre o si se salvarán para ver otro día.

Grandes finales

El final de esta primera temporada empieza pronto: a partir del capítulo 19 de un total de 23 veremos cómo se van cerrando, aunque no del todo, muchas de las tramas que nos habían entretenido en los episodios precedentes y cómo se preparan otras nuevas que no cabe duda tendrán su protagonismo la temporada que viene.

En cualquier caso, posiblemente los mejores episodios sean los dos antepenúltimos, en los que se nos dan nuevas piezas de esos puzles que son Finch y Reese, personajes paranoicos a quienes persigue su pasado. En cierto modo, y por seguir el paralelismo con House, son similares al episodio Tres historias de la primera temporada de la ya finalizada serie del médico borde. El episodio final, pese a ser de los mejores del año, deja una última imagen con regusto amargo. Quizá Nolan se haya abramizado demasiado y dejado llevar al camino no ya de lo inverosímil sino de lo completamente imposible. O no. Lo veremos el año que viene.

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