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'Peaky Blinders': ¿Quién dice que no hay series buenas esta temporada?

¿Hace cuánto que se enganchan a una serie nueva? No hablo de series consolidadas, de cuartas o quintas temporadas de joyas que seguimos como fieles adictos. Digo producciones nuevas, de entrar a vivir. En el pasado Festival de series (a que dedicaremos un post próximamente, que lo merece) este fue uno de los temas recurrentes: ¿Ha pinchado la burbuja seriéfila? Mientras la calidad de nuestras series habituales va in crescendo (ahí está ese final de Breaking Bad o esa épica Boardwalk Empire) cunde la sensación de que los nuevos estrenos tienen poco que ofrecer. Todo huele a antesdeayer, a naftalina o a un tímido “sí pero bah”. ¿O no? ¿No hay nada que merezca la pena en este erial de comedias absurdas?

Llevo tiempo diciéndolo -disculpen la autocita y el postureo- pero estamos mirando en la dirección equivocada. Mientras EEUU ha finiquitado su temporada de estrenos otoñales con un aprobado raspado (apenas Masters of Sex y Ray Donovan se salvan de la quema) en la Pérfida Albión están en otra conversación, mucho más interesante. Southcliffe, Broadchurch, y sí, Peaky Blinders, de lo que venimos aquí a hablar hoy. Nada menos que mi serie de la temporada de fríos.

Esta vez, deben hacer caso a quien les compare Peaky Blinders con Boardwalk Empire, porque las similitudes golpean desde el primer fotograma. No será la glamourosa Atlantic City, sino el hollín de la industrial Birmingham de 1919 lo que nos sumerja en el universo criminal de una banda de mafiosos. Son la familia Shelby, que a través de las carreras de caballos tratan de erigir todo un imperio en la “ciudad de los mil negocios”. Sin contemplaciones, como pueden imaginar: no en vano, el apodo peaky blinders viene de las cuchillas que guardaban en sus boinas de plato, con las que ‘acariciaban’ a los insumisos.

El rey absoluto de la serie es Thomas Shelby (enorme Cillian Murphy) que ha regresado de la guerra dispuesto a retomar el control de una ciudad en la que es temido y  respetado. Pero no todo va a ser amañar apuestas, extorsionar, robar y recuperar el liderazgo de una banda de desalmados. La gran guerra ha dejado heridas profunda en el (casi) inconmovible líder, que no conseguirá cicatrizar ni con opio ni con violencia. Además de firmar una interpretación de diez, el irlandés consigue callarme la boca y demostrar que nunca estuvo tan limitado por su físico como me pareció. Todo lo que necesitaba era un mal corte de pelo (atención hipsters, esto es tendencia) y un ambiente como Peaky Blinders para quitarme los remilgos.

Amén de la trama puramente mafiosa, la serie toca de manera tangencial asuntos capitales del período de entreguerras en Reino Unido: el auge (y persecución) del comunismo, la efervescencia sindical, el nacimiento del IRA, los traumas de una guerra devastadora, el ambiente revolucionario…. y uno, que me fascina especialmente y me ayuda a introducir a mi protagonista ‘en la sombra’ de Peaky Blinders: la tía Polly, interpretada por una magnífica Helen McCrory. Ella fue la encargada de liderar la banda los cuatro largos años que los hombres pasaron en el frente y ahora debe asumir que aquella responsabilidad ya no le corresponde. Regresar a las sombras, devolviendo el poder al macho como todas las demás ciudadanas de segunda. “Pero yo soy de esa generación de mujeres que no está dispuesta a quedarse en casa con un delantal”, dice, provocadora. Un personaje duro e intrigante (¿sólo a mí me recuerda a la Jackie Weaver de Animal Kingdom?)  que consigue ensombrecer el duelo entre villanos en más de una ocasión. Porque el principal talón de Aquiles de esta joya de la BBC2 tiene nombre propio: Sam Neill, el ‘coper’ que llega a Birmingham después de “limpiar” Belfast de “escoria”. Reconozco la inquina personal al actor, pero echo en falta un malvado con más empaque.

Pero es lo único. Poco más puedo reprocharle a este thriller de época que sabe lo que se hace. Y no es para menos, teniendo a quien tiene detrás: el guión corre a cargo de Steven Knight (responsable junto a Cronenberg de Promesas del Este) y bajo la dirección de Otto Bathurst, autor del primer capítulo de Black Mirror. La historia real que retratan es tan cruda como la pintan, aunque la BBC nos ahorre ciertos pasajes sangrientos -cosas de la televisión pública- sin escatimar en crudeza. Una banda de matones que sembró el terror en una época convulsa y oscura, en la que nadie acaba de (re)encontrar su lugar.

Visual y musicalmente la experiencia de Peaky Blinders no puede ser más sublime. Imágenes poderosas pero sin ornamentos, y sobre todo una banda sonora que se juega todo a la carta del riesgo, y gana la difícil jugada. Nada de música de época o el previsible floklore: rock de vanguardia para ambientar a la sucia mafia british. ¿Cómo no caer rendido ante una quema de retratos del Rey mientras suena The White Stripes o Nick Cave? Lo malo es que sólo hay seis capítulos. Lo bueno es que ya tiene segunda temporada.

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