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Oda a la serie cancelada: ¡Exijo que me devolváis 'Luck'!

Uno de los síntomas de que lo mío con las series es para mirárselo es lo que me ocurre cuando cancelan una serie. Ni en mis peores desamores adolescentes he experimentado tales cuotas de rabia y masoquismo que cuando unos aviesos señores, a kilómetros de distancia, deciden dejarme sin mi capítulo semanal de alguna serie adorada.

Yo, que nunca he sido muy Bridget Jones y no he engullido toneladas de helado mientras suena Sinead O’Connor para regodearme en desgracias sentimentales; atravieso las fases de la abandonada-despechada en estos momentos. Las tengo todas: No, no es verdad, no la cancelan, será un falso aviso. Esto no me lo haría HBO. ¿Porqué me hace esto? ¿Qué hemos hecho mal? ¿No somos buenos para ellos? Si nos dejan así, a sus espectadores, que les hemos dado todo, es que no nos valoraban. Y así, sucesivamente, hasta llegar a la ira, estadio en el que suelo estancarme. Porque nunca lo asumo.

Todo este absurdo introito no era para convenceros de lo conveniente que resultan las terapias a tiempo; sino para hablaros de Luck. El último de los amores que me ha  dejado ahogada en un bar, que diría aquél grupo llorón.

Para quienes no os hayáis ‘encamado’ con esta maravilla de la HBO, os diré que Luck era  -¡ay!- el desembarco de Dustin Hoffman en el terreno seriéfilo, la producción que había conseguido que trabajaran juntos David Milch (Deadwood) y Michael Mann (El último mohicano, Heat) y que no corriera la sangre. Luck es una serie sobre apostadores y carreras, de gángsters y corrupción, de perdedores y venganzas. Todo apesta a turbio y oscuro. Hablamos además de una producción coral, con unos intérpretes de lujo: Dustin Hoffman, Dennis Farina, Nick Nolte, John Ortiz, Ian Hart, Kevin Dunn… Una construcción de personajes impecable, seres creados a grandes brochazos, con nostálgico aroma a nuestros adorados integrantes de The Wire.

Visualmente, Luck es un auténtico alarde de virtuosismo. Las escenas de las carreras de caballos contienen una belleza de escasos precedentes: increíbles travellings de la cabalgada, tomas aéreas gustosísima, hipnóticos primeros planos … todo, rodado con un mimo exquisito y extasiante, que te deja mágicamente rendido, conteniendo la respiración. No exagero: creo que Luck había llegado a crear un trocito de mitología, nada más que con estas escenas.

Aquí pueden comprobarlo. Si quieren ver la carrera directamente, a partir del minuto 2:50. 

 

Como pueden imaginarse, Luck no tiene ningún interés en ponérnoslo fácil. Para los que aterrizamos en sus garras con los mínimos conocimientos sobre el universo del hipódromo, pasaremos algunas escenas del piloto sin comprender una puñetera palabra de lo que está ocurriendo en pantalla. Alguno abandonará ahí, y no podrá culpársele. A mí, me generó tal fascinación el microcosmos del hermosísimo hipódromo de Santa Anita de Arcadia (California) y de un entorno que apesta a ponzoña; que continué. Me ayudó mucho la guía que los señores de HBO publicaron para explicar conceptos básicos; y sobre todo dejar hacer a la trama, que te acaba imbuyendo en su jerga de jockeys y apostadores. La exigencia es considerable, pero el resultado lo merece.

Porque Luck estaba llamada a ser grande. Mucho. Pero ya nunca lo será. [inserte música dramática aquí]

Sabíamos que nos enfrentábamos a una serie con ribetes elitistas, que iba a cumplir las personales máximas de HBO: parir grandes clásicos de de inapelable calidad,  no destinados al gran público. Por eso no me asusté con las comparaciones entre su discreta cuota de share y su desorbitado coste. Pero lo cierto es que el fantasma de la ruptura empezó a sobrevolar demasiado pronto nuestra historia de amor: durante la complicadísima producción de las serie, un accidente acabó con la vida de un caballo en el set de rodaje. Las asociaciones en defensa de los animales protestaron con empeño, empezando a ponerle las cosas difíciles a los productores. Se trató de reducir el riesgo de las escenas de carreras, pero sirvió de poco cuando murieron dos equinos más, lo que acabó de condenarla.

PETA elevó la presión y Mann y Milch no tuvieron más remedio que ceder: adiós a Luck. “A pesar de todas nuestras precauciones, los accidentes, por desgracia, ocurren y es imposible garantizar que no volverán a ocurrir en el futuro. Por consiguiente, hemos llegado a esta difícil decisión”, aseguraron en un comunicado.

No pienso entrar aquí en un debate animalista, no es mi intención herir sensibilidades, porque soy muy consciente que mis ansias de más Luck me nublan el razonamiento. Por eso, sólo diré cuán irónico me resulta que la serie que exhala más auténtica y sincera devoción por los caballos en cada uno de sus planos, acabe cancelada por este motivo.

Como he dicho, sigo cabreada. Porque la historia de Luck no se merecía de esto. La primera temporada sólo había tenido tiempo de moldear la escultura, de asentar los escenarios y los personajes. Estábamos enamorados, pero no habíamos desatado nuestra pasión aún. Apenas habíamos entrelazado nuestras manos, y créanme, Luck da para cosas mucho más sucias. Y justo aquí, van y me la sacrifican.

Después de maldecir en arameo y firmar alguna de esas absurdas peticiones online, sólo me ha quedado acabar la primera temporada y seguir maldiciendo. Así que, para que mi odio y frustración tengan alguna utilidad, declaro inaugurada la Oda a la Serie Cancelada, donde recopilaré mis penosos abandonos, lloriqueos, traumas variados y rupturas por fracaso. Porque sé que ellas, desde algún lugar, seguro que me están viendo.  Y se lo debo.

Estado masoquista: disfrutar una y otra vez de una intro perfecta, con una canción hipnótica de Massive Attack.

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