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'Louie': la serie para reírse con vergüenza y ternura

Hace tiempo que postergo las ganas de traer a este blog a un tipo gordo y pelirrojo, cuarentón, divorciado y neoyorkino. Se llama Louis C.K y hoy por hoy, es el responsable de mis más sonoras carcajadas, y era de justicia dedicarle a él la primera recomendación de comedia que hago en este blog. Aunque bueno, Louie no sólo es comedia, pero de eso hablaremos más tarde.

Porque antes es preceptiva una advertencia: es muy probable que la serie no le haga la más mínima gracia. De hecho, posiblemente  sus bromas le abochornen o avergüencen, porque Louie es una serie de extremos: o la adoras –como servidora- o la detestas. Hace unas semanas hice una prueba con una pareja de amigos, poniéndoles un monólogo del productor, director y protagonista de la serie. Louis C.K alcanzó la fama como monologuista dentro del circuito de Stand Up Comedy estadounidense, con una manera inconfundible de hacer humor que, como sucede casi siempre, no pretende complacer a todos los paladares. Por eso, la mejor manera de no perder el tiempo es ver uno de esos gloriosos monólogos que pueden encontrar en Youtube. Como este extracto, por ejemplo. Si les gusta, sigan adelante.

El resultado de mi experimento fue desigual y revelador. Mientras a él le apasionó –y me consta que hoy consume con fruición todo lo que hace este pelirrojo- ella consideró que sus bromas eran demasiado bestias. Cada uno traza la línea en el lugar que considera y como decía, es muy probable que hiera ciertas sensibilidades, avisados están. Porque Louis C.K concibe el humor como un territorio libre de prohibiciones, y no hay nada que se salve de su mordacidad. Y cuando digo nada es nada, porque –y esto es sólo mi muy discutible opinión- considero que como dice Ricky Gervais se debería bromear con cualquier cosa. Todo depende de cómo sea la broma.

Finalizado el interludio –los insultos, en los comentarios- vayamos a lo que hemos venido aquí, porque la serie no es sólo Louis y sus monólogos, que también intercala durante el episodio. Él es ese tipo que sólo sabe hacer dos cosas bien en la vida (pajearse y cuidar de sus hijas, según dice) pero en los veintidós minutos de cada episodio en los que nos muestra su rutina diaria vemos que hay mucho más. Esto va de un cuarentón divorciado en la gran manzana,  que trabaja en el mítico Comedy Cellar y comparte la custodia de dos rubísimas niñas. Puede parecerse a Seinfield, pero esto es otra cosa, créanme.

Louie no entra en los moldes de ninguna comedia que hayamos visto hasta ahora -los que saben lo llaman post-humor-. Lo intentó con una serie anterior en la HBO (Lucky Louie) pero ahora ha dado con su sello personalísimo y genuino, fuera de los estándares de las sitcom. En el capítulo Oh Louie/Tickets,  vemos cómo trata de protagonizar una de esas comedias ‘normales’, con público en directo y trama familiar. En un momento dado, le dice una estupidez a su pareja, y ella contesta “oh, Louie, te amo”, arrancando uno de esos alaridos tiernos en los espectadores. Louis se detiene en seco y le dice: “¿Por qué dijiste eso? Acabo de decir algo muy estúpido”. El director corta la grabación y le pide que se ciña al guión. Pero él no puede, porque le resulta absurdo. “Nadie actúa así”, dice. Se gira hacia las gradas y pregunta: “¿Ustedes verían una serie así?”, y el público brama al unísono: “Sííííí”. Se gira y se va: “Pensaba que íbamos a hacer algo honesto”. Y ahí, precisamente, el creador explica los mimbres que articulan su serie y también su concepción del humor y la comedia: la honestidad. No busca las grandes audiencias de Modern Family, ni va a sacrificar nada en función de un gag. Lo que quiere arrancarnos no es una risa superficial.

Louis comparte con Gervais (que también sale en la serie, por cierto) la explotación del fracaso, pero allí donde el británico rebosa pesimismo, él añade ternura. Porque sí, todo esto es una mierda y vamos a reírnos de ello. Pero no es sólo una mierda. Como él: Louis no es sólo el barrigón que hace bromas con minusválidos cabrones, o se queja amargamente de tener que leer a la velocidad de una niña de cinco años. “‘Papi, estoy aprendiendo’ me dice mi hija. Sí, ya lo sé, pero yo estoy aburrido. Vas a crecer estúpida porque yo estoy aburrido”.

Es capaz de hacer las bromas más bestias que recuerdo, y a la vez dejar que asome el profundo buen tipo que hay en él. Y eso que se autodefine como una mala persona ya que se masturbó en el período que hubo entre el primer y el segundo impacto de los aviones en el 11-S. Louis considera que eso diferencia a los buenos estadounidenses de los malos: cuánto más tardases en volverte a masturbar, mejor persona eres. De este tipo de humor hablamos.

Alguien me confesó una vez que Louie era una serie que sólo era capaz de disfrutar en soledad, para que nadie pueda hacerte sentir culpable por reírte de sus descarnadas bromas. Es cierto que viendo Louie uno a veces se carcajea con un poco de vergüenza, mano en boca y musitando no ha podido decir eso. Particularmente, hay pocas cosas que me escandalicen a estas alturas, pero muchas que me generen envidia. Y el humor de Louis, (o más bien la reacción a este humor) es una de ellas. Porque tras una de sus animales chanzas, al día siguiente no hay quince asociaciones y treinta colectivos profesionales pidiendo su cabeza por haberles ofendido y agraviado.

Espérense cualquier cosa de Louie, porque nunca se sabe. La serie intercala momentos de realismo brutal, con el surrealismo más inclasificable, a lo que une elementos oníricos e incluso poéticos. Y siempre con un humor negro, negrísimo y una estructura anárquica. “Si cada capítulo de Seinfeld podía ser visto como una canción pop perfecta, un mecanismo de relojería impecable, Louie es un solo de jazz que empieza de una manera y nunca sabemos cómo puede terminar”, decía Diego Papic en Orsai. Impecable.

A mí Louie me hacía falta, y lo que él hace no lo había visto antes. Un tipo que juegue siempre con los extremos, que se ría de todo y de todos, que nos ridiculice a con honestidad, pero que no sea cínico. Que hable de sexo, de la muerte, o de los hijos y no suene políticamente correcto sino sincero, sin huir de la amargura que comporte eso. Porque el poso que deja al final es que hay hermosura en toda esta mierda que nos toca vivir. ¿Ven cómo esto es mucho más que una comedia? Porque no se lo he dicho, pero Louis  C.K ha matado la comedia para hacer algo más.

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