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Los 10 pecados de The Newsroom

Que quede claro: me siento muy a gusto siendo una sorkinista irredenta. No tengo ningún problema con que la gente me eche en cara que a todo lo que hace Aaron Sorkin le dispenso un trato injusto y parcial, como una madre incapaz de verle los defectos a su churumbel. Podría ganarme un sueldo si me dieran un euro cada vez que alguien me ha dicho eso de Te tragas cualquier cosa que haga Sorkin. Por eso, seguro que alguno andaba ya bostezando ante mi más que previsible artículo almibarado sobre The Newsroom, aprovechando que comienza sus emisiones en Canal+. Pero, amigos, eso ya lo hice hace unos meses. Ahora -porque además de sorkinista soy bastante terca- me he decidido a aceptar el reto lanzado por un amigo, que me soltó su convicción de que yo prefería, literalmente,  darme un tiro en el pie antes que mencionar 10 defectos gordos de The Newsroom. ¿Que no?

Recojo el guante, y me ahorro destacar las bondades de esta serie, para sumergirme de lleno en sus peores aspectos, sin ningún tipo de piedad. Y no es solo por demostrar que yo también sé criticar The Newsroom -deporte nacional-, sino que además, reconocer que la serie es un largo camino de baches que no merecen quedar sin su tirón de orejas.

1. Que malísimos que son los malos, leñe

El arco de personajes de The Newsroom ha sido tan irregular como toda la temporada. Algunos resultan interesantísimos y otros aburren hasta a las ovejas; pero de todos los errores garrafales de la construcción de caracteres, los malos se llevan la palma. Sorkin se ha puesto en plan Disney y nos ha presentado unos ‘malos’ a los que sólo les falta llevar guadaña y oler a azufre. Aaron, yo entiendo que todo héroe necesita un villano ante el que sacar pecho, pero esta vez creo que te has pasado tratando de colarnos una Bruja Piruja como Leona, con ese vástago salido del averno -donde sin duda, hay un gimnasio- de Reese Lansing. Y lo peor de todo no es que no me haya tragado ni por un momento su maldad congénita, es que no han logrado su objetivo de hacer que temiera ni un sólo segundo por el héroe. Parecía que amenazaban con una pistola de agua. No perdono este patinazo maniqueo de primer orden

2. Relación de Will McAvoy y Mckenzie

No, no, y no. Ni por Aaron Sorkin me trago yo semejante folletín. En serio, ¿alguien se ha creído en algun momento la historia de estos dos? Que digo yo, que si vas a hacer girar la trama en torno a una historia de amor, podías habértela currado un poquito más, ¿no Aaron? La relación de estos dos chirría hasta dejarnos sordos, y hace temer una escena final en la que caigan pétalos de rosa del techo mientras se funden en un beso eterno y azucarado y las hadas revolotean por la redacción.  ¿Donde está esa maravillosa tensión sexual de Josh y Donna en El Ala Oeste? No entre estos dos, desde luego. Si quiero ver historietas de amor con llamadas-que-no-cogi-y-me-habrían-cambiado-la-vida, me inyecto un capítulo de Sexo en Nueva York (harto improbable) o leo a Federico Moccia (no sin una pistola apuntándome entre ceja y ceja).

3. McKenzie McBeal

El personaje de Emily Mortimer prometía. Al menos durante el primer capítulo, si me esfuerzo en recordar. Pero menudo bluf, señores. De parecer una productora con garra, una tía curtida entre los cadáveres de Afganistán se ha convertido en una histriónica neurótica digna de figurar en la lista de mis personajes más odiados. Nada en ella encaja: ¿Cómo se come que una mujer que cita con garbo a Sófocles, tiene una inteligencia por encima de la media, y acaba de salir de una trinchera desconozca si El Quijote está escrito en español o en italiano? Créanme que no es chovinismo, es que no hay por dónde cogerla. No puedes ser una tipa dura tres minutos para desquiciarnos el resto del tiempo convirtiéndote en una especie de Ally McBeal gritona, torpe y con la inestabilidad emocional de un niño de cinco años. Te admito lo de su acento, pero, entérate: sus torpezas no resultan entrañables, son ridículas sin ningún tipo de atenuante. ¡Basta, Mckenzie! No queremos más gestos ratoniles y grititos histéricos. No más arqueos de cabeza a lo perrito-observante. Además de lecciones de economía básica, deberías aprender de Sloan algo más… todo, para ser exactos. Y come algo, mujer.

4. Personajes femeninos para tirar a la basura

Mira que yo me he esforzado en defenderte cuando te acusaban de misógino machista, Aaron. Pero es que me lo pones realmente difícil con The Newsroom. Cierto que, como ya he dicho, algunos de los personajes no están muy logrados, pero es que con las mujeres te has cebado. Salvo por Sloan. ¿Hay algún motivo por el que te has empeñado en presentarnos a los personajes femeninos como una panda de chaladas con necesidades urgentes de internamiento psicológico? ¿Tenían que ser todas ñoñas e inestables? Dime que alguien muy avieso te lo impuso. Sé que hay esperanza, que lo remediarás en la segunda temporada. Y lo sé porque he visto la luz con la luz con el cinismo de esa crack de la economía, y con ese alegato contra Sexo en Nueva York de Maggie. Tú, que has creado a C.J, a Donna en el Ala Oeste ó a Dana o Natalie en Sports Night no puedes hacernos esto. Las has hecho buenas profesionales en su mayoría, ahora queremos que molen. Dale duro y me volverás a tener en tu barco.

5. El episodio de Ben Laden

Con esto es que no sé ni por donde empezar. Si digo que ha sido el peor episodio de la temporada, no me quedo a gusto, porque me sobra mucha rabia que vomitar. Aún asumiendo el eterno abismo que separa mi mentalidad europea de lo que supuso para los norteamericanos la eliminación de su enemigo público número uno, hay cosas que no entiendo. De verdad, en esa redacción rebosante de progres, ¿es creíble que nadie, ni siquiera en una conversación de pasillo, ponga en cuestión ni una coma de la gestión de la operación de la administración de Obama? ¿Nadie tiene dudas respecto a la ejecución? Una cosa es que te hagas eco de un sentir mayoritario, y otra que anules por completo cualquier atisbo de discusión, sobre todo en un hito mundial como este. No suelo repeler el patriotismo americano, pero en este capítulo me dieron ganas. La escenita del avión me dio tanta vergüenza ajena que casi me lanzo a odiar al personaje de Don, mi preferido de la serie.

6. El republicano de mentirijillas

Desde el principio, sabíamos que Will McAvoy tenía trampa. Y eso no era algo negativo per sé: que habías creado un teórico republicano para demonizar a los más conservadores y radicales de su partido, lo sabíamos. El truco estaba a la vista: si nos presentas a un tío de izquierdas que va a criticar a la derecha, nos ponemos en alerta. Pero si tú, republicano registrado, vas a criticar a los tuyos, se te presupone la honestidad de la crítica. Ni los más ingenuos creían que ibas a mudarte ahora de chaqueta para presentarnos que también entre tus filas rivales hay tipos cabales. Pero es que te has pasado de frenada, amigo. Porque en Will McAvoy hay tantos rastros de su republicanismo como en mí de defensora de la vida vegana: cero. No cuela que Jeff Daniels repita una y otra vez eso de que es un “republicano de carné”, y luego no haga o diga nada que le acerque al partido del elefante. Qué poco riesgo, qué infantilada. Quiero creer que alguien te dijo que después de crear un presidente demócrata, tocaba un prota republicano, y tú no tenías ningunas ganas de hacerlo y por eso ha salido este vodevil imposible que no me trago ni yo, que ya es decir.

7. Ambigüedad moral

¿Dónde está? ¿Por qué la mayoría de las veces tus personajes saben siempre qué es lo moralmente correcto desde el minuto uno? Como he dicho antes, llama la atención la inexplicable maldad de los malos, pero es que los buenos tienen un aire a la Casa de La Pradera que me ha dejado tiesa en el sofá y con cara de qué-me-estás-contando. Si todos supiéramos que nuestro impulso primero es siempre la respuesta correcta ante cualquier tipo de conflicto de índole moral, todo sería sencillísimo. Menuda batalla de pacotilla. Estos tipos de The Newsroom, van por la vida siempre con la honestidad por bandera, privándonos de debates internos ó externos que les hagan cuestionarse que quizás la línea de la moralidad y la ética no está dibujada con escuadra y cartabón. ¡Ellos lo saben desde el principio y nunca dudan! La única batalla es contra el malo malísimo que quiere convertir mi programa al espectáculo barato. Amarillismo malo, nosotros buenos.  Y así no vale. Mucho menos cuando les situamos en el ámbito de la información, donde precisamente ese debate sustenta todo lo demás. No somos niños chicos, y queremos menos buenismo y más buenos cagándola y más malos dejando escapar algún que otro gesto de humanidad. Que de verdad, Aaron, igual no lo sabías, pero sabemos como lidiar con personajes pelín más ambigüosl.

8. Momentos lacrimógenos ¡Basta ya de Fix You!

Admito mi mutilación emocional: me cuesta sobrecogerme ante una escena con música de clímax, en la que ocurre algo muy emotivo, como que toda una redacción entre a pagar de su bolsillo el rescate de un periodista secuestrado en Egipto. Vale. Sigo viendo series que usan y abusan de la música ñoñeta y las escenas lacrimógenas y todavía no me he muerto. Pero, resolvédme una duda: ¿Qué hay detrás de esa machacona manía de poner siempre la cansina canción Fix You de Colplay? Como destacó este irónico vídeo del New York Magazine y muchas publicaciones, estáis para que os encierren. Y ahora tú también Sorkin. ¡con lo bien que te iba con los Dire Straits! De seguir así, vais a conseguir que La Macarena empiece a sonar como un tema nuevo. Ya basta. Hablo en serio.

9. ¿Y los mandobles a los demócratas?

Mira que has tenido diez capítulos para encontrar un hueco donde darle algo de caña, por poca que sea, a algún demócrata. Pero nada. Erre que erre que erre con el Tea Party, que debe tener la exclusiva de decir estupideces en la política americana. Sin ánimo de entrar en terrenos políticos farragosos, Sorkin, lo que no puedes hacer es pretender,  como dice Mac, “contarle la verdad a los estúpidos”, “dignificar la profesión”, “educar a la sociedad en la verdad” y te batas en duelo con sesgados y sectarios, para acabar haciendo exactamente esto: Omitir una parte de la realidad tan importante como el partido demócrata, para centrarte en exclusiva en los errores y patinazos de los contrarios. Y total, ¿para qué? ¿Para que la conclusión final sea que en las filas del Tea Party hay mucho loco peligroso al que, si le dejas llevar sus ideas al extremo, puede cargárselo todo? Son políticos: claro que venden humo. Menudo atrevimiento, ¿eh Sorkin? En The Good Wife esbozaban una aproximación al Tea Party mucho más arriesgada y no se fueron poniendo medallas por ahí. Qué facilón ha sido todo. Espero que, una vez derrotado el movimiento en la ficción, en la segunda temporada nos lleves a una conclusión sobre el asunto que sea, un pelín más elaborada.

10. Realismo periodístico tendente a cero

Este es el punto que más sentimientos encontrados me ha generado en toda la temporada. Por un lado, está la periodista aún soñadora que observa The Newsroom con sonrisa bobalicona, pensando: ¡Jo, cómo molaría que fuera así!. Pero se ralla el disco, y despierta el Hulk que habita en mí. Esto era una carta de amor al periodismo, pero no habías avisado de que no pensaba ser NADA verosímil, Aaron. Porque en esa redacción pasan cosas increíbles de verdad: todas las fuentes de los periodistas son un colega del colegio, la excompañera de piso, un amigo de mi primo o el vecino del quinto. Cualquiera que ha pisado una redacción sabe lo que se suda para conseguir una fuente aceptable, para lo que no vale con un chasqueo de dedos. Vale que en las redacciones televisivas se hace mucha menos calle, pero es que no es verdad que a los periodistas nos vienen a buscar a nuestro sitio las noticias como si recibiéramos un pedido de comida china. ¿Qué me dicen de una redacción en la que cualquier extraño ajeno a ella transita como Pedro por su casa? ¡Pero si hasta invitan a sus amigos a que les vean cómo trabajan! Demencial. Y mira, siendo benevolente, querido Aaron, te perdono esas escenas en las que la redacción de News Night se convierte en una especie de fiesta de la Preysler, y se llena de famoseo y cócteles. Porque la  escena de la bebida en la cara tuvo su gracia. Pero, en el fondo, lo que te quiero decir es que quizás deberías revisar el objetivo final de la serie: a la mayoría del gremio aún nos quedan referentes idealistas con los que ensoñar y enjuagar nuestras miserias (Gracias, Wilder), y quizás necesitemos más un toque de atención que una pasada de mano por el lomo. Échanos sal en las heridas, que nos hace más falta. De verdad.

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