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'La Fuerza del Destino' y nuestra suicida defensa del culebrón

El emprender una descripción más o menos detallada o encendida de una telenovela en tiempos de HBO, de Mad Men y Los Soprano, del orgullo geek y referencial de Perdidos y de un buen puñado de dinámicas tele comedias de eternos adolescentes urbanos, podría parecer una empresa anacrónica y estúpida.

¿Cómo defender un género menospreciado, ridículo, incluso chapucero, vinculado a señoras apalancadas rutinariamente ante la televisión a la hora del sueño?. ¿Y por qué tendríamos que hacerlo, cuando las sofisticadas ficciones televisivas han invertido tanto dinero y tantos esfuerzos, a lo largo de décadas, en tunear los impulsos nerviosos de amor, sexo, venganza, poder que recorren la espina dorsal de los inmutables y efectistas culebrones latinoamericanos?.

Vaya si se puede, y nos vamos a poner con ello.

Dicen que la narración se produce siempre que existe un deseo. Sólo del deseo puede nacer el conflicto, cuando éste se encuentra con una fuerza equivalente en dirección opuesta. La telenovela es una de las expresiones vivas del deseo más visceral, del deseo de reconocimiento, de venganza, de unificación, del deseo en carne viva por los cuerpos redondeados de sus heroínas, de los angulosos y rasposos mentones de sus protagonistas. En el culebrón, el deseo campa a sus anchas y empuja hacia delante historias imposibles pero por eso mismo extrañamente reales.

El dramaturgo y guionista venezolano José Ignacio Cabrujas consideraba en Y Latinoamérica inventó la telenovela que los venezolanos como pueblo no eran extraños ante el mundo porque se les conoce a través de las telenovelas, una disciplina que él define como “un portento humano, algo de lo cual nos tendíamos que sentir orgullosos los latinoamericanos”. Cabrujas llegaba a considerar los culebrones como “lo único que ha aportado Latinoamérica al planeta entero”.

Como muestra, un botón. La fuerza del destino comienza con la cocinera Alicia, de regreso a Los Alamos con un objetivo secreto. El padre biológico de su hijo, un rico terrateniente, debe reconocer al joven como suyo. Pero Alicia no es la protagonista de nuestra historia, o al menos no la principal entre la larga docena de personajes que ocuparán sus roles respectivos a lo largo de un centenar de capítulos y varias capas de eventos superpuestos como en una lasaña. Iván, un joven pobre que acabó huyendo de las autoridades, regresará convertido en un prestigioso ingeniero (con los rasgos de David Zepeda) que debe superar su afán de venganza (su madre será asesinada) y reconocer su amor por Lucía (la absurdamente explosiva Sandra Echeverría), la más pequeña y discreta de las hermanas que se han paseado por su cama, y que ahora es una abnegada psicóloga infantil.

El espectador decidido a dedicar horas y horas de su existencia a las aventuras de Iván y Lucía no busca audaces ángulos de cámara ni interpretaciones del método.

Las limitaciones puramente industriales de la telenovela no permitirían perder el tiempo en florituras. Lo que se requiere es un arduo y hábil trabajo de encantamiento que mantenga a los dos excelentes especimenes humanos separados durante un centenar de capítulos, de su evolución desde “pobres con dignidad” a profesionales de prestigio pero entregados a sus sentimientos. Seguiremos, en un próximo capítulo, con nuestra suicida tarea de arremangarnos desgranar algunas claves más del culebrón latinoamericano.

¿Se apuntan para una próxima entrega?

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