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"Juego de Tronos", paga tus deudas

Fuego valyrio, dragones, sexo, violencia, sangre, mancos con mano de oro. El menú que nos ha brindado el arranque de la cuarta temporada de Juego de Tronos ha sido un festín de los manjares que esperábamos. La niña mimada de HBO ha regresado como acostumbra, trayéndonos de vuelta esta sensación tan familiar de querer más. El ansia pura, vaya. Porque esto va de siete Reinos y un Trono, pero sobre todo, va de que nos quedemos a medias; satisfechos con la degustación pero aún hambrientos. Así que, vamos haciendo hueco, que llegan los espoilers.

“No solo los Lannister pagan sus deudas”, avisa Oberyn Martell en los primeros minutos. Y eso ya es un grandísimo presagio: esta temporada va a haber grasa. Porque, sin desmerecer una estupenda tercera entrega, sí es cierto que con la excepción de la catártica Boda Roja, las cosas en Poniente avanzaban un poco a trompicones. A la dificultad propia de la serie de manejar un número tan elevado de historias paralelas, se sumó el carácter preparatorio de la temporada precedente, que había de narrar acontecimientos clave -aunque quizás, menos vistosos- pero cuya influencia será capital en el desarrollo de las tramas y sobre todo en el carácter de los personajes. Y ahora, por fin, podemos verlo. Porque todos los protagonistas -con excepción del ensimismamiento de Sansa- han vuelto cambiados, transfigurados por lo ocurrido.

Ahí tenemos al otrora malvado Jamie Lannyster derrochando humanidad a espuertas. El Matarreyes nunca fue tan vil como creímos, tan cruel ni tan calculador. Con lo sucedido en su secuestro nuestro villano se ha quedado desnudo -solo metafóricamente, más quisiéramos- además de manco, protagonizando una evolución que no ha hecho más que empezar. Porque todo lo que era se ha derrumbado, dejándole en carne viva. Jamie es ahora el villano sin vileza, el espadachín sin mano, el enamorado sin amor de vuelta. No podré evitar añorar su maldad ni sus greñas, pero algo me dice que el nuevo y aseado Lannister no va a defraudar.

Lo más odioso de Cersei explota y salpica en el primer capítulo, y eso solo puede ser bueno. Egoísta, herida, desnortada, caprichosa e insoportable hasta el chirrío de dientes. La gélida rubia no nació para soportar adversidades, por eso no hay nada mejor que colocarle los vientos en contra para verla enloquecer. Porque sí, es lo que queremos. Que le vaya mal. Como siempre decimos: poderosa es volcánica, pero destronada y herida aún más. Y aún hay hueco para seguir magullándola. Así que solo queda sentarse a disfrutar con su desesperación.

Y, por fin, por fin, Arya. Qué pocos minutos y cuánto cambio en la pequeña Stark, que también ha emprendido ya un camino sin retorno lejos de la promesa y encajada en la certeza. Tiembla, Tyron, porque quizá no te cruces con la andrógina con espada en Poniente, pero de este lado de la pantalla está ganando enteros para vencerte como personaje favorito. Porque tiene a Perro, además, que compite en molez con tu Valar Dohaeries.

Hay tanto de bueno en este primer capítulo que hasta nos atrevemos a vislumbrar por fin algo de chicha en el cariacontecido Jon Snow. Una vez quitados los remilgos (y las acumulaciones seminales) por los fuegos pelirrojos, parece que el cuervo ha encontrado el arrojo y la testosterona para empezar a dar golpes en la mesa. Que sean muchos y sobre todo, que sean ya. Queremos que pase la etapa de los pucheros y llegue la de la espada y las intrigas, hombre, que eres Jon Snow.

Y aunque mucho cambia, también hay constantes. Como la maravilla que supone ese tándem de perfidia de Olenna Redwyne y Margaery Tyrell. Que intriguen todo y más, porque nunca es suficiente. Que sigan derrochando cinismo la una y ambición la otra, para que veladamente sigan moviendo los hilos, o intentándolo. De alguna manera habrá que contrarrestar la soporífera de presencia de una Sansa que está pidiendo a gritos una dosis de Perro o de Prozac. O de las dos.

Y no, no me lo pienso aguantar. Sigo de Daenerys hasta la coronilla, aunque algo de evolución se aprecia, es de justicia reconocerlo. Si ella no puede domesticar los dragones, a ver si los bichos la terminan de domesticar a ella y arranca de una vez por todas su trama, que me sigue resultando la menos interesante y generando mayor cantidad de abucheos por los resoplidos que se me escapan ante la bellísima oxigenada. Quizás, como Snow, también ande necesitada de un baile para soltarse las trenzas y ponerse a arrasar. Ahora tiene más candidatos que el Pagafantas oficial, así que, a ver si empezamos a entendernos, Mother of Dragons. Que el luto ya ha pasado.

Pero no acabemos así. Qué me dicen de lo nuevo, qué grandes adquisiciones hemos hecho en el primer capítulo. Empezando por el batallón de calvos cavernosos de Los Thenns y acabando por el terriblemente atrayente (y atractivo) Víbora Roja. Vienen curvas, señores. Y encima en lunes, para ansiarnos la semana. “Huele a gato muerto”, que diría Cersei.

PD: No, la autora de este post no se ha leído más que el primer libro de George R. R. Martin. A todos aquellos agraviados que lo hacen notar en los comentarios se les notificará adecuadamente cuando dicha circunstancia cambie. Muchas gracias. 

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