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'Hatfields & McCoys'... y Costner levantó la cabeza

Hatfields & McCoys, producida y protagonizada por Kevin Costner, aborda en forma de lujosa miniserie de tres capítulos –en total, casi seis horas de duración- la historia de las dos familias reales que dan título al relato, cuya rivalidad derivó en una guerra privada que involucró a sus dos estados, Kentucky y Virginia, entre los años 1878 y 1891. Un enfrentamiento muy conocido en EEUU y que, más que personal, parecía representar dos concepciones distintas de aquel joven país, y en el fondo resucitar los fantasmas de la recién concluida Guerra de Secesión, en la que los Hatfield combatieron por el Norte y los McCoy por el Sur.

No resulta difícil imaginar que semejante historia de corte épico llamase la atención de Kevin Costner, que interpreta a ‘Devil’ Anse Hatfield, líder del primero de los grupos. Tanto en su faceta de actor como en la de director, Costner se mostrado durante toda su carrera sistemáticamente atraído hacia las formas del western más clásico, un útil instrumento para diseccionar la identidad de su país, Estados Unidos, en películas como Bailando con Lobos, Open Range e incluso la fallida odisea de ciencia ficción Mensajero del Futuro. No obstante, y advertimos a los fans de la épica Fordiana, los lugares comunes del género esta vez aparecen en beneficio de su variante más sucia y oscura, esa misma que se le exige a una buena producción por cable, y mucho más después de la exitosa Deadwood de HBO.

El resultado sólo puede ser calificado como un éxito trascendental en la carrera de Costner, y a las cifras me remito. Hatfield & McCoys batió hace apenas tres semanas el récord de audiencia por cable en EEUU para una emisión no deportiva, con 13,9 millones de espectadores presenciando la matanza mutua de ambas familias, el mejor resultado de la historia del canal History y de la totalidad de las cadenas de ese espectro.

Como era de esperar en cualquier historia épica, la historia de Hatfields & McCoys comienza con una batalla violenta y espectacular, por mucho que ésta sólo sea una excusa para mostrar como Randall McCoy (Bill Paxton) salva la vida a Anse Hatfield (Costner)... quien osa dar la espalda al enemigo orinando bajo un árbol. Se inicia una relación de dependencia mutua en la que la amistad pronto da paso al odio, una vez Hatfield decide desertar y marcharse prematuramente del frente. McCoy, conservador y católico en sus costumbres, además de humilde en su modo de vida, pronto colisiona con Hatfield, quien por el contrario se define como agnóstico, y que en su lucha por acumular propiedades pronto choca literalmente con de los McCoy… Aunque no saquen conclusiones precipitadas: aquí no hay héroes ni villanos, o en todo caso, todos se muestran capaces de lo mejor y lo peor, de pecar ya sea por acción, omisión o ignorancia.

En realidad, el enfrentamiento entre ambos sujetos está diseñado para filtrar a lo largo del metraje las nociones de religión, familia, Justicia, país y propiedad (ya sea de un cerdo como de unas tierras) que definieron el ADN de Estados Unidos desde su génesis, una reflexión muy del gusto de Costner, admirador confeso de la narrativa y los lugares comunes del western más clásico. El conflicto de los Hatfield y los McCoy tuvo lugar en un momento, viene a decirnos Costner, en el que la Ley con mayúsculas, el único instrumento para dar cierta medida de valor a la vida humana, todavía era un músculo a ejercitar por las inexistentes instituciones, un tiempo –por tanto- en el que la vida se regía por impulsos básicos e individuales de defensa, honor y venganza… y muchos, muchos escupitajos en el suelo.

En ese sentido, Costner, a quien -como a tantos otros- podríamos acusar, con una mezcla de cinismo y realismo, de haberse refugiado en la pequeña pantalla tras el fracaso de sus últimos filmes, no duda en ultrajar a lo largo de la historia su imagen de estrella impoluta, de representante del máximo ideal americano, interpretando a un superviviente capaz, por ejemplo, de matar por la espalda a un joven e indefenso soldado rival para no dejar testigos de su deserción, por mucho que después justifique ese golpe sorpresa asegurando con cierta lógica que “morir sin miedo es como un hombre debe morir”. Un personaje que, en definitiva, parece prefigurar una nueva clase de materialismo haciendo suya la máxima de que “ya no hay norte ni sur, sólo personas con dinero y personas que no lo tienen”, por mucho que sea capaz de actos de bondad y amistad que inicialmente parecerían corresponderle a su rival, el mucho más pío y bonachón McCoy, cuyos principios –por cierto- parecen alimentar el ansia de venganza de sus ignorantes hijos mucho más que en el caso de Hatfield.

A ello contribuye las excelentes interpretaciones que realizan Costner y Paxton como Anse Hatfield y Randall McCoy. El primero jamás interpreta a Anse como si fuera el villano de la historia pese a que éste es capaz –como decíamos- de matar por la espalda sin remordimiento, y por eso obsequia al espectador avezado con grandes momentos que nacen, muchas veces, de los detalles más nimios. El trato que dispensa a su sobrino deficiente, el amor que profesa a su familia -y en especial a su diligente hermano-, la amistad que ofrece al propio McCoy, contrastan en ocasiones con la ignorancia y radicalismo de este segundo, un hombre de paz y fe cuya obcecación acaba, sin embargo, por prender la mecha de la violencia. El bonachón McCoy parece mucho menos consciente del ansia de venganza de los que viven bajo su techo, y de hecho es el que renuncia a su joven hija una vez esta se enamora de un Hatfield rival. Lo justo e injusto, lo bueno y lo malo, se entrecruzan sin llegar a desactivarse.

El Oeste de Hatfields & McCoys aparece recorrido por una violencia que, no obstante, se suaviza a medida que avanza la historia, cuando –paradójicamente- aumenta la intensidad de la matanza entre las familias. Se trata de una decisión deliberada por parte del realizador Kevin Reynolds, que sin llegar a ironizar o suavizar las curvas parece saber que la estupidez que exhiben algunos de sus personajes (al fin y al cabo, paletos y analfabetos todos ellos) requiere tomar alguna que otra distancia. Todos los episodios, por cierto, han sido dirigidos por Reynolds, competente realizador y amiguete de Costner, y por ello responsable de muchas de sus películas, las buenas y las malas, ya sea la vilipendiada Waterworld como la exitosa Robin Hood: Príncipe de los ladrones.

Reynolds hace un buen aprovechamiento de los medios disponibles en una serie que, precisamente, destaca fundamentalmente por su excelente diseño de producción. El Oeste de Hatfields & McCoys carece de la épica y exhuberancia de Bailando con Lobos, y parece aproximarse a la frialdad, suciedad y crueldad de Valor de Ley, el fantástico remake firmado hace un año por los Coen. Reynolds, en su afán realista, sin embargo, tampoco renuncia a exhibir cierto romanticismo y respeta casi siempre la intimidad y el núcleo familiar de los personajes –Anse, por ejemplo, deserta para volver al cuidado con su familia, desprotegida con el violento tío Jim a cargo de las propiedades-, llegando incluso a admirar la pasión de las creencias de éste y Randall, por mucho que éstas les lleven a la violencia. Pese a la crueldad terrible del relato, Reynolds se niega casi siempre a resaltar algunos de los episodios más sádicos o escabrosos de la historia, por mucho que los sucesivos apuñalamientos, tiroteos y persecuciones sucedan de forma limpia ante la cámara.

Y de aquí se deriva uno de los aspectos más flojos de Hatfields & McCoys, que presta una excesiva atención al romance juvenil que comienza al final del primer capítulo y que implica a dos miembros de cada familia, y que pese a necesario a la hora de dar entidad a la trama y ofrecer al espectador una oportunidad para relajarse, sólo alarga en exceso un metraje de por sí extenso. En definitiva, que cuando no están en escena Costner, el siempre desaprovechado Bill Paxton (por cierto, un feliz reencuentro con el infravaloradísimo protagonista de Twister) y el hilarantemente violento tío Jim, interpretado por un irreconocible Tom Berenger, Hatfields & McCoys pierde un buen número de enteros para quien esto escribe.

Hatfields & McCoys es, de todas formas, otro ejemplo de buena televisión, por mucho que no nos encontremos ante un producto redondo. Su buena combinación de violencia y sentimiento,  leyenda y realismo, se ve sin embargo frenada por la falta de tiempo que se dispensa a uno de sus personaje protagonistas, el interpretado por un Bill Paxton que aguanta el pulso y cuya presencia  resulta de agradecer. Eso y algunos episodios innecesarios, que alargan la duración del producto, frenan el impacto de una serie recomendable.

Por cierto, que tan implicado estuvo Costner en la producción de la serie que aquí le tienen colaborando en la composición de la canción I Know these hills.

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