Seriemente

El terror blandito de '666 Park Avenue'

De piloto en piloto, de bostezo en bostezo: así pasan los días últimamente. Yo les prometo que pongo todo de mi parte y me abalanzo sobre cada serie de estreno, loca por llegar aquí a contarles que ha nacido una estrella, que tenemos nuevo fichaje. Pero no hay manera. Los estrenos de la nueva temporada estadounidense están desangelados, sin series con chicha y chispa. Ni siquiera con una de las dos. Igual es mi síntoma otoñal , pero todas tienen una flojera que contrasta con la fuerza con de los regresos de otras más veteranas como The Good Wife, Boss o Homeland.

A J.J. Abrams ya le hemos dicho un par de cosas, y vamos a dejar para otro día los estrenos de Elementary, Coper o Vegas. Pero antes abordemos 666 Park Avenue, no porque sea el peor estreno, sino porque es el que más papeletas tiene de ser vendido como gato, cuando en realidad es liebre. O al revés, que ya no sé.

Lo primero que hay que decir es que, de momento, 666 Park Avenue no es una mala serie. Que a mí no me haya gustado y que vaya a renunciar a ella tras el segundo capítulo no me nubla el razonamiento. Les cuento.

El argumento: Dos jovenzuelos candorosos y prometedores se van a vivir al edificio de relujo Drake, en el mismísimo Manhattan. Todo parece idílico: saldrán de su cuchitril para vivir en un apartametazo, y trabajarán como encargados de mantenimiento –No me piensen en el portero de Aquí no hay quien viva porque aquí todo es lujo y estilazo- .  ¿Y dónde está el problema? Pues que los jefes y dueños del edificio, l mítico Jhon Locke de Lost (Terry O’Quinn) y su potente mujer (Vanessa Williams),  son el mismísimo demonio. Y no es una forma de hablar. En el lugar pasan cosas de lo más raro, al más puro estilo de Pactar con el diablo pero con fantasmas, apariciones, asesinatos, y el Cristo que lo fundó. Bien, ¿no?

Pues bueno. La serie se vende como otra American Horror Story, y yo les recomiendo que no se lo crean demasiado. porque aquí es donde nos la pueden dar con queso. Más que nada, porque a Ryan Murphy le dieron vía libre para que no escatimara en escenas de sexo, sangre y susto.  Para que fuera todo lo explícito que quisiera. Pero  al creador de 666 Park Avenue, David Wilcox, le han caído encima los límites habituales de una cadena pública que no tiene ninguna intención de ponerle dos rombos al asunto.

Y ahí es donde está el problema: que si planteas una serie de terror que deje conciliar el sueño al más miedoso y que no espante al puritano; tienes que tener una historia muy potente para que sugerir sea suficiente. Para que el miedo atraviese la pantalla y se te meta entre los huesos sin grandes charcos de mercromina o fantasmas muy bien maquillados. La cinematografía de terror ha demostrado que no hacen falta carnicerías ni recreaciones gore para provocar auténtico pavor y miedo entre el personal -Ahí están clásicos como Psicosis o El Resplandor-.

Pero este no es el caso de 666 Park Avenue, y mira que lo siento. La historia lo intenta, pero nos cuenta una historia vista mil veces y que a mí ya se me hace bola porque no aporta nada nuevo: edificio encantado, sobresaltos en mitad de la noche, visiones y misterios que tienen parte de la solución en algo ocurrido tiempo atrás en ese mismo escenario.

El diabólico Terry O’ Quinn está logrado, pero él solito no puede levantar el peso de la serie. Ni la Williams, que está grandiosa. Porque el resto no llegan ni a un aprobado justito. La pareja protagonista  -Rachael Taylor y Dave Annable-, es tan melosa y pegajosa que parecen sacados de una peli de Jennifer Aniston. Con ellos en pantalla, uno no para de desear que ocurran dos cosas: que maten a uno de los dos y el otro sufra largamente, o que se corrompan de una vez, que no se puede ir por una serie de terror con esa cara de corderito degollado, hombre ya. Tan listos, tan íntegros, tan guapos los dos.

El argumento se desarrolla en torno al resto de inquilinos del edificio, que tampoco terminan de interesar. Un escritor frustrado y su fotógrafa e histérica mujer, un hombre desesperado por la muerte de su señora, y una soltera impenitente adicta a los desengaños sentimentales. También ronda por ahí una adolescente misteriosa con el iPod colgando, que es la única que inquieta un poquitín.

El terror de 666 Park Avenue no es sólo light: es que le han quitado la cafeína, las grasas animales, las vitaminas y hasta el bífidus. Un terror blandito, glamouroso, que será ineficaz e insuficiente para los amantes del género y posiblemente agradable para los que busquen no más que sustitos que les permitan dormir a pierna suelta después. La serie dice parecerse a American Horror Story, pero la realidad es que se mueve más cómodamente entre los fantasmas desnatados de la ínclita Entre Fantasmas que entre los hombres de látex de la Fox.

La serie tiene muchos activos para mejorar y callarme la boca, pero dudo que lo haga. Yo, mientras siga conteniendo escenas como la que les relato a continuación, mejor me borro.

Pongamos que usted, desesperado por el fallecimiento de un ser querido, decide vender su alma al diablo. Acude al amo del averno, que todo lo puede, y sella el trato para que con sus sobrenaturales poderes le traiga de la mismísima muerte a su ser querido, sin gusanos ni putrefacciones ningunas . Un día, en mitad de la noche, por circunstancias que no revelaremos, el diablo se presenta en tu habitación mientras usted duerme. Recordemos que el diablo es un tipo que ha conseguido revivir un muerto, devolvértelo, que no se note, y al que tú le has entregado la intangibilidad de tu alma, ¿eh? Bueno, pues ¿Qué ocurre cuando el tío se mete en tu casa para exigirte algo? ¿Qué le dices al diablo que todo lo puede cuando te despiertas y le ves ahí, al borde de tu lecho? Pues a usted, lo que más le sorprende, es que el tipo haya logrado entrar en su domicilio, así, sin picar a la puerta ni nada. Que revivir cadáveres, vale, pero ¿entrar en su hogar sin llamar? ¿Allanando la morada? Eso sí que no. Ni aunque el tipo, además del diablo, sea el dueño del edificio, que lo es.  “¿Cómo has entrado aquí?”, le pregunta al diablo nuestro personaje. Fundido a negro.

Lo dicho: si esto mejora, avísenme.

Esta serie de sustitos y fantasmitas descafeinados se estrena esta misma noche en Calle 13 en el idioma de Cervantes, sólo nueve días después que en EEUU. Vamos avanzando.

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