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El adiós de 'Breaking Bad': el orgullo del perdedor

Sí, vamos a hablar del final de Breaking Bad y vamos a hacerlo bien: sin racanear en espoilers. Traducción: si no has visto aún Felina (5×16), huye.

El final de Breaking Bad no ha sido la muerte de Walter White. Tampoco la de Heisenberg, ojo. Sospechábamos que ocurriría y los últimos capítulos nos mecieron hasta la certeza: Tenía que morir. La pregunta era cómo, y sobre todo la pregunta era pero antes antes qué. En lo que haría en los últimos compases de su vida estaba el verdadero meollo de esta serie, la respuesta ante lo que en mi opinión planteó Breaking Bad desde el principio: ¿El que la hace la paga?

A Walter podría haberlo matado el cáncer, Jesse o la banda de matones de Todd. Algunos, incluso, señalaban a su hijo, Skyler, o la DEA. Podría haberse encajado un tiro en la sien. Pero Vince Gilligan ha elegido el final más honesto y coherente con todo el desarrollo moral -que es de lo que realmente iba la cosa- de la serie: a Walter lo mata Walter. O lo remata, porque ya está muerto. Perdido en aquél ignoto bar de New Hampshire, diseña el plan que precederá a su desaparición: el sustento de sus hijos, la libertad de Skyler, el destino de su imperio de la blue meth. Todo lo planea, salvo la muerte. Porque eso ya está concertado. Y no hay hombre más libre que el que sabe esto: “Live free or die“.

Hubo un momento fugaz, durante esta temporada, en la que Walter White pensó que podría expiar sus pecados y llevar una vida normal. Acabar con el imperio de la droga, compensar a Jesse… Pero es en el magnífico Ozymandias donde asume su destino y deja de rumiar mentiras. En la soledad de la cabaña, lo constata: todo está perdido para él y hay facturas por pagar. Pero ahí Walter está consumido, dominado aún a por estertores del irreversible final. “Mañana”, se dice a sí mismo. Mañana saldará cuentas. Y ese mañana no llega cuando empaca el dinero y hace esa estremecedora llamada a un hijo que ha perdido para siempre. El empujón se lo da Heisenberg, que vuelve a emerger con la entrevista a la pareja que posee lo que considera suyo. Emerge de sí mismo algo (alguien) que nunca se fue. Porque, y permitidme que ahonde en esto, Walter White nunca vuelve a ser Walter White. Una vez desciende a los infiernos y se convierte en Heinsenberg, independientemente si sobre su cabeza reposa ya el mítico sombrero o no, es un nuevo ser. Y esto, al menos para mí, no es baladí.

 Heisenberg vs Walter: ¿Jekyll y Mr. Hyde?

¿Ha muerto Walter White o Heisenberg? se planteó en la frikitertulia tras el último capítulo la pasada noche. Pareciera que, con la pregunta, asumimos que el personaje tuviera un doble papel de Jekyll y Mr. Hyde: el noble Walter es el que se preocupa por su familia y haría lo que fuera por ella; y un Hyde-Heisenberg que disfruta siendo el jefe del mayor imperio de la droga. El demonio que se ha comido al hombre. Y no.

Walter es un fracasado que encuentra en el laboratorio de droga todo lo que no tuvo y siempre ambicionó. El respeto, el poder, el dinero, el orgullo, el amor propio. La blue meth le proporciona la posibilidad de saldar cuentas con su perra vida -que entonces cree ya finiquitada- y resarcirse con un mundo que le ha dado un destino que considera injusto, impropio de su valía. Recordemos a ese Walter de la primera temporada: humillado por sus alumnos, por su jefe en el lavado de coches, incluso por su mujer en el lecho marital . Y él podía haber sido mucho más. Tenía (y tiene) el intelecto para haber pisoteado a todos los mediocres que le vituperan. Pero es un perderdor. Y de repente, buscando una alternativa que no haga perdedores a los suyos, se siente vivo cocinando metanfetamina. “I am awake”, dice en el ya lejano primer episodio. Y es esa poderosa y adictiva sensación la que le hace sobrepasar todo designio moral, buscando más. Sumergiéndose más y más en el pozo del orgullo y la ambición de ese universo delincuente donde erige su imperio.

Todo lo hace por él. Tarda cinco temporadas en reconocerlo, pero lo hace. Y lo hace en una de las mejores escenas de toda la serie, en este último capítulo.

Por eso Walter White y Heinsenberg no son dos dualidades en una misma persona. El demonio no se ha comido al hombre, sino que el hombre ha soltado amarras con la frustración, y por una vez ha hecho lo que quería, despojándose de todo tipo de límites, incluidos los morales. Pero es hombre. La preocupación por su familia es genuina y la nobleza de sus sentimientos también. Tan genuino, como el placer que siente al verse poderoso, respetado y temido.

Muere Walter y también muere Heisenberg, no nos dejemos engañar. Son la misma persona. Si en ese cuerpo consumido por el cáncer sólo hubiera estado el profesor de química, en su último acto de este capítulo le habría bastado con dejar todo atado a su familia. Habría engañado vilmente a la pareja para que le entregaran el dinero a su hijo, y habría acabado con los matones que podrían vengarse de su familia cuando él se hubiera ido. No hacía falta más. Pero, donde demuestra que también es Heinsenberg es en ese sobre de Stevia. No basta con que su familia esté a salvo y guarecida económicamente, hay otra gran preocupación: su criatura, su legado, su creación. El imperio de la blue meth. Hay orgullo en ese Walter que mata a Lydia para que nadie jamás pueda recrear lo que su genio, tanto tiempo menospreciado, creó de la nada. Walter se va con orgullo, quizá arrepentido de alguno de sus pecados, pero satisfecho. No era cuestión de dinero -ya que rechaza saber dónde está el resto- sino por haber construido algo que no supo hacer nadie más. Suyo, y sólo suyo.

¿Todo salió mal?

El final me ha gustado por muchas cosas. Entre otras, porque creo que es un portazo en las narices a los moralistas que pedían a gritos la muerte de Walter por todo-lo-malo-que-había-hecho. “¡Ha matado fríamente, no puede acabar bien!”. Quedarán satisfechos, si así lo desean, porque muere y no goza de una vida feliz en Las Bahamas. Bien… si quieren verlo así.

Yo, me quedo con esa media sonrisa de un tipo al que no mata ni el cáncer, ni la justicia ordinaria. Ni se pudre en un calabozo, ni en la cama de un hospital. No le habrá proporcionado todo el colchón económico a su familia que buscaba, pero tampoco le deja en la indigencia. Ni siquiera muere a manos de ese Jesse que se libra de su yugo manipulador cuando decide hacer lo contrario de lo que le pide. La amargura de la muerte, de no ver crecer a sus hijos la tiene. Pero ya la tenía en el primer capítulo. Ahora también se va, pero ha encontrado, en todo este descenso a los infiernos, algo que no tenía entonces: el orgullo y la dignidad.

Me es indiferente saber si Walter habría hecho lo mismo de saber cómo acabaría. ¿Quién lo haría? Lo que sé es que este hijo de puta perdedor se ha ido con un triunfo entre las manos, y no es uno pequeño. Permitiéndose un acto de bondad salvando a Jesse, admirando su creación con nostalgia y abrazando a la muerte sin miedo. Todo salió mal. ¿O no? Yo me pensaré volver a llamarle perdedor.

Adiós Walter, y gracias Breaking Bad.  Le habéis dado a esta gran serie un final coherente y fiel a lo que nos enganchó de la historia, machadas de McGyver al margen. Ahora toca decidir si nos quedamos con James Gandolfini o con Bryan Cranston como la mejor interpretación de la pequeña pantalla en los últimos años. Ardua tarea.

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