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Atracón de series en pantalla grande: Festival de Birras y buena televisión

“¡Madre mía! ¿Pero cuántas series sigues tú?”. Esta es la clásica pregunta que todo fanático de las series tiene que afrontar en algún punto de sus conversaciones. Generalmente, a la cuestión le sucede alguna mención a su frikismo, con veladas (o no tanto) referencias al exceso de tiempo libre de la agenda del interlocutor.

Pero no es mi intención -al menos, hoy no- desmitificar ese estereotipo del seriéfilo como ser asocial, que sin oficio ni beneficio, consume su vida frente a la luminiscencia de la pantalla. Que se quede con la manida caricatura el que la quiera, allá él. Porque de lo que vengo a hablaros es del evento que este fin de semana ha reunido en Madrid a todos los adictos a la buena televisión: el Festival de Series de Canal+ que ha cambiado nuestro sofá por una butaca de cine, proyectando en pantalla grande muchas de nuestras obsesiones seriéfilas. Un lujazo.

Talleres, charlas, debates y concursos. Estos dos días, lo menos importante ha sido cuántas series ve cada cual, o a qué le roba el tiempo para consumir las producciones al ritmo de emisión en EEUU. El objetivo era disfrutar de una adicción común, sin miradas recelosas al discutir por enésima vez si Los Soprano decayó con las dos últimas temporadas, o si NBC se está cargando Community. Al que esté evocando una especie de cónclave freak al estilo trekiee, que se desengañe, porque no puede estar más desencaminado. El Festival ha sido una constatación más de que la calidad de las actuales ficciones televisivas tiene un tirón imparable y suma adeptos por momentos.

Muestra de ello fue la reunión del BirraSeries, evento que reúne mensualmente a esa gente que comparte desde sus blogs los desvaríos e impresiones de cada piloto, temporada o capítulo que deglute. Divertida hasta el extremo, esta charla de amigos multitudinaria congregó más asistentes que la mayoría de los estrenos de cine semanales, agotando localidades con el único reclamo de intercambiar opiniones sobres series. Y es que no sólo había ganas de encantarse o desencantarse viendo en gran formato estrenos como Arrow, 666 Park Avenue o Cooper. Como todo buen vicio, apetecía compartirlo, debatirlo, y hacer tertulia hasta de los asuntos más pedestres del contenido televisivo.

Sería imposible dar cuenta de todos los asuntos que se abordaron en el BirraSeries y en el resto de interesantes talleres y coloquios que se celebraron. Valga como intento las conclusiones apresuradas de servidora, que amén de disfrutar como una enana de su primer encuentro, garabateó alguna que otra cosa en su cuaderno.

  • La sombra de Lost es alargada. Da igual la amenaza que se formule o las dudas sobre la calidad de la serie de J.J. Abrams: al final, toda conversación sobre series acaba mencionando a la isla de los misterios y el humo negro. En el #BirraSeries se prohibió tácitamente mentar a la bicha, y los sufridos conferenciantes hicieron ímprobos esfuerzos por cumplirlo. Pero no hay manera. Al margen de gustos personales, que Lost ha marcado un punto de inflexión en la ficción televisiva es tan incontestable como quimérico tratar de eludir su existencia. La próxima vez habrá que probar con un castigo menos estimulante que dar un trago de cerveza. Y yo creo que ni por esas.


  • Queremos adolescentes realmente adolescentes. ¿Qué pasa con los personajes menores de edad en las series? En el Festival quedó clara la sensación mayoritaria de que los adolescentes en pantalla adolecen de dos pecados fundamentales: o son insoportables, o son actores entrados en años haciendo cosas impropias de la adolescencia. Especial mención mereció el Walter White Jr. de Breaking Bad que siempre está desayunando, el repentinamente madurado crío de The Walking Dead o la malditamente perfecta Blancanieves-niña de Once Upon a Time. Si alguien sabe qué ha pasado con el hijo menor de Homeland en la segunda temporada que avise a servicios sociales. Al menos, reconocimos que lo de meter a treintañeros en BUP no fue un pecado exclusivo de Al Salir de Clase.


  • Un premio al que se atreva a defender a Shonda Rimes. La creadora de Anatomía de Grey y Scandal está a un paso de sustituir al coco del universo de las series. Pero en petarda. La sentencia de “Shonda está loca” fue una de las más aplaudidas del coloquio, en el que la acidez de las críticas a la oronda creadora dejó claro que sus series rebosan de todo, menos de calidad. Aunque las veamos.


  • El despacho de firmar pilotos de J.J Abrams. Desde aquí, quiero solidarizarme con una vocecilla que escuché tratando de defender la infame Revolution: no sé quien eres, pero fuiste valiente al intentarlo. Mientras la sala completa nos entreteníamos en destrozar ese “tampón de firmar pilotos” del amigo J.J, tú trataste, con un hilo de voz, decir algo positivo. No sabemos qué fue, pero en la próxima quizás la azafata rubia te acerque el micrófono. Si vuelve.


  • El Apocalipsis y la limpieza. Precisamente al hilo de Revolution se puso de relieve una cuestión interesante, que devino en profecía: el Apocalipsis que está por llegar tendrá dos versiones posibles. En la de J.J.  sólo sobrevivirán los guapos y aseados; en la de The Walking Dead la mugre se adueñará de todo. Hagan sus quinielas.


  • La homosexualidad oculta de los personajes. Al margen del debate de si los personajes gays en las series están estereotipados o no, el coloquio sacó a colación un asunto más desatendido: la ambigüedad sexual (oculta) de muchos protagonistas y secundarios de series. Desde Sherlock, la siesta de Joey y Chandler, o la posibilidad de ser “un poco lesbiana” de Buffy Cazavampiros. Mención especial a ese tuit que señaló a la más célebre gay oculta de todos los tiempos: Herminia, de Cuéntame.


  • ¿Y las series españolas? Pues ni están, ni se las esperan. Al margen de Qué fue de Jorge Sanz o Crematorio, cuando las producciones patrias salían a relucir no era para cosechar halagos. Los problemas técnicos nos impidieron disfrutar del estreno de Falcón –de la misma productora que las dos anteriores- por lo que aplazaremos los destellos de esperanza hasta su visionado.


  • Cómo conocí a vuestra madre es la inercia pura. No existe gente a la que le gusta la serie de Ted Mosby, y gente a la que no. La realidad es que hay un grupo formado por sus detractores, y otro compuesto por gente que también la detesta… Pero que la sigue viendo. Cunde la sensación de que es una tomadura de pelo, pero la inercia nos lleva a verla, aunque sea planchando.

Y, last but not least, uno de los temas más candentes de las jornadas, y quizá el más importante. En mi humilde opinión, quedó patente cuán grande es aún el divorcio entre la industria y los seriéfilos: todo acaba siempre en el eterno debate. Mientras unos se emperran en las acusaciones de piratería, los otros continúan (continuamos) sintiendo que las ofertas actuales ni cercanamente colman nuestras expectativas. La industria y los programadores desconfían de esa parte de la audiencia presente, que afirmamos sin reservas que estaríamos dispuestos a pagar por ver las series al día siguiente de la emisión en el país de procedencia, en versión original, en el momento que queramos y por un precio mensual razonable.  ¿Es demasiado escaso el público como para asumir el coste de una inversión así? ¿Cuántos de los que dicen que pagarían lo harían realmente después? ¿Qué es ‘un precio razonable’? Como suele ocurrir,  los interrogantes superaron a las soluciones, pero resultaron igualmente enriquecedores.

En resumen: estén atentos a la cita para la quinta edición, ya en 2013. Porque, por mucho apego que tengamos a nuestro salón como sala de proyección, lo de ver la mejor tele en la pantalla grande es un auténtico placer. Imagínense la pinta de los zombies The Walking Dead.  Además, no viene mal dejar de sentirse Forever Alone cuando hablas del cuervo blanco de Juego de Tronos, o recuerdas qué fue aquello de Harper’s island.

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