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'Arrow': el cachitas que te mira desde la parada del autobús

Desde hace semanas, hay un macizo que le observa. También lo ha notado, no disimule. Estando en la parada del autobús, habrá sentido cómo le clava su verde mirada desde la marquesina, machacándole la autoestima con sus abdomigracia (o endulzándole la espera) . Si ya ha hecho los deberes, sabrá que es Oliver Queen, protagonista de Arrow, la serie de la que todo el mundo habla, que emite The CW en EEUU y ya puede verse en España en Calle 13.

El estreno ha sido el pelotazo de una temporada que, de momento, nos ha dejado chapoteando en la decepción con planchazos como Revolution o 666 Park Avenue. Y parece que el éxito no es sólo por la profusa musculatura del muchacho. A lo que vamos: ¿de qué va la cosa?

Para comenzar, podríamos decir que Arrow es el enésimo intento de lograr una serie de superhéroes para la pequeña pantalla que contente a los fans del cómic, enamore al público juvenil y enganche al espectador adulto que busca algo más que antifaces, mallas y mamporros. Que lo intenta, queda claro. Del resultado hablamos después.

La serie adapta la historia de los cómic de Green Arrow (Flecha Verde), cuyo superhéroe también se dejó ver en Smallville [con un atuendo bastante menos afortunado que el actual, todo sea dicho]. Arrow arranca con el regreso de Oliver Queen a la civilización, después de pasar cinco años como naúfrago en la misteriosa isla de Lian Yu (“Purgatorio”, en mandarín) , tras el hundimiento de su megayate. El muchacho, que no pasaba de Paris Hilton malcriado, regresa del exilio isleño sin ánimos fiesteros o derrochones. El mozalbete lo que quiere es vengarse, muy a lo Revenge, matando a los integrantes de una lista que le entregó su padre antes de morir, en la que figuran los malhechores que contaminan su ciudad.

El esquema está muy definido: mientras el chulazo de Oliver va cargándose tipos, se destapan los misterios que encierra el personaje, su familia y qué carajo pasó en la maldita isla. Porque además de espléndido, nuestro cachas vuelve de su solitario retiro isleño con un saco de variopintas habilidades: además de convertirse en la envidia de Robin Hood con su catálogo de flechas, domina un porrón de idiomas, es maestro en todo arte marcial existente, tiene altísimos conocimientos de hackeo y domótica, y no es de extrañar que se haya leído Rayuela al revés.

Reconozcámosle el mérito: Arrow ha tratado de crear una serie de superhéroes fuera del tono superheróico estándar de estas producciones y esta cadena, dirigida básicamente a adolescentes. El protagonista mata sin rubor, extorsiona, secuestra y tiene pizquitas de amibigüedad moral. Copia sin disimulo la oscuridad del Batman reinventado por Christopher Nolan, tratando de crear un superhéroe más atormentado y menos mesiánico, huyendo del halo bienhechor del Supermán de Smallville. El esfuerzo de hacer madurar al héroe se nota hasta en el entorno, que le aleja de las tramas de instituto para ubicarle en una atmósfera adulta, aunque sea en superficie.
Pero, aunque Arrow quiere ser El Caballero Oscuro y alejarse de Smallville, no lo logra. Queda un híbrido entre un Bruce Wayne de garrafón y un Clark Kent resabiado. El aroma de ‘serie para carpeteras’ persiste a pesar de las tentativas de trascendencia. Los personajes son marcadamente bidimensionales, los guiones bastante ramplones y las tramas sentimentales poco más que lugares comunes. Pero no ha de entenderse esto como un desincentivo para su visionado, porque aquí radica el principal virtud de Arrow: es un gran entretenimiento. Con aspecto cuidado y pulido, sus escenas de acción son altamente disfrutables, y por encima de todo, destaca su honestidad con el espectador. La serie no tiene intenciones J.J Abramescas de enredarnos con infinitos misterios que se enmarañan ad nauseam, sino que la trama avanza con una hipervelocidad y pulso.

 
Arrow es de esas series que se disfrutan si no se piensan mucho. Porque aún perdonándole todas las inverosimilitudes del género, pararse dos minutos a pensarla descoyunta el engranaje: ¿Cómo es posible que la oficina de la Fiscalía parezca un anuncio de Victoria Secret? ¿Por qué en esa sala reina la luz mediterránea de la mismísima Toscana? ¿Quién narices ha diseñado el personaje de la novia de Oliver, Ana Obregón? ¿Sólo con una capucha se consigue el anonimato? ¿Cómo aprendes a diseñar hacker-flechas con Wi-Fi en una isla desierta? Mejor no piensen, porque si lo hacen, puede que se descubran a sí mismos devorando capítulos, a la espera, únicamente, de las escenas de lucimiento de torso. Y se habrá convertido en su placer culpable.

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