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'American Horror Story': Fantasía depravada de horror y sexo

Pregunta de nota: ¿Cuántas series y películas podrían recordar en la que una familia se muda a una casa en la que ocurren fenómenos extraños? Demasiadas, seguro. El género de casa embrujada con niños pálidos que oyen ruiditos se ha estirado hasta la náusea, y muchos hace tiempo huimos de todo lo que huela a él, tanto como de una reposición de El Super. No más historias de fantasmas y maderas que crujen de modo pretendidamente aterrador.

Pero entonces llega Ryan Murphy, y todo se descoloca. El creador de títulos como Nip/Tuck o la imposible Glee, se resiste a enterrar el género, y se lanza a provocar la resurrección del muerto, con una fórmula ciertamente atrayente: sexo, malabarismos visuales y mucha depravación. El resultado es American Horror Story, serie que se comienza a emitir en España este lunes 7 de noviembre a través de la Cadena Fox. 

Olvídense de clichés: en esta serie nada es usual. Ni siquiera las decenas de trailers y promos con los que Murphy nos ha puesto los dientes largos durante meses,  que hacían tarea imposible enterarse de qué demonios iba a ir la serie. ¿Sadomasoquismo? ¿Brujería?

No crean que es sencillo responder a la pregunta algunos capítulos después. Podríamos decir que se trata de la historia de los Harmon, un matrimonio de lo menos estable que se muda a la típica casa extraordinariamente lujosa y extrañamente barata; tratando de solucionar sus problemas. El bonito cuadro familiar lo compone el padre (Dylan McDermott) un psicoanalista adicto a las abdominales y a las pacientes; ella (Connie Britton) abonada al sufrimiento y al Natur House; y la linda y muy adolescente Violet, apasionada por la autolesión. Todo ello, removido y agitado con fantasmas, sexo, sexo y terror.

American Horror Story se apropia de todos los tópicos del género de la casa embrujada, pero no deja ni rastro de sutileza o sensibilidad: en esta casa las puertas no se cerrarán solas misteriosamente, ni los columpios del parque rechinarán al anochecer. Aquí un hombre vestido de látex de arriba abajo se pasaerá por la mansión con la líbido disparada; una asistenta transmutará en pornochacha ninfómana según quien la observe, algo parecido a un bebé de Frankenstein esperará a que alguien baje al sótano…y todo muy barroco, algo gótico y bastante malsano. Aquí en medio aparece la madre de todas las divas, Jessica Lange, como vecina estrella, con su sonrisa perversa y escalofriante, de la mano de una hija aterradora empeñada en decirle a todo el mundo que va a morir con la voz más espeluznante del mundo.

Y esta familia al borde del colapso, en lugar de irse de vacaciones a las Bahamas para solucionar sus rencillas, se van a vivir a la Casa de los Horrores, donde fantasmas casi tan desquiciados como ellos hacen cola para entrar. Figúrese. La trama se convierte en un delirio argumental de muchísimo cuidado.

Es innegable que American Horror Story bebe de las series de terror precedentes, como la inmortal Twin Peaks o la exquisita Carnivale. Incluso, podemos ver en ella guiños a El Final de la Escalera o El Resplandor…pero la serie tiene sello propio. Barroco y excesivo, pero con ese morbo malsano que hace que queramos un capítulo más. No está llamada a ser una serie de culto, posiblemente tampoco una gran serie, pero si consigue encontrar su centro y logra que la trama no se le vaya de las manos (el delirio está ahí al lado, Murphy), sera una auténtica gozada.

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