Seriemente

Adiós, Tony 'fucking' Soprano

Ya le hemos dicho adiós a Tony Soprano otras veces. Hoy tocaría decírselo a James Gandolfini, y recordar también al Virgil de Amor a quemarropa, pero el impulso manda. Para nosotros siempre será el gran gángster de New Jersey, el hijo de Livia y Johnny Boy. El grandísimo hijo de puta que mata a sangre fría antes de sentarse ante el Canal de Historia con un gigantesco bol de helado. El de los bocadillos de gabogool and vinegar pepeers y los puros habanos. El que se ha ido es Tony fucking Soprano, y esta vez para siempre.

Hoy no queda otra que hablar de legados imborrables, de la inmortalidad de uno de los personajes más grandes de la ficción contemporánea. Recordamos las mejores escenas, apuntamos sus anécdotas, exploramos la figura central de una serie que cambió los esquemas de la televisión. Damos vueltas en torno a Tony, recordándole mientras destroza la cara del camarero del Bada Bing por enésima vez, o sentado frente al Satriale’s con esa diminuta taza entre sus enormes manos. Y lo hacemos, porque no hay otro remedio. Porque no hay nadie que haya visto Los Soprano que hoy no se sienta en la obligación de presentar sus respetos a ese gigantesco tipo, a sabiendas de que el único homenaje posible ya está rodado y es una bellísima película de cine de 86 capítulos.

Porque en el fondo, hoy uno se siente un poco Doctora Melfi y Carmela Soprano a la vez. Y no por la viudedad (marital o terapeútica). Si no porque como a Edi Falco, que interpretó a la esposa de Tony, el gángster de los ojos tristes se nos ha metido hasta las entrañas, y no quiere salir. Ella contaba cómo, años después de acabar la serie, se sintió furiosa cuando volvió a ver a Gandolfini sobre el escenario besando a otra. Tony nunca había dejado de engañarla y ella nunca había dejado de ser Carmela. Tampoco nosotros habíamos dejado de ver a Gandolfini como Tony, y tampoco hoy asumimos que quien se va no es el tipo cuya cotidianidad observamos por un agujerito durante años.

Y sí, somos un poco Doctora Melfi también, porque no nos queda más remedio que dejarle marchar, y quedarnos de pie viendo cómo pega un portazo tras de sí. Asumiendo que la verdadera razón por la que nos enamoró Tony es que es un hijo de puta, iracundo, implacable y condenado desde el principio. Que no teníamos por qué tratar salvarle ni justificarle. Que encima el capullo se ha ido y nunca le dimos el beso que nos reclamó.

Tony nunca fue buen tipo, ¿y qué?. Él es un gángster, y cómo solía decir, no tenía ninguna intención de ganar un concurso de popularidad. Debía atemorizar, y ser implacable cuando no se cumplía con lo que pedía, ya sea con su familia o con los consigliere. Los Soprano nos regaló el resto del contexto que enmarcaba al hombre, el cuadro completo: sus miedos y fobias, sus cuitas cotidianas y sus desvelos más pedestres. Pero ahí radica la genialidad de la serie, no la salvación de Tony.

Podríamos hablar del resto de cosas que han hecho de la serie de David Chase una de las obras maestras del siglo XXI. Pero hoy es el día del gángster de la voz nasal que a veces llora mientras conduce, pero que estrangula a quien no es capaz de estar a la altura, aunque   sea su protegido. Cada cual que recuerde a Tony como quiera: como el asesino implacable, el líder con miedos, el mujeriego pendenciero, el marido infiel, el padre retrógrado, o el hijo manipulado. Violento, caprichoso, y profundamente encantador. El mejor cocinero de salchichas en las barbacoas. El único tipo que ha conseguido aterrorizarnos vestido con un albornoz, bajando las escaleras aún en calzoncillos y con pelo alborotado. El antihéroe desgreñado.

Yo sé cómo le recordaré, lo supe desde el primer capítulo. Sentado en la hamaca, con la mirada perdida en el infinito y reteniendo el humo del puro entre los labios. Y el chándal.

Y, mientras suena I’m not like everybody else , nos quedan algunos de sus momentos gloriosos.

Los patos

Si no has empezado a ver Los Soprano, este es el lugar por donde empezar.

Livia y Tony

La relación de Tony y su madre fue de lo mejor que dejó la serie. Como para escribir un tratado psicológico, vamos.

Tony y la familia

Los mafiosos también tienen hipotecas y facturas de las universidades de sus hijos. Y una conversación que tarde o temprano tendrán que tener.

El jefe Tony

Padre, pero sobre todo, líder de la mafia. No, no es fácil

Sin perdón

Una de las mejores escenas junto a Ralphie, sin duda.

Carmela y Tony

La maravillosa relación de dos gigantes.

Tony y Chris

Adiós, Tony

A mí me suena Don’t stop believin mientras vuelvo a ver este polémico (y magistral) final.

“El cunnilingus y la psiquiatría nos han llevado a esto”. Tony Soprano

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