El blog de Federico

Zapatero primero, Juan Carlos segundo y Rajoy el último

Vibrante artículo, como todos los suyos, de Agapito Maestre en LD sobre "los socialistas y el Rey", que, según dice, no significa exactamente lo mismo que "el Rey y los socialistas". La frase última parece aclarar todo equívoco: "Juan Carlos I, el Rey de la España confederal y asimétrica, está no menos que Rajoy a las órdenes de Zapatero." Tres piezas, pues, compondrían el cambio de régimen constitucional y nacional español: la Jefatura del Estado, la Presidencia del Gobierno y la Jefatura de la Oposición. Al Ejecutivo, se añaden el Poder Legislativo y el Poder Judicial (CGPJ, Tribunal Supremo y Tribunal Constitucional) en manos de los dos partidos políticos mayoritarios, PSOE y PP. Así que desde el golpe de Estado de Primo de Rivera en 1923 no habrá habido en España un cambio de régimen tan unánimemente respaldado, si no coreado, por todas las instituciones diseñadas para resistirlo, combatirlo reciamente y, tal vez, derrotarlo.

Lo que no acaba de convencerme del todo en el análisis de Agapito es una cierta minusvaloración del origen franquista de la magistratura –en el sentido romano del término– de Juan Carlos I, "sucesor de Franco a título de Rey". Creo que tanto el segundo como el tercer lado de este triángulo escaleno, cuyo lado mayor es sin duda el del PSOE, asumen su menguada condición precisamente porque se consideran hijos políticos de la dictadura o incapaces de contrarrestar la propaganda política de la Izquierda al respecto. Aunque trajeran la democracia mediante la reforma política del régimen y en contra del modelo rupturista que promovía el antifranquismo, tanto de izquierdas como de derechas. Aunque sea el Rey el símbolo internacional de aquel cambio de régimen que tantos aplausos cosecha todavía hoy. Aunque el PP también sea parte esencial en la legitimación de cualquier cambio de la forma de Estado en España. La pérdida de memoria de Adolfo Suárez es símbolo y acicate para estos cambistas de régimen, que a diferencia de los golpistas del 23-F, no quieren echar a un Gobierno a la fuerza y poner patas arriba o entre paréntesis al régimen, sino algo más profundo y más sutil: cambiar el Estado y jubilar a la Nación con la anuencia de todos los implicados.

Hay semejanzas escalofriantes con el cambio de régimen de 1975 a 1977, desde el carácter piramidal e inducido de la transformación hasta el masivo respaldo popular, por vía de inacción más que de acción, a una continuidad aparente y una mutación total. Pero en lo que respecta a los medios de comunicación y a los que en ellos se expresan, creo que estamos entre lo que podríamos llamar la aclamación de los sepultureros del liberalismo canovista en 1923 y lo que Gramsci, por esos mismos y mussolinianos años, llamó "intelectual colectivo", llamado a conquistar sin violencia física la "hegemonía" social a través del control de los "aparatos ideológicos de Estado". Hay dos símbolos de ese cambio de régimen: la Educación para la Ciudadanía y la dictadura televisiva de las cadenas dominadas por la izquierda y los nacionalistas, que son todas las nacionales de gran audiencia y que tienen en la telebasura su abono y en los telediarios su fruto. Al dictado de este poder, no por encubierto menos cierto, se produce un fenómeno terrible, tan simbólico como real y tan cultural como político: la persecución del español como lengua vehicular en la enseñanza y en toda la función pública.

En las últimas elecciones generales, el candidato del PP, Mariano Rajoy, hizo cuestión de principio y bandera electoral de la oposición a las multas y demás pruebas de la persecución del castellano. Casi media España estuvo con él. Pero apenas se vio derrotado, él dejó de estar con esa media España. Ha sido el último en incorporarse a esta liquidación por derribo de la nación española como base de su régimen político, cualquiera que sea. Pero esta España de Zapatero I, que aspira a seguir coronando Juan Carlos, aún no llega a confederal y ya pasa de asimétrica. Despótica y caótica, juntera y separatista, está llamada a ser, al modo masónico mexicano, una dictadura perfecta sólo matizada por la corrupción. De Bayona a Perpiñán y de Torrejón a Coslada: aquí yace.

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