El blog de Federico

Soljenitsin y Milena Jèssenska o de Auschwitz a Pekín

Después de unos cuantos días privado de Internet y sin otra actividad intelectual que la de leer libros que, en circunstancias normales, nunca habría leído, me entero de la muerte de Soljenitsin. Recurro a la hemeroteca mediática habitual y veo la noticia tratada con ese estilo, típico del periodismo veraniego, que resume en pocas líneas la incuria literaria, la ignorancia intelectual y un iletrado y despectivo puntapié político. Parece difícil tratar a alguien tan sólido y trascendente como el autor de “Archipiélago Gulag” de forma tan ligera e intrascendente, pero no lo es; casi todos los “cocodrilos” y obituarios precocinados lo han hecho. ¿Y cabe obviar tantos asuntos políticos esenciales, fatalmente asociadas al nombre y a la obra de Soljenitsin? Por supuesto. La generación que vino al mundo hace casi veinte años, cuando cayó inesperadamente el Muro de Berlín, que es el símbolo de todo lo que Soljenitsin combatió durante décadas, está abocada a una ignorancia casi perfecta.
 
Pero la epidemia de amnesia no afecta sólo a los jóvenes. Cuando van a cumplirse veinte años del hundimiento de la URSS, el régimen totalitario más letal de todos los tiempos, hay una especie de gigantesco consenso universal en borrar su significado. Y toda la obra de Soljenitsin, singularmente el “Archipiélago”, es justamente eso: el empeño en establecer el significado profundo de una tragedia, la del triunfo macabro del comunismo. Los cien millones de muertos producidos por esa ideología política y lo que intelectualmente no es menos grave: el fracaso, aún hoy vigente, de la resistencia anticomunista. Por eso “Archipiélago Gulag” es elegía e historia, poesía y política, sentimiento y pensamiento. Y por ser todo eso y por serlo en grado eminente, hemos de reconocer que ese gran intelectual llamado Soljenitsin ha muerto, políticamente hablando, en el más absoluto de los fracasos. Cuando a nadie parece importarle el comunismo y, menos aún, combatirlo.  
 
Nada prueba mejor esa voluntad de olvido político e intelectual que la apertura de los Juegos Olímpicos en Pekín a mayor gloria mediática del régimen comunista, el más vasto y cruento de cuantos han sobrevivido a la caída del imperio soviético. Podría argüirse, en términos posmodernos, que la propaganda económica y la legitimación política que para la dictadura china suponen los Juegos son sólo una prueba de esa especie de continua celebración mediática en que se ha convertido lo que antaño llamábamos realidad, vertiginosamente suplantada por su imagen. Sin embargo, creo que, en términos morales, esta apoteosis televisada del siglo XXI es sólo una actualización del deporte más antiguo de la Historia: el de mirar hacia otro lado, no sea que la conciencia se interponga en el camino de la supervivencia. Soljenitsin es de los pocos que se negaron a no ver lo que estaba a la vista. Pero se negó tanto que hasta su muerte le ha acompañado el rencor que la mayoría superviviente y triunfante reserva a la minoría insoportablemente derrotada.
 
Pero la verdadera minoría es el individuo, y pocas veces lo he visto tan nítida y trágicamente dibujado como en el caso de Milena Jessenská, cuya biografía por Margarete Buber-Neuman (“Milena”, Ed. Tusquets) leía estos días atrás, cuando, convertido en robinsón tecnológico, no me enteraba ni de la muerte de Soljenitsin. Yo sólo conocía a Milena por ser una de las novias inconclusas de Kafka, ese genio poco compatible con el sexo que le dedicó formidables y tristísimas cartas de amor. No sabía de su tersa, tensa, feroz juventud praguense, de su bohemia paternamente asediada en la Bohemia pastoreada por el Imperio Austrohúngaro, de esa especie de adolescencia perpetua que fue su forma irrevocable de maduración. Tampoco sabía de su éxito como periodista de Sociedad y, luego, o tal vez antes, de Política. Ni de sus hombres, deslumbrados al principio pero despóticos o indiferentes después. Ni de sus mujeres, sobre todo de su último y precioso amor, Margarete Buber-Neuman, autora de unas memorias escalofriantes y publicadas en España como “Deportada en Siberia” y “Prisionera de Stalin y de Hitler”.
 
En ellas la “pequeña prusiana” de Milena cuenta sus años de comunista fervorosa (viaja de Alemania a la URSS en 1933) su decepción política y su “depuración” carcelaria en la URSS: su marido, histórico dirigente comunista alemán, es detenido y seguramente asesinado; ella, enviada a Siberia en 1937. Pero Margarete es entregada en 1940, junto a otros alemanes antinazis, por Stalin a Hitler, en uno de los delicados “obsequios caníbales” auspiciados por el Pacto germano-soviético.  Redeportada en Ravensbruck, conoce allí a Milena, ya gravemente enferma pero con toda la fuerza y la elegancia sacrificial que definieron su existencia. Pasión, emoción, conmoción, redención: todo en su amoroso encuentro es una desdicha apenas matizada; también una dicha de infinitos matices. Yo no he leído historia tan austera y tan desbordadamente digna como la del amor de estas dos mujeres.
 
¿Pero qué caracterizaba a Milena? ¿Qué es lo que maravillaba y preocupaba a cuantos la querían? ¿Qué es lo que admira en esa mujer que, cuando los nazis toman Praga, manda un mensaje a todos sus amigos judíos diciendo “yo no os abandonaré”? Por definirlo en una frase: hacer lo que no le convenía. Podríamos  decir que Milena siempre tuvo motivos para subordinar su seguridad a su libertad. ¿Los buscaba? ¿Tropezaba con ellos? Sin desestimar la fatalidad de los países y las épocas, hay gente que es capaz de no tropezar nunca, ni siquiera con lo que busca, y otra que busca, busca y busca, pese a que tropieza, tropieza y vuelve a tropezar. Milena pertenecía a esta última especie. Soljenitsin, también.
 
Ninguno de los dos, tan diferentes, merece el olvido. Tampoco la superficialidad. Leo en un blog muy estimable de la Red Liberal que Soljenitsin fue “anticomunista a fuer de antiliberal”. Yo no sé si Milena era liberal, aunque estoy seguro de que no habría entrado nunca en el Cato Institute Tampoco sé si las minúsculas sectas académicas liberales consideran a Soljenitsin uno de los suyos. Supongo que no. Lo que sí sé es que el amor a la libertad se mide por lo que uno es capaz de sacrificar por ella. Y que, antes de medir, conviene medirse un poco para no descomedirse del todo. Por cierto, que en las objeciones “post mortem” a Soljenitsin no he leído un solo reparo o crítica severa al “Archipiélago”. ¿Es que se da por irrebatible o es que se ha renunciado a leerlo? Temo lo segundo. Pero con la misma ligereza que nos absuelve de lo importante, la apisonadora mediática nos suministra un motivo de debate, no precisamente trivial. La noticia vio quizás la luz junto a la polémica inauguración de los Juegos Olímpicos y pasó inadvertida, al menos que yo sepa. Resulta que el campo de concentración de Auschwitz va a tener que cerrar porque no tiene los 60 millones de euros anuales que precisa su mantenimiento. Y bien: ¿Qué habría dicho al respecto Milena Jessenská? ¿Qué habría escrito Soljenitsin? ¿Y qué deberíamos hacer, o decir que haríamos, los asoleados liberales españoles?
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