El blog de Federico

Siete horas atrapado en la nieve

Héteme aquí de vuelta a la ida. O de ida a la vuelta, que es igual. Después de tratar de llegar por todos los medios a Madrid para volver a los micrófonos y a los juzgados el lunes 11, escribo otra vez desde mi pueblo, sitiado por la nieve, incomunicado se decía antaño, con menos razón que hoy. Ayer, a eso de las once del mediodía, salí en un convoy de varios coches de Orihuela camino de Cella, a veinte kilómetros de Teruel, en la nacional que lo une con Zaragoza, Madrid, Valencia y el orbe todo. Estaba cortada la carretera por Molina de Aragón y Guadalajara; cortada también la carretera de Orihuela a Santa Eulalia del Campo, medio habitual de acceder a la nacional; no estaba menos intransitable la renovada vía por El Pobo; total, que de las usadas habitualmente por el ser humano o el turista, sólo nos quedaba la carretera a Cella por Monterde para tratar de llegar a alguna vía segura o autovía de esta España de banda estrecha y manga ancha.

Si han visto "Caravana de mujeres" o cualquier película del Oeste que trate de la forma de agruparse los carros de colonos en familia y aventureros solteros para atravesar territorio comanche, sioux o chiricahua con alguna posibilidad de defenderse, les evito el relato de cómo íbamos agrupándonos en la plaza los coches detrás de un camión municipal con una pala quitanieves que nos llevaría hasta los límites de su jurisdicción, concepto discutido y discutible como casi todo lo que no se debería nunca discutir. En la caravana de coches había un cierto optimismo sobre el resultado del viaje. Lucía un sol magnífico, aunque estábamos bajo cero y con un metro de nieve hasta donde alcanzaba la vista. Hasta Bronchales, ocho kilómetros, nieve y viento, hermosísimos paisajes, aires de Siberia pasados por Ketelbey, evocaciones de Pushkin y Chéjov.

Pero, ay, pasado Bronchales, en el puente del río, que no sé si es puente porque nunca vi el río, pero donde se forma un ventisquero famoso, nos atrapó la nieve por primera vez. Gracias a nuestro paisano y amigo del camión salimos del trance después de tres cuartos de hora de inmovilización vagamente angustiada. De no ir tan acompañados, angustiosa. Pero la nieve es tan hermosa como peligrosa, si es que alguna vez la belleza no lo fuera, así que tras una lenta travesía por las estepas de Monterde, embarcados ya en el camino de lo que el Cantar de Mío Cid denomina "Celfa la del canal", ahora Cella, caímos en otro ventisquero, arteramente disimulado por el llano, el sol y la aún leve ventisca. La pérfida condición de la nieve y su peligro letal para el ser humano aunque sea serrano empezaron a ponerse de manifiesto. En primer lugar, porque si te atrapa un ventisquero no puedes ir hacia delante ni hacia atrás. En segundo lugar, porque el tiempo se detiene: todo es lento, todo cuesta, todo se dificulta y, al final, casi todo se para. Así sucedió con el camión, que no podía pasar con pala o sin pala. Y ahí estábamos todos, empezando por Ramón Sánchez, uno de los pocos maderistas de mi pueblo capaces de sobrevivir a las crisis del sector durante las últimas décadas, su yerno Pepe y yo, en un todoterreno, tirando de móvil para ver si alguien nos sacaba del ventisquero, que empezaba a parecer imprecisamente largo. Pero, en estos tiempos, con tantísimos medios, con móviles, quitanieves, Estado, Autonomía, Municipio, DGT, ciento diez y ciento doce al teléfono, ¿cómo no iban a sacarnos de ahí? Además, que aún era mediodía, poco más de las doce.

 Teníamos además de nuestro lado al alcalde de Orihuela, mi vecino Rafa, que nos había acompañado en la formación de la caravana hasta el límite del municipio y se subió de nuevo al cruzarse con una quitanieves, por si había otra caravana de náufragos del invierno que rescatar. ¡Ah, palabra extraordinaria: "quitanieves"! ¡Quitamiedos la deberíamos llamar! Pero el caso es que, poco a poco, la quitanieves se convirtió en nuestro Godot. Pasaba de la una y ni Rafa conseguía localizarla. El camión nuestro no podía con el ventisquero. Total, que nos quedamos quietos, a la espera del rescate. Pero, hombre ¡cómo no iban a rescatarnos, con los medios materiales y tecnológicos de hoy!

 Total, que pasaba el tiempo, se hacían las dos y aquello no se aclaraba. Nos iban llegando, vía Orihuela, noticias contradictorias y vagamente inquietantes sobre las quitanieves comarcales, que son las que tienen cuña central como Dios manda y pueden realmente sacarte de un ventisquero. Al parecer, llegaba una a Cella con la nobilísima intención de rescatarnos pero una rotonda a la entrada recentísimamente hecha, pero, según Ramón y demás paisanos, con los pies y por algún ingeniero lelo, la hizo volcar. Nuestra salvadora quedó pues, a la espera de ser salvada, esperando a su Godotnieves.

En ese momento comenzó a tornarse literario lo que hasta entonces hubiera pasado por simplemente periodístico. Llevábamos dos horas largas y seguíamos allí atrapados, sin saber por cuánto tiempo, aunque suponíamos que no mucho, porque, hombre, en estos tiempos, con tantos móviles, con tantos medios, con las quitanieves, claro que sí con las quitanieves, faltaría más. ¿Pero qué quitanieves?

En ese momento, Ramón, que el día anterior había rescatado a media familia de la nieve en Cella y ahora volvía a por la otra media, divisó algo en el horizonte. Pepe le confirmó que, en efecto, era un tractor con pala. "Grande, con dos tracciones; este sí que nos saca, sin esperar a la quitanieves". "Sí, hombre, sí, ya verás como aún llegamos a Cella a comer". "De eso, nada, coger un bocadillo y de vuelta a Orihuela mientras haya luz". "Bueno, a ver de dónde viene el tractor". "Grande parece". Desde luego, grande, grande". "Y está llegando ya a nuestro camión". "Las ruedas son enormes". "Sí, sí, sí".

Pero no. Cuando había abierto camino hasta el camión, que iba por delante de nosotros, y en un ventisquero el orden jamás puede alterarse, el tractor se paró. Tras un rato largo, porque todo en la nieve se ralentiza, morosea y eterniza, nos llegó la noticia de que se le había acabado la batería. Ahora, nuestro salvador necesitaba ser salvado.. Y lo salvó mi hermano Julio, que volvía a Italia y que allí había comprado un cargador de baterías. "No sé si funcionará con un tractor tan grande. Ojalá no se le queme". Pero no se quemó y de nuevo el tractor emprendió su tarea, digna de Hércules, entre cuyos siete trabajos no consta, probablemente porque en ese de domeñar la nieve, Heracles fracasó.

El Hércules en que confiábamos no pertenecía a ningún estamento oficial. Era y es, ojalá que por muchos años, un rumano que vive y trabaja en la Masía de los Gatos, entre Monterde y Cella, con su mujer y un hijo. El hombre había bajado a la farmacia a por una medicina para el niño, se apenó de nuestro desamparo y decidió sacarnos del ventisquero, que cada vez parecía más grande. Nuestro benemérito tractorista rumano debió afrontar, sin embargo, el destino fatal del que lucha noblemente contra el níveo elemento, porque al rato de volver al tajo, empezó a soplar una ventisca tremenda, que no dejaba ver a un metro; y nuestro desatascador acabó también atascado. El tractor se hundió en la nieve, las gigantescas ruedas empezaron también a girar en el vacío y, al final, se paró. Eran casi las cuatro de la tarde.

Desde entonces se desarrollaron cuatro acciones simultáneas: nuestro hermano rumano tiró de pala para sacar del ventisquero al tractor; nuestro alcalde Rafa trataba de saber dónde se metían las quitanieves de la comarca para que nos rescataran; Ramón, Pepe y yo nos comimos unas mandarinas y unos plátanos donados por mi hermana Encarna, porque hay que comer algo aunque sólo sea para seguir llamando al móvil. Dos tractores pequeños pasaron un par de veces por una pista paralela a la carretera, pero debían de estar en misión informativa para el CNI porque pasaban y pasaban y no se acercaban a preguntar, aunque llevábamos más de tres horas atrapados allí. Estuve por llamar a Raúl del Pozo para que ordenase a su antiguo alumno Sanz Roldán que se dejase de mirar y nos rescatara de una vez, pero ¿y si eran los servicios de la Benemérita o de la Policía? ¿Y si Rubalcaba nos rescataba para secuestrarnos? Decidimos, como los ucedeos piadosos, que lo urgente era esperar. Pero, como a ellos, se nos iba viniendo la noche encima. Eran las cinco, en una hora estaríamos a oscuras. El hermano rumano paleaba con denuedo. Alejandro, un yerno de Ramón, llegó andando desde Cella, veinte minutos por la nieve, con varios bocadillos. Nadie sabía que hacer porque nadie sabía nada. Ni dónde se habían metido las quitanieves, ni si alguien podía sacarnos de allí o si, al menos, se daban por enterados. Llamada que fue la Guardia Civil, remitió al 112. Y el 112 recomendaba paciencia porque había muchos casos similares. O sea, que en vez de paciencia, provocaba en los que llevábamos seis horas ya de ventisqueros, una impaciencia cercana a la histeria. Ni Estado, ni Autonomía, ni guardias, ni nada de nada.

Y empezaba a irse la luz. A ratos, arreciaba la ventisca. Dos perros del convoy iban y venían hasta el tractor del hermano rumano, que paleaba, intentaba salir del agujero, no podía, volvía a intentarlo, volvía a no conseguirlo, insistía y volvía a insistir... El móvil no era un instrumento de comunicación sino de melancolía. Y cuando asumimos que ni autoridades ni instituciones a las que pagamos infinitos sueldos iban a hacer nada por nosotros, al menos pronto, el noble tractor hispano-rumano consiguió salir del agujero.

Quedaba menos de una hora de luz, que el tractorista empleó en abrir poco a poco un camino en el ventisquero. Lentísimo, porque lo que abría trataba de cubrirlo de nuevo la nieve, que empezó a caer, y el viento, que no paraba. Pero al final, lo consiguió. Justo al entrar en Cella, ya prácticamente de noche, nos encontramos con una quitanieves que subía, supuestamente a por nosotros, aunque no estaba claro porque seguía, pero no nos podía decir si iba a llegar hasta Orihuela. "Hablen con mi jefe". En el mentidero de los móviles corría la especie de que había una huelga encubierta de quitanieves porque Fomento no quería pagarles sus cincuenta euros por hora, pero nadie sabía nada. El caso es que, llegados a Cella, mis escoltas nos confirman que las autoridades, sea cual sea lo que eso signifique, prohibían tomar la nacional de Teruel en cualquier dirección. Por todas partes, al parecer, había camiones cruzados, coches abandonados, árboles y otros obstáculos al discurrir humano, entre los que destacan las placas de hielo. Había que tomar una decisión: quedarnos a dormir en Cella o volvernos a Orihuela aprovechando el rastro de la quitanieves y confiando en que hubiera llegado, al menos, a Bronchales.

 Yo me quedé unos minutos en el atestado bar "El Cubata" para conocer a Juan, nuestro buen amigo rumano, que se negó a coger un solo euro de agradecimiento. O sea, como las burocracias onerosas y despóticas que nos saquean y abandonan, pero al revés. A oscuras, entre enormes farallones de nieve amenazante, con la ventisca racheada entre los faros, seguimos el rastro de la quitanieves hasta que desapareció, en Bronchales, que era lo que temíamos. Pero nuestro cupo de catástrofe debía de estar ya completo, porque llegamos al pueblo. Junto a la estufa, con un chocolate caliente, vi el final de "Canción de Juventud". No era peor aquella catalanada franquista que la criminal incompetencia posfranquista y autonomicomicona a la que acababa de sobrevivir, pero el mero hecho de compararlas me preocupó. Así que me fui a dormir con una novela de Chandler y dejé para hoy la crónica del ventisquero. Hecha está. A ver cuándo vuelvo por Madrid.

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