El blog de Federico

Pizarro y Solbes: el debate que nunca existió

En la noche del jueves, cuando veía a Pizarro en esa especie de nevera diseñada por Antena 3 para destruir el anisakis y congelar cualquier posible debate entre seres aproximadamente humanos, no conseguía quitarme de la cabeza el recuerdo del joven Aznar en su primer debate sobre economía en las Cortes. El entonces presidente de Castilla y León había llegado a la jefatura del PP gracias a la expedición veraniega de cuatro "barones" (Cascos, Rato, Trillo y Lucas) para convencer a Fraga de no presentar a la candidata que había elegido para las elecciones del 89, que era Isabel Tocino. Pero el neocandidato tuvo un mes o dos para preparar la campaña del 89, cuyo eslogan fue "Palabra" (palabra: lo fue) y que, en líneas generales, fue atropellada cuanto horrorosa. En su anuncio televisivo, Aznar no es que estuviera soso hasta extremos inenarrables, sino que, por no despertar, no despertaba ni animadversión. Pese a todo, mejoró en un escaño (Melilla) el resultado de Fraga, aliado con los democristianos del PDP y los liberales en el 86. Y empezó su andadura en las Cortes.

El primer debate serio que afrontó Aznar ese mismo año fue ni más ni menos que el de Presupuestos, decisión que casi todos los cronistas políticos consideraron suicida, hasta el punto de predecirle un futuro como el de Hernández Mancha, caído en una moción de censura improvisada contra un Tigrekán en el orto de su poder. Reinaba entonces en la economía, y por tanto en los Presupuestos, Carlos Solchaga, sin sombra que menguara su esplendor y con el apoyo de todos los poderes fácticos, los de la Izquierda con Polanco al frente y los de la Derecha, con Cuevas al frente de la CEOE. La fórmula que repetía la derecha era que la política de Solchaga era "la única posible". Y yo tuve feroces peleas con Cuevas, a quien rebauticé Cavernas, por defender tamaño dislate. Cuevas organizó una campaña con los empresarios andaluces que se dieron de baja en el ABC para echarme de ese periódico, al que llegué en 1987, lo cual prueba que hay una derecha, que, como suele decirse de los Borbones tontos, ni aprende ni olvida.

Aznar, que con los años llegó a convertirse en un parlamentario eficacísimo y temible, era entonces un polluelo con el cascarón pegado. Pero era un cascarón liberal, y eso supuso que, por primera vez en casi un siglo la Derecha abandonaba el estatalismo populista y volvía a los orígenes de la Restauración canovista, al menos hasta 1898, cuando Cánovas se declaró proteccionista. En el debate presupuestario todos dieron por perdedor a Aznar, y en el teatro del Hemiciclo tal vez lo fuera, pero yo defendí que le había ganado a Solchaga sin la menor duda, porque lo que había defendido era la verdad frente a la mentira "políticamente correcta" y, sobre todo, lo que le convenía a España, que era más libertad económica y menos intervencionismo, es decir, menos corrupción.

Aznar era peor parlamentario que Solchaga, pero tenía razón, y además tuvo la tenacidad de aprender a manejarse en el Parlamento haciendo todos los debates serios, pero ya digo que entonces todos dijeron que había ganado el PSOE, por experiencia y porque aunque mentían lo hacían con brillantez. Pizarro es más brillante que aquel Aznar y Solbes es mucho menos brillante que aquel Solchaga, pero tras el debate en la nevera de Antena 3, hay en la clásica derecha derrotista –variante ideológica del conservadurismo, que, por conservar, les lleva a conservar hasta el socialismo– cierta melancolía por lo que se entiende un resultado bastante equilibrado entre Pizarro, que hacía su primer debate en televisión, y Solbes, que lleva cuatro años de vicepresidente económico. Yo creo que ganó Pizarro, como Aznar en 1989, porque dijo la verdad sobre los males de la economía española y los remedios para curarlos. Pero, por alguna razón que tiene mucho que ver con la desconfianza de los españoles en sí mismos, esa Derecha tan de piedra como los Toros de Guisando asegura que o ganó Solbes o ganó Pizarro pero por poco, cuando tenía una gran ocasión para machacarlo.

La verdad es que Solbes no iba precisamente a dejarse machacar, como pronto demostró, y como Pizarro iba de vicepresidente económico alternativo, las expectativas de un duelo no a primera sangre sino hasta la última quedaron un tanto deslucidas. Por lo que vimos, nadie le había explicado a Pizarro en Génova 13 cómo comportarse en televisión, de ahí los dos fallos expresivos sustanciales: no fijar la vista en un lugar los primeros minutos, porque el astuto Solbes miraba los papeles para ponerlo nervioso, y quedarse demasiado serio cuando Solbes, hecho un pirata sin parche, mentía desdeñoso. Por supuesto, esté en el Gobierno o en la Oposición, Pizarro le ganará a Solbes, esté en la oposición o en el Gobierno en el debate de Presupuestos de este año, salvo que Rajoy se pida el balón. Porque Pizarro es más listo, sabe más de economía y cree en las ideas liberales que defiende, mientras que Solbes no cree en nada, salvo en su supervivencia. Se trata de que las cámaras de televisión reflejen esa realidad. Lo cual no es tan fácil como muchos creen pero tampoco tan difícil que no se pueda aprender.

Podríamos entrar en los contenidos, pero nos repetiríamos: Solbes mintió para mayor comodidad de la España sesteante y Pizarro dijo la verdad a una España que no parece muy dispuesta a aceptar que hay que trabajar, que nada es nunca gratis y que las vacas flacas ya están en la plaza, aunque el Gobierno trastee mirando al tendido en vez de lidiar al astado. Pero, en realidad, lo malo del debate Pizarro-Solbes es que como tal debate no existió; y lo peor es que ese mismo formato se ha pactado para los supuestos debates Rajoy-Zapatero, que serán simples monólogos sucesivos donde el Gobierno siempre llevará ventaja. No sólo porque juega en casa (en la Casa de Campo Vidal), sino porque prohibir la pelea dialéctica, el cuerpo a cuerpo de los púgiles, perjudica sobre todo al aspirante, es decir, a la Oposición. Con ese formato de monólogos en la nevera, que Solbes y Pizarro respetaron escrupulosamente, hubiera sido más cómodo para todos que fueran enviando de Ferraz y de Génova los videoclips de los contendientes, para que Matías Prats les fuera dando paso aunque, en rigor, nunca pudieran tropezarse. Por cierto, estuvo bien Matías cuando dijo que nunca un moderador había tenido que trabajar menos en un debate. ¡Como que no había debate! Y es muy de temer que Rajoy tampoco tenga esa oportunidad.

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