El blog de Federico

Piedras preciosas, joyas y pedruscos

Adelanto mi propósito de escribir más de literatura y menos de política este año. O cierro el blog, por la evidente incapacidad en algunos de sus más conspicuos visitantes de ver más allá de su ombligo con la excusa del 11M, o trato de eludir ese parasitismo escribiendo sobre otros asuntos que salgan de lo previsible en materia política. Y si no, lo cerraré. El comportamiento de los aceites, aguas, acuosidades y aceitosidades me resulta insoportable. Ya sé que no es igual camuflar pruebas que seguirlas, buscarlas que borrarlas, pero, los unos por los otros, borran el blog y les da igual, ocupan matonescamente, por acumulación de mensajes, un espacio que no es suyo, echan a los que quisieran dar su opinión sobre más cosas y lo hacen con la pretensión de demostrarse a sí mismos que han triunfado aburriendo al adversario. Estúpida pretensión ante quien pretende lo mismo.

Sean buenos o malos, mejores o peores, el resultado es el mismo: el blog se bloquea y se volatiliza. Hay algún zote notorio que debería fundar ya El Plural de la derecha –no El Singular sino El Único– y dejarnos en paz. También hay posts cuya burricie y sectarismo ruborizarían al lector más terne. Algunos sobre el haiku –no lo confundo con el trato humorístico del género, que ha sido gracioso, brillante y hasta desternillante– no son de bípedo implume sino de cuadrúpedo plume. Pero me resisto a abandonar un lugar al que también acude tanto talento. Veré qué hacer con el moderador.

Lecturas recomendadas entre año y año

Comienzo con una joya brevísima cuanto deslumbrante en Ed. Periférica (2011): Un inconveniente, de Mary Cholmondeley, una de las pioneras del feminismo anglosajón. Podríamos decir que es una nouvelle o novela corta de Jane Austen pero escrita por Henry James. Sin embargo, me pasa con esta autora como con Edith Wharton, discípula y amiga del gran novelista americano: me gusta más que el maestro. Leeré más de Cholmondeley, aunque lleve epílogos de Marta Sanz, que podría ser brillante si no se adornase tanto.

Pedrusco ciclópeo, pero pedrusco al fin, el de Eudora Welty Las batallas perdidas, en Impedimenta. Un plomazo que tal vez guste a un sector de incondicionales de Camino del Sur pero que aburriría hasta al incógnito vampiro sudista de César Vidal. Son 580 páginas que se me hicieron 5800 y de las que sólo saco un consuelo: ese Sur estúpida y conmovedoramente autocomplaciente ya no existe.Gone with the fresh wind!

Un reflejo antisudista de la negritud inteligente, aunque no salga de ahí, es una piedra semipreciosa de Charlotte Carter Arde Chicago (Ed. Siruela) que se sitúa en el 68 americano, el de Frisco y los hippies, el de Berkeley y Hair, pero también –y sobre todo aquí– el del asesinato de Luther King, los disturbios raciales y los crímenes de los Panteras negras. Es "el primer caso de la detective Cassandra Lisle", dice la editorial, pero más que detective es un personaje atractivo que participa de una realidad enloquecida, donde crimen, traición, corrupción, algo de sexo y mucho de asombro componen un relato en las antípodas de Eudora Welty: antes de darme cuenta, lo había terminado. Recomendable, pues, como digestivo.

Sobre todo tras leer Libertad de Jonathan Franzen (Seix Barral, 2011), que criticó hace poco Amorós elogiosamente en La Mañana) y Las correcciones (Seix Barral, 2002), libraco que tenía en casa intonso y que me llevé de vacaciones por si empezaba tan fabulosamente como Libertad y no descarrilaba a mitad del luengo relato. Afortunadamente, no es así. Las Correcciones, aunque también ayuna de edición y de cierta contención, me ha gustado mucho más. El conjunto justifica los meandros de un relato morosamente encharcado en los personajesviejos–escatología muy de la América actual– y no desfallece a mitad del libro, sino al revés: avanzado el volumen y gracias al personaje de Denise, flanqueado por sus hermanos Gary y el kunderiano Chip, alcanza momentos electrizantes. Creo que, en novela americana, no he disfrutado de imágenes y episodios narrativos de tanta calidad desde Años luz, de James Salter (que, por cierto, en una reciente lectura, también se me vino casi abajo al final).

Lo que me admira del Franzen de Las correcciones y echo en falta en Libertad es ese relato fluido, poderoso pero con unas imágenes líricas de tal calidad que uno no espera verlas engastadas tan certera, armoniosa y abundosamente en un novelón norteamericano actual. Hay excepciones: el ya citado James Salter; el Capote de El arpa de Hierba y algunos cuentos prodigiosos; o, sin engastes líricos, el primer tercio de Una mujer difícil de John Irving, que también se va arruinando a lo largo y anchísimo del relato. Pero si la lectura es mantenimiento y sorpresa, entretenimiento e iluminación, Las correcciones es muuuyyy recomendable. ¡Feliz 2012!

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