El blog de Federico

Para el verano: más lecturas reconfortantes y alguna decepcionante

Elizabeth Gaskell, Cranford, Ed Alba minus

Lo realmente milagroso de la lectura no es descubrir títulos olvidados, autores minusvalorados, géneros dispersos o aventados por la historia. Eso es estupendo, pero no prodigioso. Sabemos que no sabemos de tantísimos libros que hallar alguno para nuestro solaz es jugar al azar pero sobre seguro, como el solitario de Windows: en algún momento tienes que ganar y ganas. El milagro de leer no es descubrir antártidas, sino mediterráneos.

La generación de Dickens, empezando por el propio autor de tantas novelas descubrideras (si se me permite el término), es uno de esos mediterráneos de la literatura universal que, como Cervantes, uno descubre o redescubre cada tanto tiempo, al hilo del tiempo que se nos va. Eso me ha pasado con Cranford, tan popular en Inglaterra que por lo que me dice Rosa Belmonte hasta han hecho una teleserie, que no he visto y no sé si quiero ver.

Se trata de la vida de un pueblecito inglés donde no pasa nada, excepto que se cuenta lo que no pasa. Es un soberbio ejercicio de humildad, una delicia sin demasiado azúcar, algo dulce y amable, casi triste, siempre gentil, que te deja con una sonrisa al terminar, aunque luego te quede la duda de si la sonrisa debería ser melancólica. El prodigio es que vuelves a zambullirte en sus páginas y de nuevo te abandonas a la bondad del escritor, del relatar, que va más allá del relato.

Marilynne Robinson, Gilead, Ed. Galaxia Gutenberg

Lo contrario me pasa con este libro, sin duda meritorio y bien escrito, siglo y medio más tarde. También es la crónica de un pueblecito, esta vez de la llamada América profunda (como si no lo fuera Nueva York), pero en el que no he descubierto nada. Estaría dispuesto a darle un Pulitzer como el que recibió en 2005, pero no a releerlo. No he redescubierto el Atlántico.

Qiu Xialong Visado para Shangai, Ed. Tusquets

Este formidable autor chino en el exilio nos deslumbró con su primera novela, Muerte de una heroína roja, y luego ha ido publicando Tusquets hasta media docena de libros con interés, pero de intensidad decreciente. Pero de pronto sale este Visado para Shangai, que cronológicamente es la segunda de sus novelas aunque, por esa absurda política editorial de alterar el orden de las historias de un personaje central y omnisciente –el detective, que en esta serie se llama Chen Cao– que lógicamente va madurando, para bien o para mal, a lo largo de las distintas historias.

Pues bien, tal vez por ser la segunda de sus complicadas indagaciones, en esta historia vemos lleno de vigor y de encanto literario al comisario Chen, que va de acá para allá y de ayer a hoy, desde el Partido (al que no se le llama Comunista, claro; es EL partido, o sea, el Poder entrevisto por Kafka) a la turbia, insondable realidad social china tras la muerte de Mao, con sus infinitos pecios humanos en la orilla de una playa nunca del todo vacía. Por una vez, la errática costumbre editorial española de alterar el orden de publicación de las series nos beneficia. Es un Chen Cao casi flamante. En lo lírico, mejor incluso que el Adam Dalgliesh de nuestra reina, PD James.

John Verdon, Deja en paz al diablo, Roca Editorial

Ese escombro humano al que, en la tradición norteamericana, debe asemejarse un detective, que aquí se llama David Gurney, está entre retirado y zumbado, renqueante de su último, estresante y mortífero caso. Dicho así puede parecer estúpido o, peor, banal. No lo es porque la novela está muy bien escrita y porque el deambular del escombro por una nueva aventura intransitable está perfectamente dosificado, medido, graduado, en suma, contado. Para el que le guste la novela negra, en general, es una apuesta segura para el verano o cualquier otra estación.

Juan Valera, Asclepigenia, Ediciones 98

Con un prólogo, excelente como suyo, de Andrés Amorós y un epílogo de Azaña, brillante en su final, que recuerdo bien por haberlo incluido en mi antología de Ensayos del malhadado Presidente del Gobierno y de la II República Española (Ed. Alianza Editorial. Bolsillo), texto dialogado o, por decirlo de algún modo, teatralizado, en el que sin duda Azaña se inspiró para su olvidable obra La Corona, estrenada por Margarita Xirgu. Esta pieza del egabrense y elegantísimo Don Juan se estrenó en El Mirlo blanco, teatrillo de los Baroja, y siendo mejor que la del alcalaíno, tras leerla con atención me hallo entre las dos opiniones que según Amorós han discrepado en el juicio a esta brevísima obra: ¿Magnífica o sin interés? Pues, sinceramente, no lo sé. Magnífica no es, pero en cuanto al interés... decídalo el lector.

Willa Cather, Mi enemigo mortal, Ed. Alba minus

Otra que tal. Tengo por Willa Cather el mayor aprecio, creo que es la mejor escritora americana de comienzos del siglo XX después de Edith Warthon y en algunas obras, incluso por delante. Pero este cuento largo onouvelle me deja bastante perplejo. No sé si se me escapa algo o le falta algo para que, como lector, me interese. Supongo que es un mérito sembrar la duda en el lector pero, la verdad, a mí no me hace demasiada gracia. Tal vez al lector o, más probablemente, lectora, le encante. O desprecie tanta sutileza en esa forma de fracaso que también suele llamarse melancolía.

Henry James, Gabrielle de Bergerac, Ed. Impedimenta

He aquí la prueba de que Jane Austen siguió escribiendo después de morir.

Donna Leon, La palabra se hizo carne, Seix Barral

Nunca esta americana instalada en Venecia ha llegado a ser lo que prometía en su primera novela Muerte en La Fénice, publicada hace veinte años. Su comisario Brunetti ha ido alternando historias con interés o fabulaciones sobre lo que en cada momento le interesa a la autora, que no siempre tiene interés. Es el caso. Pero lo que me extraña en este libro, el que no extraña casi nada, es por qué el título original "Beastly things", o sea, "Cosas bestiales", se presenta como "La palabra se hizo carne" y con un subtítulo en portada aún más disparatado: "La avaricia está servida". Supongo que en una autora en mala forma pero con grandes expectativas comerciales, recurrir a claves anticristianas o anticlericales resulta comercial. Alguien explicará alguna vez por qué. El microclima asfixiante barcelonés, tal vez.

Peter Blauner, Luna de Casino, Es Pop Ediciones

En su día me gustó la película Atlantic City, y creo que al autor también, porque recrea muy bien el paisaje de fondo, melancólico y bastante absurdo de la ciudad del juego, cuyo futuro está siempre a merced del juego de las indecisiones políticas y las decisiones mafiosas. Es una novela negra bien escrita y algo posmoderna, con un poco de Ellroy pasado por Paul Auster. No, no tan insoportable. Esta se deja leer y cualquier día dará lugar a una película bastante buena.

A.J. Kazinsky, El último hombre bueno, Ediciones B

Esta es la típica historia que detesto en una novela negra: según la leyenda (relato danés, en este caso) el mundo se salvará gracias a treinta y seis hombres buenos. Bobada notable. Alguien los va matando y al final sólo queda uno. Un detective llamado Niels Betzon se encarga de protegerlo y conjurar el peligro. No sé por qué empecé a leer esta ordinariez, en el sentido literal del término. Pero sí sé por qué la he terminado: es una pieza de relojería, nórdicamente sólida, editorialmente impecable.. Llegas al final.

Georges Flipo, A la comisaria no le gustan los versosy A la comisaria no le gustan los clubs de vacaciones, Ed. El Aleph

Desde las primeras novelas de Fred Vargas (sobre todo El hombre de los círculos azules, la mejor de esa época) no aparecía un autor francés y un detective, en este caso detectiva, tan amable y tan llamado a cierto éxito, no sabemos cuál, cuándo o cuánto. Han salido prácticamente a la vez ambas novelas y sólo puedo decir que las he leído de un tirón y las he olvidado de inmediato. En invierno, tal vez no; pero en verano éste es un sincero elogio..

David Foenkinos, La delicadeza, Ed. Seix Barral

Tengo la impresión de que tras la Era de la Novela Negra llega la de la Novela Rosa. De hecho, en la Novela Negra el elemento amoroso, sea en clave fatalista o, más a menudo, ternurista y genuinamente rosácea, está cada vez más presente, del mismo modo que en la novela policíaca de los años 60 el elemento sexual misógino, machista era omnipresente, ridículo, y hoy resulta sencillamente insoportable. No, no sólo James Bond. Los americanos eran aún más atroces. Y, por supuesto, mucho peores que los dos grandes, Hammet y Chandler, en los que el factor sexual convencional no llega nunca al sexualismo convencional y cretinoide, ese que florece hoy en los periódicos deportivos con ferocidad de adolescencia senescente.

Esta novela, convertida en película a mayor gloria de Audrey Tatou, sigue la estela del escritor exitoso que deviene director y que ha inaugurado en las listas de ventas Federico Moccia, verdadero reinventor de un género, el de la novela rosa, tan popular y de masas leyentes (casi mejor que lectoras) como desatendido fuera del mundo editorial anglosajón, que nunca ha dejado de cuidarlo. Barrunto que en Europa funcionará con esa forma fina de cursilería cuyo secreto guardan en París. La delicadeza es eso, una novelita rosa tan delicada que no nos avergonzamos demasiado de leerla. Además, es breve.

Anna Gavalda, Juntos, nada más, Ed. Seix Barral

Esta, en cambio, es larga A medio camino entre lo que se podría exhibir en una mesa de Les deux magots sobre Le Figaro y lo que habría que esconder en el café Flore bajo Le Monde, lo que más me ha sorprendido es que dure tanto lo que sabes que va a pasar al final. Sin duda esa es una de las claves del éxito comercial de género, igual que la novela negra puede dar mil vueltas a un crimen que, al final, tras infinitas peripecias, queda resuelto.

Marc Lévy, La química secreta de los encuentros, Ed. Planeta

Foenkinos y Gavalda nos llevan, siempre descendiendo, hasta el mayor vendedor de novela rosa del momento. Esta novela es como La pasión turca pero en francés: la prueba industrial de que las fantasías sexuales femeninas son como las masculinas: pocas y recurrentes. Lo del zoco y los perfumes es tan previsible que casi resulta obsceno. Eso sería algo. Atroz.

José Carlos Carmona, Martino y Martina, Ed. Planeta

No me ha costado encontrar al autor español que en la estela de los Moccia y Lévy vende libros rosáceos a porrillo. No sé si por razones biográficas o comerciales –Italia siempre vende mucho en el imaginario femenino- este autor andaluz tiene una peculiaridad, digamos, estilística: escribe en prosa con frases cortas que semejan versos, si tuvieran poesía. Me ha recordado "El Secreto", no sólo por esos trucos para gente poco acostumbrada a leer sino porque el papel de la portada tiene ese tacto de melocotón vagamente obsceno que sin duda conecta con algún centro neuronal entre el sexo y el sentimiento, pasando por lo táctil y lo retráctil. La larga y sinuosa historia entre un profesor de música y su joven alumna sólo tiene un defecto: que no se hiciera como película erótica italiana (clasificada S) en los años 70. Pero seguramente Laura Antonelli era demasiado adulta para esta cosita.

Marie Gray, Ruborízate aún más. Cuentos eróticos, Ed. Entre paréntesis

Estos siete relatos breves constituyen otra variante de la nueva novela rosa: la que se presenta como excitante sexual de tipo hogareño, matrimonial, de pareja que sabe de dónde vienen los niños. Es tan higiénico este brevísimo volumen de cuentos verdes en la estela de "La casa Tallien" que la autora, canadiense ella, se lo dedica a su hijo, para cuando sea mayor y lo entienda. Seguramente, la raza humana habrá perecido para entonces.

Y no, no he leído "Cincuenta grados de Grey". Con Sade, Pierre Louys, Pauline Réage y Elizabeth Mc Neil, entre tantos otros, creo tener una idea general bastante aproximada al sexo con imaginería sadomasoquista, viejo como el mundo y de moda como siempre, hasta en su banalización actual. Lo que nunca he encontrado es un buen ensayo sobre el sexo y la violencia. Si algún lector lo conoce, por favor, notifíquemelo, a cambio de tanto libro.

Feliz verano.

PD. Tres libros de poesía, para no descuidar los orígenes y así llegamos a veinte recomendaciones o advertencias, salvadas todas las distancias.

El primero, de Olvido García Valdés, Lo solo del animal (Tusquets). Tiene versos fulgurantes aunque algunas veces obstruidos por una métrica desesperantemente moderna, premoderna o posmoderna. Innecesariamente dificultosa para mi gusto. Aunque tal vez sea el camino de arena y agua que hay que cernir y cerner para encontrar el oro, que está.

El segundo, Haiku. Antología de poemas japoneses de Stephen Addiss, Fumiko Yamamoto y Akira Yamamoto (Ediciones DOJO). Para empezar a adentrarse en ese mundo o, tal vez, para salir de él. Literatura sin literatura.

Y el tercero, que no último, La Poesía de Fray Luis de León, en la edición de bolsillo de Alianza Editorial o en cualquier otra antología. Es suficiente con que aparezcan estos versos, los primeros de la canción VIII:

Cuando contemplo el cielo
de innumerables luces adornado,
y miro hacia el suelo,
de noche rodeado,
en sueño y en olvido sepultado,
el amor y la pena...

Etcétera.

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