El blog de Federico

Mankell pierde la memoria de Wallander

El hombre inquieto es posiblemente la última novela de Henning Mankell con Kurt Wallander como personaje. Más de una vez he comentado aquí esta serie del gran novelista sueco, incluidos los intentos de enterrarle por parte de su autor. No es raro; les pasa a muchos novelistas creadores de un detective que se sienten agobiados por él cuanto más sea el afecto del público. Quizás el caso más claro es de Kay Scarpetta, de Patricia Cornwell. Pero casi nunca se impone el autor –una excepción puede ser la de Anne Perry– y esa suerte, o sea, esa muy mala suerte ha corrido Mankell, que lo ha intentado todo: desde buscarle sucesora en su hija Linda, también policía, y buscarle sucesor en uno de sus ayudantes, que sólo sobrevivió un título. Lo realmente extraordinario es la fuerza de ciertos personajes, sobre todo cuando el autor los quiere matar.

En esta novela, la novedad es que Mankell va describiendo de una forma muy cuidada, detallista y perfectamente verosímil el proceso de envejecimiento o, más bien, el del deterioro físico de un hombre que sólo acaba de cumplir sesenta años pero que, además del estrés a cuestas como buen policía, lleva una vida muy poco saludable: sobrepeso, alcoholismo, diabetes (asuntos ya tratados en otras novelas de la serie) y el elemento realmente decisivo: las lagunas o fallos de memoria que preludian desde las primeras páginas el proceso de lo que, de forma algo imprecisa, entendemos como Alzheimer.

No quiero entrar en los detalles de la trama. Pero sí adelanto dos asuntos: la reflexión política sobre Suecia y el futuro de Occidente es más clara o vuelve a la claridad de las primeras novelas, aunque sin la angustia socialdemócrata que les confería un perfil especial; y, el más importante, uno no puede sustraerse a la impresión de que Mankell nos está contando su propio entierro, que el extravío de la memoria de Wallander es el suyo propio y que la forma minuciosa de describir el proceso de extravío intelectual o, mejor, mental, responde a una experiencia no sólo del personaje (verosímil porque ya en una o dos novelas trató de la diabetes de Wallander) sino del propio novelista.

A lo mejor es una impresión mía, porque cuando seguimos a un autor de novela negra y a un detective en concreto durante varios libros, tendemos a adivinar sus movimientos o, al menos, a creer que los adivinamos. Pero esta es una de las ventajas del blog: si todavía no lo han leído –ha salido esta semana pasada– asómense a la novela y cuéntenme qué les parece. Se lo recordaré.

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