El blog de Federico

Lecturas, visiones y decoloraciones del verano. 2/ Libros fuera de tiempo: Dickens y Stifter

Este verano he leído relativamente poco, pero tampoco mi recauchutado físico-moral exigía los mismos trámites que otros años. A cambio, he saqueado el Blockbuster más cercano y he visto dos o tres docenas de películas de cualquier clase y condición; hasta me acerqué al cine de verdad, aprovechando que no había focos ni mojiganga titiritera, el día del estreno de Vicky, Cristina , Barcelona, que ya comentaré. Pero incluso ayuno de internet, la feraz abundosa lectura estival se me resistía. Para la reanudación de la serie Mujeres que cuentan crímenes me había autoenviado un par de cajas de libros con las últimas novedades del género en estos meses, ya leídas, por si debía revisar algo. Pero un fin de semana durante el viaje dilató la entrega del empaquetado arsenal novelero tres o cuatro días, así que me abismé en la obra que empecé a leer en el mismo avión y que no era ni novedad, ni policíaca: Grandes esperanzas, de Dickens. A mi hijo mayor le había gustado mucho y nos ha obligado a leerla para comentarla. La familia, es lo que tiene. Bendita sea tan marmórea, intemporal y benéfica institución.

Y es que a mí Dickens, como Balzac, nunca me ha resultado grato, ni amable, ni fácil. Adoro la novela española del XIX –Galdós, Clarín, Pardo Bazán, algo de Valera- y la rusa –Turguéniev, Gogol, Dostoievski, algo de Tolstoi-, pero no he acabado de entrar en esos dos maestros indiscutidos del género, para mí muy por debajo de Galdós y Clarín. Sin embargo, los novelistas clásicos tienen su edad y aún sus edades de lectura. Y, por supuesto, en los de obra amplia o ubérrima, los libros propicios para acomodarse en un universo particular. Hasta Grandes esperanzas, mi problema con Dickens era el cine, con sus infinitas y a veces estomagantes versiones de sus novelas, y el orden que me he impuesto para leer sistemáticamente su obra, empezando naturalmente por Pickwick. Yo no sé las veces que he empezado la lectura de esos “papeles póstumos”, rondará la media docena, pero el caso es que siempre han terminado por parecerme prematuros. Tenía las Obras Completas de Aguilar esperando en el pueblo a que se me apareciera Dickens, porque sabía que alguna vez tendría que ser. Y ha sido este verano o, por mejor decir, esta novela. Con Grandes esperanzas he entrado por fin en comunión con Dickens, le he tomado cariño a toda su obra, leída o por leer, me parece interesantísima su biografía y la próxima vez que vaya a Londres pienso acercarme ver su museo-casa, la primera, que es una caja de cerillas y que no será tan bonita como la de Galdós en Las Palmas, ya lo sé, pero como diría cualquier “hombre de Paco”, el cariño, es lo que tiene.

No caeré en la petulancia de criticar o comentar obra tan archileída sin haberme leído toda o casi toda la obra de su autor, pero sí diré que después de seiscientas cincuenta páginas, el golpe de genio absoluto sigue estando en la primera, en la descripción de las lápidas. Sólo por eso y sin presidir el Real Madrid, Dickens es para mí “un ser superior”.

Este es el tipo de novela fluvial, benéfica, popular, meándrica y pobrecéntrica que esperamos de los clásicos, muchas veces en vano. Ahora bien, si alguien curtido en los clásicos y aburrido de los posmodernos, ahíto de Dickens y dispéptico de Paul Auster, quiere leer un libro raro, pero raro, raro, no tiene sino embaularse Verano tardío, de Adalbert Stifter, publicada por primera vez –y supongo que última- en Español por la siempre elegante editorial Pre-textos. El libro es muy relativamente breve, cerca de novecientas páginas, pero, a cambio de su extensión y a partir de las primeras cien o doscientas, resulta implacable, sólida y minuciosamente plúmbeo. Trata de algo así como el amor, pero en tales términos que no lo reconocería ni Cupido en Verona. Es una mezcla de La Enciclopedia fetén, la de Diderot y D´Alembert, en su sección de agricultura, jardines y mejora de cultivos, y la novela más estomagante del siglo XVIII que uno pueda recordar. Por qué se publicó este libro en Viena, que tampoco era un chamizo sin comunicación alguna con Europa, casi a la vez que el precitado de Dickens, es para mí un misterio. Y cómo un tío que se suicidó cortándose él mismo el cuello, y no por remordimiento literario sino acosado por las deudas (como Dickens o Balzac) y poseído por un carácter indómito y sombrío, dedicó tanto tiempo a escribir algo tan lato y carcundioso, es un fastidioso enigma que no me tomaré el aburrimiento de resolver.

Sin embargo, ya decía nuestro padre Cervantes que todos los libros, aún los malos, tienen algo bueno, y el de Stifert, también. Esta es la novela de un restaurador. O mejor: el libro en que hallamos esa insatisfacción del alma y esa minuciosidad técnica que  caracterizan a los que rescatan del polvo y la carcoma a muebles, cuadros o catedrales. Si alguien quiere complacer a un decorador, un escultor, un artista de la madera o un diseñador de interiores, regálele este libro, porque lo hará feliz. O lo obligará a fingirlo.
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