El blog de Federico

Lecturas, visiones y decoloraciones del verano. 1/ España juega a España

A menos de una semana de finiquitar la amable hipoteca veraniega, permítaseme consignar algunos acontecimientos leves, particulares, pero que al ser compartidos con otros muchos, a veces millones de personas, pueden tener algún interés. Otros lo tienen sólo para mí, pero como un blog es un diario como casi todos los diarios, escritos para ser leídos, que cada cual se sirva si le apetece y si no le apetece que no se sirva. Es libre.
 
Me limitaré en esta entrega a lo último visto y disfrutado hace unas horas, en la madrugada miamense: la fabulosa final olímpica de baloncesto protagonizada por la selección española. Tras el vapuleo indecente que aceptó sumisamente en su último partido con los norteamericanos, cabía temer cualquier cosa, pero sucedió exactamente lo contrario. España hizo todo lo que pudo y lo hizo lo mejor que sabía. Yo creo que ni los propios jugadores españoles, bastante penosos en los últimos partidos, se sabían capaces de responder a tanta exigencia. Pero lo hicieron, ¡y de qué modo!
 
En el primer cuarto, Estados Unidos salió como una apisonadora con la velocidad de un Ferrari Testa Rossa, dispuesta a zanjar el partido desde el principio y  evitar sorpresas. Pero lo que  funcionó contra la propia España y contra Argentina en semifinales –antes incluso de la lesión de Ginobili-, tropezó con lo inesperado: una defensa intensísima y un ataque español lleno de agilidad, talento y determinación. Además de las peleas feroces del gran Pau Gasol, siempre a la altura de su mito, con los más aviesos armarios de la NBA, recuerdo una entrada a canasta de Ricky Rubio mientras los americanos bloqueaban todos los caminos del pase, convencidos de que aquel muchachito no se atrevería a hacerlo todo solo, que resultó épica de puro conmovedora. Es verdad que en algunos momentos del partido se aceleró, pero sólo cuando se acelera se pueden ganar puestos y hasta carreras.
 
Pero era el conjunto de la selección, uno por uno y todos por todos, lo que emocionaba. Hasta Aíto, que parece un gélido actor secundario de origen alemán a punto de aplicar la eutanasia activa al médico de House, resultaba simpático. Una vez, hasta me pareció que daba un saltito, pero no quiero desprestigiarlo: tal vez era yo en el sofá. Los dos triples de Rudy fueron inenarrables, la fiabilidad de Felipe Reyes, tal vez el mejor del campeonato, era una continua reivindicación familiar, casi navideña. Marc mereció llamarse Gasol. “La Bomba” Navarro volvió a ser el de hace un par de años. Mumbrú, pese a un alocado ataque en diagonal, estuvo muy bien. Jiménez, superior. Raúl López, por fin bien, cuando estuvo. Y qué pena la lesión de Calderón. Pero qué más da cuando todos juegan, como jugaron, de verdad. Si una actuación deportiva nace, sobre todo, de un estado de ánimo, la selección española, siéndolo tanto –nervio sobre nervios-, no parecía representar a esa vieja nación a punto de suicidarse que, por tradición, seguimos llamando España. Así se pueden perder un partido y unas elecciones, sin por ello caer derrotados. Así se puede ganar, porque se cree en lo que se vale. Así se puede estar porque se es y no ser solamente porque se está. Así no se pierde el tiempo. Así, sí.
 
Pero me he alargado demasiado en esta crónica, que harán muchísimo mejor los colegas de deportes. Sólo quería consignar que, en el verano de 2008, a las cuatro de la mañana miamense, mientras brillaban al fondo del puerto las grandes grúas silenciosas, también yo estaba ahí, saltando con mi hijo en el sofá, viendo a España. Y, con lo mal, lo rematadamente mal que la veo, ¡qué bien la vi!
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