El blog de Federico

Lecturas francesas (I)

Que el tiempo se nos va como el agua, la arena y demás entes metafóricos es rigurosamente cierto. Y que como no empiece a repasar las lecturas francesas del verano, que continúo este otoño, al final no escribiré nada es tan cierto como que el 2013 tampoco saldremos de la crisis. Sus y a ello.

Este año celebraba Francia –que aún no se avergüenza de su historia- el 600 aniversario de Juana de Arco, La Doncella (La Pucelle) de Orléans. Y como yo andaba ensimismado, entre jabalíes y patos, en los bosques de la Sologne, que está a tiro de tren de cercanías, me acerqué a esa ciudad, que no conocía. Volví dos veces más, porque de todos los puertos interiores del Loira es, sin duda, el más hermoso, el más mediterráneo, el más gentil. Pero volví sobre todo por la catedral, monumento monumental, si se me permite la expresión, que aún exhibía las armas y estandartes de los nobles que acompañaron a Jeanne en la más asombrosa aventura individual, religiosa, militar y política de toda la Edad Media europea. La visión de la catedral con el gran óleo sin marco de Juana triunfante y mártir, flotando en la inmensa nave central, producía un efecto pasmoso de calma y fervor. Si no he vuelto a la fe en Orléans, ya sólo me queda la ermita del Tremedal.

Pero como toda la región de la Sologne y los alrededores de Orléans guardan las huellas de su fabulosa cabalgada, me puse a leer la historia, digamos, canónica, de la Pucelle, que es la de Régine Pernoud y M-V. Clin "Jeanne d´Arc". Supongo que hay versión española porque de Pernoud ya se tradujo en los años 70 su obra más famosa: "La mujer en el tiempo de las catedrales", que no he vuelto a leer pero que en su día me encantó. Esta biografía también me ha gustado mucho, pese a algún detalle antibritánico en el prólogo que no tiene mucho sentido. Mais, c´est la France!

Lo esencial es que se basa en los testimonios históricos del juicio y muerte de Juana, recogidos por el afán documental de los perros de la Universidad de París que, para satisfacción del ocupante inglés, la quemaron, mientras el vil Delfín, convertido por ella en rey, no movía un músculo. Esta parte martirial de la biografia jeannesque resulta muy conocida por el cine, en especial por la versión Hollywoodiense que protagonizó Ingrid Bergman –bastante fiel a la historia- y obras maestras como la versión muda de Carl T. Dreyer, con Antonin Artaud en el papel de inquisidor universitario. Pero confieso que me ha interesado más en el libro de Pernoud y Clin la parte en que Jeanne, encomendada a sus voces, se presenta en la corte del Delfín y le dice que quiere un ejército para salvar a Francia y coronarlo en Reims. Estaban los ingleses, dueños de París, a punto de tomar Orléans, llave de toda Francia y de establecer el Reino de las dos coronas, Inglaterra y Francia, que habría cambiado por completo la historia de Europa y del Mundo. Y llega una joven campesina analfabeta a la Corte diciendo que el Rey del Cielo la envía para salvar Francia. Y en un año, en efecto, la salva. Si difícil es la hazaña militar, más aún lo es la odisea política para vencer la burocracia de la Corte y el más elemental sentido común y, al final, conseguir tropas que, en unas pocas batallas, acaban con los ingleses. Ni que decir tiene que el premio es el castigo, el martirio, la pena de la gloria.

La figura de Juana, archidocumentada, es absolutamente conmovedora, pero como bien dice Pernoud, lo más difícil es entender hoy el papel de lo religioso institucional y de lo que genéricamente llamamos sobrenatural en la política. Hoy es inimaginable una historia como la de Juana, no por loca -más loco estaba Hitler y más importante fue Alemania en los años 30 y el III Reich forjado por él que la Francia de la Baja Edad Media- sino por la imposibilidad de pensar lo religioso en el mundo actual. Salvo en los USA, claro está. Pero incluso ahí pierde las elecciones.

Cuando uno visita cualquiera de los pueblos recorridos por Juana La Doncella (nadie le llamó en vida Juana de Arco) alcanza a ver las ruinas, a veces bien conservadas, del castillo, pero para llegar a ellas hay que pasar por debajo de las vías del tren, esperar en los semáforos, comprar entradas y encontrar, al fin, restos materiales harto más humildes, no diré ruines, que los espirituales. Tal vez la Historia, escrita sobre ruinas, no es ni puede ser de otra manera. Pero antes, en Francia, en España, permitía volar más lejos.

(V. Régine Pernoud y M.-V. Clin, Jeanne D´Arc, Pluriel, 2010, 441 págs.)

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