El blog de Federico

Lecturas de Agosto (y 3): La gravosa trilogía de Stieg Larsson

Lo curioso de Millenium es que no hay forma de recordar el caso o los casos criminales que salpican sus 2.000 páginas. La fuerza del personaje de Lisbeth Salander y el menos interesante –para algunos francamente vomitivo– de su antagonista Kalle Blonkvist, alter ego del autor (alter magnus ego, podríamos decir), así como el éxito de la película basada en la primera parte de la trilogía han conseguido que el único caso de Millenium sea, en realidad, el de su autor, el Caso Larsson. No porque un éxito tan inesperado sea raro en las letras, al contrario; tampoco es realmente un crimen atroz, pero tal vez sí un punto de difícil retorno en la boga del género negro en todo el mundo.

No es menos curiosa la evolución del Caso Larsson. Leí las tres novelas –o, mejor, los tres tomos novelados– en la misma semana en que salieron. No ha ocupado, pues, mi verano ni estación alguna y como ni he visto la película ni pienso verla salvo tal vez cuando salga en DVD, poco ha influido en mi lectura la tremenda batahola mediática con que la progresía primero y el rebaño después, se han postrado ante el fenómeno. Sí observo un proceso sutil pero evidente de devaluación de los méritos literarios de Larsson tras su apabullante éxito comercial –salvo en los USA–. Que eso suceda entre los críticos y los devotos de las novedades es normal, siquiera por la prevención clásica del lector habitual contra gusto de los que sólo alguna vez leen algo. Nadie se fía del rebaño popular indocto y desnortado, habitualmente huérfano del control que la burocracia progre impone a su propio rebaño y, por tanto, poco de fiar.

Lo raro es que ambos rebaños –el descontrolado hortera y el controlado progre– hayan coincidido en sus gustos. Y tal vez esa sea la mayor curiosidad del caso Larsson. El área comercial de los productos culturosos –suplementos literarios, reportajes o ferias del libro como la de Madrid, que ha convertido a Larsson en icono de la edición de 2009– vive tan aterrorizada por la crisis que ha aceptado de mil amores la genuflexión plebiscitada ante un género nunca aceptado del todo, por ser demasiado plebeyo. Pero Larsson –como ya explicó muy bien Santiago Navajas en LD– venía con todos los sellos, pólizas, guiños y coartadas que hacen digerible a un progre la compañía de la masa. La factura de almas y la libre expansión del gusto no suelen solaparse. Los dirigentes de la industria cultural no pueden aceptar que la gente, aprovechando el suave deslizar de ese trineo que llaman mercado, se dirija sola. Así que tengo la impresión de que Larsson acaba de triunfar, pero ya está dejando de ser verdaderamente importante.

Lo peor que puede decirse de Larsson es que clausura, abaratándola, una época extraordinaria de la narrativa sueca, sea policíaca o de cualquier otro género, y que no empieza con Mankell sino con las excelentes novelas de Maj Sjöwall y Per Wahlöö en los años 60, que resultan más innovadoras entonces o más cercanas a la sensibilidad de ahora que lo que suponemos que por entonces se llevaba. En realidad, estos Dashiell y Lillian escandinavos, rojísimos Martini, tuvieron hasta su oportunidad en Hollywood y se editaron en muchos países, incluída España (Noguer). La mejor de la serie del detective Martín Beck es, para mí, El policía que ríe, que acaba de ser reeditada muy pulcramente y que me parece una pequeña joya del género. He visto en Alohacriticon una foto de Maj y Per y me parecen encantadoramente woodstockianos, aunque no pudieron serlo por edad (les sobran veinte años) ni por ideología (eran comunistas, pero no sé cuánto). Sin embargo, hay en su mirada un trasiego de amor, alcohol y tabaco que me resulta entrañable, visoeterno. Las diez novelas de Martin Beck son buenísimas y, para escritores en agraz que quieran ser futuros larssons vivos, de utilísimo estudio.

El detallismo en la desesperada paciencia del investigador policial es la clave de Per y Maj que recoge, moderniza y mejora Henning Mankell un cuarto de siglo después. Pero, técnicamente hablando, casi todo Wallander está en su "progenitor" Beck. El vástago le supera en lo explícito de su reflexión política sobre la crisis del "Estado de bienestar" sueco, que se viene abajo, violenta y súbitamente, por el alud de inmigrantes y de exótica crueldad que anega la antaño paradisíaca y anchurosa socialdemocracia escandinava. He escrito más de una vez sobre la sinceridad personal y las limitaciones ideológicas de Mankell al abordar ese cambio social y político, así que no insistiré en ello. Ahora bien, quede claro que Larsson sólo superficialmente supone una cierta continuidad con respecto a Mankell. En primer lugar, está muy lejos de su talento literario, trocando una historia compleja y completa desarrollada en cada título por una especie de teleserie de aventuras con bastante de Tarantino, no poco de videojuego y una pavorosa superficialidad en el análisis de los personajes, que sólo nos parecen de acción porque carecen de la menor profundidad psicológica. Todos son arquetipos, nadie es imprevisible, y menos que nadie la loca cuerda, la lista tonta, la genio torpe, la muda elocuente, la contradicción coherente, esa ideología abonada a la adolescencia perpetua y nutrida por la omnipotencia infantil de todo espíritu inmaduro.

Nada extraña, por tanto, que "Millenium" triunfe en una sociedad sin valores claros, sin profundidad intelectual y con un apetito incontrolado de sensaciones fuertes pero pasajeras. Salander es la vieja niña sabionda que duda entre el convento y el botox. Y a mayor distancia aún está la reflexión intelectual de la socialdemocracia de ayer, que es la de Mankell, del izquierdismo radical de hoy, que es el de Larsson. Wallander es, como Beck, un policía que representa al Estado en la lucha permamente contra el crimen. Blomvkist, el héroe de Larsson ya no es policía –y este es un cambio absolutamente esencial– sino un periodista progre que tiene por la ley y por los valores morales socialmente admitidos sólo el respeto que en cada momento le conviene. Su principio no es principio, es simplemente suyo. Y lo suyo tiene más gas que un dirigible de Goodyear. Pero vuelvo a lo de antes, que es esencial para entender lo novedoso y lamentable del modelo Larsson con respecto al de Mankell y Per y Maj: no es lo mismo constatar los límites éticos del respeto a la legalidad, que es lo que siempre ha hecho la novela policíaca a través de personajes que buscan hacer justicia, o al menos hacer el bien contra el mal , que saltarse cualquier legalidad para evitar cualquier limitación a un ego que se confunde con el Bien, la Justicia y hasta la reforestación de la Amazonía.

El otro día encontré en la red una notable entrevista en Radio Nacional –cuyo autor, con una gran voz de las de antes, no conseguí identificar– con el mejor amigo de Larsson, un pícaro pasado por Cuba que hubiera ligado en Woodstock y en la Marbella de Jesús Gil. Me gustó el humor con que abordaba su cambio de fortuna, pero dejó claro que a Larsson nunca le pasó por la cabeza llegar a disfrutarla. Mileurista hasta el final, no se casó con su mujer de siempre, parece que algo ida, y la familia le ha ventilado la herencia. Así es la socialdemocracia modernosa, hijastra del arcaísmo intervencionista.

Como he tardado un mes en escribir esta cosa, me ha dado tiempo a chapotear en la Red y encontrar cosas sorprendentes en los medios literosos y periolistillos españoles. Sólo en LD se ha recordado el descarado –y genial, comercialmente hablando– cambio de títulos con respecto a los que había puesto Larsson. Si vemos una portada que reza –o clama– Los hombres que odian a las mujeres tendemos a considerarla la enésima taxonomización del machismo y la dejamos camino de otra novedad. Pero si leemos Los hombres que no amaban a las mujeres, aunque se cargue la jaculatoria estadística de mujeres maltratadas en Suecia (si ese es el resultado de medio siglo de izquierdismo, es para votar liberal, si lo hay, o salir huyendo) que encabeza o subraya cada porción del grueso volumen I, empezamos a ojearlo. Porque es sabido que no todos los hombres odian a todas las mujeres, y que unos y otras saben lo bastante sobre el asunto como para no tragar panfletos bibianos. Pero, por supuesto, todos queremos saber más y acabamos comprando la obesa novela con la guapa argentina en la portada que no sabemos quién nos ha recomendado y que, justo es reconocerlo, se deja leer muy bien.

Dentro de la sutil devaluación izquierdista de Larsson a la que me referí al principio, Dona Leon arremetió este verano contra el culto a Larsson por los malos sentimientos y odiosos personajes de Los hombres que odian a las mujeres, hórridos obstáculos que le llevaron a abandonar el libro. Una crítica plausible si no la hiciera la autora de una novela que debería llamarse Las progres que odiaban a los militares, y de cuyo título, lo que son las cosas, no quiero acordarme. Le recomendaría Cuento de Navidad de Dickens, pero el malvado Mr Scrooge le haría quemar el libro a la mitad.

Otro crítico español que he ojeado este verano aseveraba, muy pomporrutesco él, que Lisbeth Salander, el hilo conductor que mantiene enhebrada, si no cosida, la trilogía es el primer personaje que en la novela y en el cine redime a un ente del sexo femenino (y joven, ojo) del trato machista que habitualmente sufren. Por el contrario, yo creo que Lisbeth Salander es Lara Croft sin Angelina Jolie; y una superwoman más propia de Marvel que de Hollywood. Un tebeo, vamos. Género respetabilísimo, desde luego, más que esta crítica literaria de solapa, tiquitaca y tocomocho que normalmente padecemos.

Pero es todo tan inverosímil en su peripecia institucional y en sus alcances intelectuales que uno no puede tomársela en serio al lado de Kay Scarpetta, Kinsey Millhone y hasta Miss Marple. A quien, por cierto, me extraña que no hayan resucitado aún para adivinar criminales en compañía del Padre Brown, Poe lleva ya tres novelas en tres años.

Resumen del resumen: Larsson, mucho ruido y pocas nueces. Pero el ruido no ha carecido de interés y las nueces son perfectas para las ensaladas de final de agosto.
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