El blog de Federico

Lecturas de agosto

Llevo una semana enredado en la crítica de la saga de Larsson y no cumplo mi obligación, que es la de alimentar el blog cuando me siento recuperado –no reciclado–, animado, recauchutado y, como diría Jeremías Aguirre, energioso. Así que empiezo por las recomendaciones urgentes, sencillas, para alimentar de literatura el mes de agosto.

Willa Cather: Lucy Gayheart

En primer lugar, una de las mejores novelas de amor que he leído en mi vida: Lucy Gayheart, de Willa Cather, en Alba, donde se encuentra casi toda la obra traducida de la briosa escritora americana. Para el que no conozca su obra, aunque creo haberla recomendado más de una vez, esta breve joya (221 páginas) puede resultar engañosa, porque no es el estilo habitual de Cather. Pioneros o Mi Antonia, sus novelas más conocidas, son excelentes, pero esta Lucy, obra otoñal, por no decir invernal, no sólo conserva la diamantina sencillez narrativa de Cather, sino que consigue, con una técnica depuradísima, iluminar el diamante desde dentro. Conmovedora. Magistral.

Luisa Cuerda: El chico de las cigüeñas

No sé por qué compré esta novela de Luisa Cuerda y me la traje de vacaciones. Probablemente, porque no había leído la solapa o porque sólo me fijé en la foto de la autora –tan de lista de pueblo, tan de verdad vivida–, pero el caso es que sólo la habitual tardanza en llegar de las cajas de libros me abocó a su lectura. Y a eso de la página 30, me conquistó. Para empezar, escribe o, mejor, utiliza un vocabulario antiguo y nítido que me recuerda mucho al de mi pueblo. Pero no por parecerse las palabras sino por lo raro y milagroso de su supervivencia. La unión de una sintaxis clara y una semántica de fulgor mate, como veteada de un metal prestigioso y olvidado, me resulta irresistible.

El tema, asunto o argumento de la novela –que en ocasiones se acerca al guión teatral, y tal vez podría llegar a serlo– es el de un escritor que ha triunfado y busca al maestro que alentó su vocación y que un día –años 70– desapareció súbitamente del pueblo y de su vida. No hay sorpresas en la historia. Lo valioso, para mí, es que permite asomarse al proceso intelectual y social más importante de nuestro tiempo: el paso de la España profunda, de pueblo, no a la “de capital”, igualmente honda, sino a la de ciudad, moderna, banal y sin interés.. Temo que no sea lo que piensa la autora, pero  es algo que permite leer, colegir o avizorar su novela. Hubo un momento, décadas atrás, en que se nos perdió España, con todo lo que abrumadoramente significa. Este es un buen rastro.

Paolo Giordano: La soledad de los números primos

Esta brevedad de Salamandra (280 páginas, letra grande, clara, playera) la tenía uno de mis hijos y la empecé a leer porque no tenía nada a mano y porque el título se parece a uno mucho mejor de Reyes Calderón, Los crímenes del número primo (que debo leer o releer, porque me ha gustado bastante la novela siguiente y recentísima del autor). Es el niño bonito (26 años), la gran sensación de la narrativa italiana (todos los premios, muchísimas ediciones) y aunque esta novela que comienza como desmañada sucesión de capítulos-cuentos para luego enderezarse y acabar como pieza completa y casi redonda, no tenga el encanto de obras postadolescentes serias (Nada, de Laforet), o adecuada y juvenilmente superficiales (Bonjour Tristesse, de Françoise Sagan) le reconozco el mérito de la técnica y debo lamentar uno de los motivos de su éxito, no muy diferente del de Larsson, que es el de presentar la locura como una forma de hacer justicia a una sociedad injusta, o de normalizar lo que anormaliza por obligación en una sociedad moderna. Giordano tiene el talento de no dejarnos ver lo que piensa de lo que cuenta y de ese modo son los personajes en su desarrollo lo que nos permite asomarnos al sentido profundo de su discurso. Que es, paradójicamente, el de una cierta imbatible, insondable, esencial superficialidad.

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