El blog de Federico

La vía capitalista al socialismo

Por más vueltas que se le den, por más razones que se aduzcan, por mucho que se insista en que es el mal menor de los que con seguridad podrían aquejarnos, lo cierto es que el Estado ya es el primer accionista de los seis mayores bancos norteamericanos. Si alguien no ve en este episodio de la intervención masiva de los Gobiernos para evitar la quiebra de un número indeterminado de bancos y cajas de ahorro uno de los peores reveses morales, acaso también materiales, que ha sufrido Occidente desde la caída del Muro es porque le molesta lo que ve y, en frase histórica del presidente de la dizque patronal española (entidad benéfica pagada también por el Estado, como los sindicatos sin afiliados y los partidos sin militantes), acompaña el paréntesis de la economía de mercado con un paréntesis en la actividad intelectual, no sea que nos duela la cabeza.
 
Cuanto más me explican la Gran Intervención los economistas, incluso los liberales, menos me convence. En el mejor de los casos, se consagran lo que podríamos llamar ciclos socialistas y capitalistas: que toca pastorear vacas flacas,  recesión, depresión o resfriado general de bolsillos, socialismo; que vienen las vacas gordas, capitalismo. En ambos casos, el Gobierno, es decir, el Poder político a través de los bancos centrales y los Presupuestos, saca masivamente el dinero de nuestros bolsillos y lo pone en manos de los ignorantes o los indecentes que ya han acreditado su rapacidad miope gastándose lo que no tenían y fiando a la ruina de todos la salvación casi perpetua de su beneficio. La verdad es que la situación se parece muchísimo a la caricatura que los socialistas de todos los partidos -también de la Derecha corporativista, antiliberal o estatalista- han hecho siempre del capitalismo. Y con la caricatura, viene la explicación o el exorcismo intelectual, tradicionalmente antisemita, de unos pocos ricos tramando en una cumbre de moqueta la ruina del pueblo cristiano. Aunque los supuestos judíos no sean judíos ni los cristianos, cristianos; y aunque los muslimes sigan mirando a la Meca y los hindúes mirando a los muslimes; y los budistas al éter y el Dalai Lama a Hollywood. De alguna manera hay que explicar este saque global de los bolsillos particulares por una oscura casta poderosa que sabe lo que conviene a nuestros intereses mucho mejor que nosotros mismos. Y a nuestras libertades, por supuesto.
 
Pero el socialismo es justamente eso: la propiedad privada sometida al albur de la política; todas las leyes puestas entre paréntesis según lo aconseje la estabilidad de las instituciones, aunque sean las de Alí Babá; y la libertad archivada hasta que escampe. ¿Y escampará alguna vez? Pues no. Con este modelo de rescate general irrenunciable de la ruina particular innegociable, no sólo se blinda y se consagra sino que se anuncia una eterna intervención cíclica socialista del capitalismo, aunque, eso sí, a la sombra del poder político habrá un mercadillo de favores tan opulento que el mercado parecerá una golosina para la clase media baja y el pueblo llano trabajador y contribuyente.
 
El dilema entre capitalismo y socialismo es material, porque la economía de mercado ha demostrado ser un mecanismo de asignación de recursos mucho más justo y próspero que la planificación central; pero es, sobre todo y ante todo, de orden moral: se trata de tener libertad para tomar la responsabilidad de nuestras vidas, sin que el Estado viva en la fatal arrogancia de saber lo que nos conviene mejor que nosotros mismos. Esta intervención garantiza el expolio periódico y sistemático de nuestros bolsillos, la impunidad absoluta de ladrones y malversadores político-financieros y un mensaje inequívoco para los que creían y creemos que no puede haber libertad sin responsabilidad, sin la necesidad de pagar y purgar los errores propios con nuestra vida y nuestra hacienda, no digamos ya los crímenes contra la vida y la hacienda de los demás. Nuestra libertad, que es la libertad de disponer de lo nuestro, ha quedado fatalmente comprometida no sólo por la intervención masiva de los Gobiernos sino por la corrupción de los que deberían haberlo controlado, y, caso de fallar el control, por la ruina de los negocios ruinosos y el atraco al contribuyente desde un ámbito que es privado por el régimen de beneficios, casi siempre irregular, y es público por el nivel de exacción fiscal de los bolsillos privados, irregular casi siempre. En los Estados Unidos, y no digamos ya en el balneario de la Unión Europea, han descubierto la vía capitalista al socialismo: para salvar el capital vamos a enfeudar nuestra libertad; para garantizar nuestra seguridad vamos a perderla por temporadas, según vengan los tiempos; y como el humano, desde la cueva primigenia, apetece la seguridad, cultiva el miedo y practica la huída, vamos a consagrar una nueva casta sacerdotal impía que cuando todo amenace ruina nos garantice una muerte lenta, en la que nadie será nunca responsable de nada. Al cabo, vivir es ver pasar, ver volver, ver cómo todo se va. Una mala noche en una mala  posada estatalizada. Acertó Franklin: en esta vida, lo único indiscutible son la muerte y los impuestos. De la primera nos alejamos temporalmente, gracias a la medicina; en los segundos chapoteamos hasta ahogarnos antes incluso de nacer. Somos deuda y gracias.
 
Reconozco que nunca pensé ver esta reivindicación post-mortem de Karl Marx, equivocado en todo salvo en una cosa, que cultivó como nadie aunque no reconoció: la facilidad con que los humanos entregan su libertad a cualquier mesías terrenal, llámese Proletariado revolucionario, Banca reaccionaria o Gobierno de lance y entretiempo, para garantizar la perpetua dilación, el dizque científico aplazamiento del ejercicio de nuestro albedrío, esto es, de nuestra responsabilidad. Y si el que la hace no la paga, si los errores no tienen consecuencias, si los Gobiernos pueden remediar sus fallos enormes con fallos aún más gigantescos, y la gente aplaude, está claro que el liberalismo, que es la defensa de la libertad individual contra el Estado y el despotismo de la mayoría, pierde la guerra sin dar una batalla y se adentra en una era oscura, incierta, democráticamente letal para los individuos y devastadora para la ética que debería gobernar la cosa pública. Si no hay límites legales ni materiales para la actuación del Gobierno, no hay límites para el asalto al individuo. La socialdemocracia, forma plebiscitaria de cleptocracia estatal, ha vencido en toda regla. El socialismo se erige en garante cíclico del capital. Y la opinión pública, sabiamente guiada por la sociedad de la información y del derecho a no tener deberes, parece aliviada por ahorrarse el penoso deber de opinar, pensar y decidir. Si el siglo XX fue el de las grandes masacres en nombre de los distintos socialismos, el XXI empieza como el siglo del socialismo por consenso global con el equívoco nombre de capitalismo. De Estado, naturalmente. De Gobierno, se entiende. Liberticida, claro está.    
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