El blog de Federico

La relativa muerte de las estrellas

Esta tarde, como tantos, he vuelto a ver El Guardaespaldas, la película de Lawrence Kasdan protagonizada por Kevin Costner que hizo de Whitney Houston una estrella. Ayer la encontraron muerta en la bañera de un hotel pero todos la consideraban ya perdida o echada a perder desde hace años. No parece fácil encontrar a alguien que, teniéndolo todo, muere tan sin nada. Pero no es difícil encontrarlo entre las estrellas de la canción. De hecho, Whitney ha vivido 21 años más que el selecto Club de las Estrellas Muertas a los 27, en el que ingresó hace sólo unos meses Amy Winehouse. La genial cantante británica se unía a Janis Joplin, Jimmy Hendrix, Brian Jones y Jim Morrison, entre otros muchos, ya inolvidables. Morir joven y dejar un hermoso cadáver es una garantía para la relativa inmortalidad del mundo del espectáculo. Desde Aquiles en La Ilíada hasta James Dean. Lo triste de la historia de W.H. es que ha vivido casi hasta la cincuentena y la hemos visto arrastrando la imagen y la voz que cautivaron al mundo por "los derribos de los cielos yertos / donde vomitan muerte los borrachos", como escribió otro muerto inmortal. La vimos, con su diógenes a cuestas, acarreando bolsas de basura de la calle a su casa, perdido su corazón por un sujeto del que nadie se acuerda –aunque, si vive, se acordará la televisión– y perdida su cabeza entre curas fallidas de la rehab de la que se reía Amy.

No recordaba que en El Guardaespaldas W.H. fuera una actriz tan horrible. Tampoco que, como tantas veces, la guapa es él: Kevin Costner. Quizás no lo recordaba dando esa exhibición como intérprete, porque él es, en definitiva, un actor, aquí extraordinario; y ella, en cambio, es sólo una estrella, que en la primera parte de la película nos convence sin dificultad de la estupidez abisal de las grandes figuras de su género. Sin embargo, hay algo en la canción de Dolly Parton que Costner se empeñó en que W.H grabara, siquiera para los créditos del film: I will always love you. Y no es posible cantar algo así sin talento, sin gracia, sin magia, sin duende.

Me he pasado el resto de la tarde en You Tube, buscando o encontrando la canción de esa canción, la voz de esa voz, el eco perdurable de esa vida. He aquí tres versiones maravillosas de la compositora Dolly Parton cantando su propia canción, uno de tantos éxitos en la voz de otro.

He aquí a las tres cantantes –su madre Cissy, su tía Dionne Warwick, y su madrina Aretha Franklin– que acunan el talento de W.H.

Porque lo tuvo, aunque en la película que se verá esta noche en todo el mundo nadie podrá advertirlo. Está en esas grabaciones de absurdos programas de TV en las más dispares y sorprendentes compañías.

Y está sobre todo en ese villancico que canta con su madre, y que hoy recordarán las mujeres cantantes de su familia, si alguna pudiera no serlo. Vuelvo al blog –en el que sólo escribiré sobre asuntos no políticos- para recordar la paradoja de las estrellas. Muchas de las que vemos en el cielo se apagaron hace millones de años, pero su luz no ha muerto para nosotros, o sólo con nosotros morirá. Nos maravilla como la memoria de lo ignoto, como el fulgor incomprensible de la vida.

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