El blog de Federico

La política y lo que no es política

Por gentileza de Alaska, acabo de ver –y de verme, cosa que por prudencia y piedad no hago nunca– en una entrevista que me hizo en "La tarde" de TVE allá por 1987 y cuyo enlace a Youtube está en el blog de Alaska y Mario. Aparte de las paradojas del tiempo veloz y de la pervivencia de lo más perecedero ("sólo lo fugitivo permanece y dura", escribió Quevedo), la entrevista me ha llevado a pensar sobre algo que preguntan muchos lectores: cómo sería una legislatura del PP con una mayoría tan absoluta como la que por segunda vez había obtenido Felipe González. Creo que alguna vez comenté en el blog –o en el chat que lo precedió– que me gustaría reunir aquellas crónicas amables y satíricas de las revistas rosas. Y como detesto las gafancias titiriteras, adelanté que el título sería La Edad de Oro de la Prensa del Corazón, y se basaría en la "Revista de revistas" que hice en Diario 16, los domingos, durante dos o tres años y sobre la que hablo con Alaska.

En aquella época marcada por un poder político asfixiante y visoeterno, la prensa rosa fue una de las fórmulas de la sociedad civil –sin pedantear, de la gente corriente– para respirar mientras cambiaba la coyuntura. Nueve años, nada menos, le quedaban a la coyuntura para descoyuntarse. Pero con los chistes de Morán, los líos en Alianza Popular y la chismografía del revistero cordial –que afectaba a políticos e instituciones coronadas e incluso astadas–, las sobremesas españolas no parecían velatorios. Y los primeros que se apuntaron a la nueva café-society fueron los propios sociatas. A Cuca Solana la nombraron "Lady España" en Marbella y nadie podía olvidar a González cuando posó en lo que se llamó "braga náutica" desde la cubierta del Azor, el famoso yate de Franco. No se dirá que no avisaron.

Lo que molestaba en 1987 no era que estuviese el PSOE en el Poder sino que no hubiera alternativa de gobierno. De ahí eso de cambiar la tenebrosa certeza por la crónica rosa, las actas de diputado para sociatas por los chismes de alcoba de los mismos sociatas o de otras tribus, la política cuando no hay política por el tole-tole y el bulle-bulle social, porque siempre hay sociedad.

Sin embargo, aquel maridaje de los nuevos ricos de la política y los ricos de toda la vida, con su cortejo de divorcios, amantes, cuchillos cachicuernos y puñales dorados, cuyo símbolo fue la escandalera de Boyer e Isabel Preysler, no se repetirá con un Gobierno de Rajoy, aunque sea tan abrumador como el de González. Todos los despotismos se parecen, pero algo ha cambiado en España: hemos pasado, por recordar al gran Manolo Summers, Del rosa al amarillo, de la prensa del corazón a la telebasura, del ¡Hola!, la extinta Garbo y Diez Minutos a Sálvame, La Noria y otras recreaciones de las entretelas nacionales. Hoy, hasta la prensa rosa amarillea y en las portadas del ¡Hola! aparecen personajes que no hubieran salido ni en las páginas remitidas de bodas y bautizos en blanco y negro. España se ha achabacanado horrores y el Poder se degradará en consonancia.

Lo que sobrevive a la debacle política es, siempre, lo que no es política. Porque ni doce ministros analfabetos pueden impedir el comentario ingenioso en una tertulia, sobremesa o terraza veraniega. La ruina no impedirá las bromas sobre la ruina, y la liquidación de España no evitará chistes sobre nuestra desgracia. Y si esto acaba como el Rosario de la Aurora, habrá chismes sobre la procesión.

Yo no he visto pruebas más elocuentes sobre esa supervivencia social vitalista en los cuerpos políticos yertos que los disidentes cubanos. Algunos, tras décadas en las cárceles castristas, llegaban a España preguntando no por los políticos, sino por la Preysler, la novia del Príncipe, las novias del Rey, los líos de Felipe y Guerra, o los de Fraga y los democristianos (Durán i Lleida no es el primer faldero democristiano; sólo el último de una saga de meapilas caraduras). Ah, y El Corte Inglés. Por supuesto, hay que dar, allí y aquí, todas las batallas políticas, las posibles y aún las imposibles, pero en vísperas del advenimiento de un poder político tremendo, como no hemos visto desde 1987, no está de más recordar que la novela, la pintura y las revistas del corazón han evitado muchos infartos.

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