El blog de Federico

La playa en invierno de Luis G. Berlanga

La primera vez que vi una película de Berlanga no sabía quién era Berlanga, pero me gustaba el cine y me encantó la película, una de las primeras que vi, porque aunque todas llegaban a mi pueblo varios años tarde, ésta era tolerada: Novio a la vista. La idea de unos niños que, aliados con unos abuelos pirados, derrotan en una guerra de un día a unos padres, gordinflones y obtusos, que se niegan a que la nena haga algo, me ha parecido siempre una fantasía perfecta (la de unos padres tratando de liberarse de unos niños que los hacen abuelos, ni es una fantasía, porque ya la vivimos, ni puede resultar más que imperfecta). El primer chiste de esa película, que supuestamente retrata a D. Juan de Borbón en un examen, me gustó porque lo entendí. Pero lo que me cautivó y me llevó a comprar el otro día el DVD para volver a verlo fue el final: la playa camino del invierno, sin niños ni mayores, aventados los tiernos amores acalorados por el paso inclemente del tiempo, con la niña en Madrid, ya mayorcita, dibujando en el cristal empañado el nombre de un novio que no será el de la gloriosa batalla de Agosto, al sol de la última inocencia. Pero al leer que Berlanga ha clausurado su estancia entre nosotros me he acordado de aquel sillón alto de enea derribado por el viento en la playa invernal, que es el "Fin" de aquella película suya primeriza, el nacimiento de mi visión lírica del cine y todo lo demás y la imagen de cualquier despedida en la película de la vida, sólo en parte autobiográfica.

En los años 70 vivía en la Filmoteca y vi todo lo de Berlanga hasta entonces: Esa pareja feliz; Plácido; Calabuch; Bienvenido Mister Marshall y la que, también a mi juicio, es la mejor película española, El Verdugo. Luego, tras ¡Vivan los novios!, se reinventó en La escopeta nacional. Pero en los años 80, cuando conocí a Berlanga, nunca hablábamos de sus clásicos o de la divertida saga de Leguineche, sino de una de sus mejores y relegadas películas: Tamaño natural. Yo había escrito en Diario 16 un artículo en el que me refería a Histoire d´O, la incandescente historia de Pauline Réage que adoraba Berlanga, cuyos derechos compró y pudo dirigir, pero finalmente dejó estropear por Jaeckin. En ese texto, reproduje una fotografía de una legendaria versión anterior a la de los 70, cuya existencia real Berlanga ponía en duda. De estos asuntos hablábamos, porque eran los suyos y porque en Barcelona, estudiando psicoanálisis, yo llegué a interesarme mucho por el fetichismo, la arbitraria definición de pornografía según las culturas, la difícil dignidad del consumidor de fantasías sexuales y la soledad del erotómano que retrata Tamaño Natural, seguramente lo más cerca que estuvo Berlanga de hablar de sí mismo. También de la película que sintetizaría sus ideas al respecto: La Vestición, que consistiría no en ir desnudando sino en ir vistiendo a una mujer, porque sólo vestida sería sexualmente accesible. Teníamos una diferencia insalvable: los pantys. Para él, eran la ruina del fetichismo. Para mí su natural culminación.

Por supuesto, hay referencias fetichistas en "La escopeta" –los frasquitos de vello púbico del Marqués o la estupenda Bárbara Rey, atada para ser azotada, cuando Saza abre una puerta, la ve y cierra diciéndole a Mónica Randall: "¡ostras... perversa!"-. Buñuel es más explícitamente fetichista que Berlanga, y de algunas películas sólo recordamos ciertas escenas de Silvia Pinal, Catherine Deneuve, Stéphane Audran o Ángela Molina. Sin embargo, la mejor película sobre el fetichismo como mecanismo básico, individual y solitario que hace posible el sexo y puede devorar la vida del sujeto sexuado es Tamaño Natural.

Cuando nos veíamos, de ciento a viento, me sorprendía que leyera mis columnas y recordase, aparte de la política en la que compartíamos animadversión a la izquierda real y una confianza desconfiada en el liberalismo y el anarcoliberalismo, cualquier referencia acerca del sexo y su representación, su carácter cultural y su régimen legal, objeto habitual de grandes polémicas en aquellos verdes años. Aunque era un tímido, una vez me dijo: "coincidimos tanto que me das miedo". Por supuesto, era un halago, no el temor al doble. No era fácil columbrar el interior de Berlanga pero bastaba lo que a la vista estaba. Me invitó a su casa a ver su filmoteca y hablar de Sade, Pierre Louis, Histoire d´O, los dibujos franceses de los años 30 y las revistas inglesas de los 70, pero nunca fui. Él quería que le escribiera una novela para la colección de literatura erótica "La sonrisa vertical", que dirigió muchos años en Tusquets y que, además de originales españoles de no escaso nivel tradujo a nuestro idioma todos los clásicos del erotismo y tuvo éxito durante bastantes años hasta que el interés por el género se extinguió. Es imposible competir en obscenidad con la televisión, supongo. Pero sucedía que en aquel entonces yo no quería escribir, ni siquiera novelas; y como era un tipo seductor a su manera ingenua y muy capaz de convencerme, no llegué a visitarlo. Ahora lo lamento, claro. Pero seguro que su hijo Jorge, gran tipo, cuidará sus libros eróticos; las películas porno están ya todas en Internet. Espero que haya pasado en la Red muy buenos últimos años.

Es muy cierto lo que cuenta Santiago Navajas en LD sobre las opiniones políticas de Berlanga, sobre su anticomunismo y su denuncia de la otra censura durante el franquismo, la "roja", que tras la dictadura es la única. Para ser "el último austrohúngaro", era excelente conocedor y acérrimo enemigo de todas las chekas modernas, políticas y culturales. No quiero comentar la esquela oral de Rubalcaba hablando de la "España sórdida" dizque retratada por Berlanga, pero muy a medias porque sobran muchas películas nada sórdidas y falta él. Al irse, aunque se quede, un hombre tan importante en la vida intelectual de España no apetece hablar de gente de saldo empeñada en saldarnos. Por eso he preferido evocar, entre tantos, esos aspectos suyos que seguramente recordarán pocos: la tímida ternura de Novio a la vista, la íntima soledad de Tamaño natural. Aunque en último extremo siempre es Berlanga el que, en lo que le salió bien y regular, personaliza hasta el extremo el cine, nunca al contrario. Como Buñuel, un exhibicionismo tímido lo hacía someter cualquier género a sus gustos, aunque a diferencia de mi genial paisano, sobre todo en ciertas piezas mejicanas y francesas, dominó siempre el oficio. En fin, todos nos vamos. La playa se ha quedado vacía. Los tórtolos, los gimnastas, los encelados, los mirones, los guardias y otros mil seres de paso se han ido hasta otro verano. Nos queda el consuelo de que Berlanga seguirá siempre filmando su ausencia.

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