El blog de Federico

Horrores indiscutibles y muy discutibles

Estamos a punto de alcanzar los 250 Horrores Monumentales y estimulado por las intervenciones de los lectores, a veces tan desternillantes que si el concurso, como ya nos piden, se convierte en libro, deberían figurar como antídoto del veneno estético, y otras veces críticas con lo que unos llaman horrores y que a ellos no se lo parece, voy echar mi cuarto a espadas. Creo que en general –digamos un 80%– la condición horrorosa está justificada por la mera exhibición del adefesio. Hay horrores más controvertidos, que a muchos les parecen estéticamente inocuos, defendibles o incluso preciosos. Y por último hay lectores con ganas de fastidiar o fieramente ideologizados que proclaman horror monumental lo que, si monumental, no es horroroso. O al menos a mí no me lo parece y a la mayor parte de los lectores que los comentan, tampoco. En cualquier caso, la opinión debe ser libre. Démosla.

Seguramente no es casualidad que el más horroroso de todos los horrores monumentales, el que encabeza el "Top Ten" del descacharre estético, se refiera a la guerra civil. Y el menos horroroso, a mi juicio, de los puestos en la picota, también. Justísimo es que se considere horroroso al que hasta ahora está siendo el más votado como adefesio tridimensional: el monumento a los represaliados de la guerra civil, posguerra incivil, maquis desmaquisado o lo que sea que estropea las vistas en una carretera de León. El monstruo es adecuado a su propósito: cultivar el odio cainita replantado políticamente que el falso leonés ZP ha dado en llamar memoria histórica. No tiene la monumentalidad espeluznante de la llamada patata atómica de Amorebieta, ni la estridencia ridícula de los Simpsons de Castelldefels, para mí candidatos indiscutibles al mayor horror monumental de España, pero entiendo que lo feo se una a lo desagradable y encabece la lista.


Monumental es el Valle de los Caídos y hasta monumentalísimo, pero horror, no. Naturalmente, entiendo que por razones políticas o religiosas pueda parecérselo a muchos. Ahora bien, basta visitarlo una vez para quedar impresionado. "Vive dios que me espanta esta grandeza", dijo el clásico ante un muerto célebre. Pues bien, aunque espante el propósito, el resultado estético del Valle de los Caídos es grandioso. Otro es el caso de otra cruz, la de Hellín en Albacete. Que no es un adefesio original, sino un original convertido en adefesio. Es la clásica cruz, severa y austera, cuando no directamente pobre, que homenajea a los Caídos en el bando nacional. Pero un Ayuntamiento aquejado de memoritis leve –grave es, por ejemplo, quitar la estatua de Franco en Madrid para halagar al Héroe de Paracuellos– le quitó la placa que lo identificaba y le añadió una iluminación de colorines más digna de un puticlub español o un cabaret tunecino que de un monumento funerario. Vuelva la placa, ilumínese austeramente de noche, lo justo para no estrellarse y queden los muertos en paz. Como estaban.



Me uno al rechazo de muchos lectores por colocar al ala-pivot de Vitoria entre los horrores monumentales, porque a mí también me gusta. Es discutible, faltaría más, pero no estéticamente indigno, cosa que no puede decirse de miles de monumentos modernosos de estas últimas décadas. Otro tanto me sucede con el monumento de Lucena, que si no entorpece la circulación en el cruce o la rotonda me parece bastante notable. También tengo debilidad, aunque las reconozca cutres, por esas estatuas realistas, a tamaño natural y a ras de suelo, como la del tío en una esquina de un banco o el piano de cola herrumbroso. Hace muchos años que no bebo, pero si lo hiciera, o los que lo hagan, seguro que hallarían compañía y consuelo en una noche alumbrada por el alcohol con semejante compañía. Qué charlas entrañables, que discursos en el vacío con el subrayado del herraje humano.

Horrenda sin paliativos es la Monstrua de Albacete que algunos lectores creen representación de María Antonia Iglesias y yo considero homenaje al mal gusto al modo de Botero, pero como si Botero fuera un homenaje al colesterol y no existiera la Adipesina. Horrendo con recochineo es el Escombro de Botorrita en la carretera de Fuendetodos, pueblo natal de Goya, genio monumental que por desgracia, ya no puede defenderse. Yo donaría el escombro a cualquier asociación romaní que trafique con hierros y si ni para eso servía, lo donaría a la sede del partido del munícipe que lo aprobó. Con obligación de verlo a la entrada durante diez años y un día.

La Pantera Rosa con calavera de macho cabrío, sita en San Andrés de Rabanedo (León), se sitúa, como el monigote de nieve, el osito verde y el tanque con margarita en el cañón, entro otros engendros madrileñoides, en una dimensión nueva, que es la de la estética de guardería. Creo que está justificadísima su presencia entre los diez peores horrores monumentales, pero dentro de un subgénero que podríamos llamar psicopatoestético que requiere tratamiento especial: psiquiátrico, estético y económico. Echo en falta, por cierto, que no se nos dé el precio cobrado por el creador del HM (Horror Monumental) y el político que lo pagó. Averígüese. Ah, gracias a Chávez ya tenemos sentencia para el delito de lesa estética: "Exprópiese".  

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