El blog de Federico

Bajo la nieve: aislados, pero no incomunicados

Cuando yo era niño, nevaba tanto como veo nevar ahora mismo, y aquella blanca y luminosa evidencia podía convertirse en civil parte de guerra:

– Estamos incomunicados – decía mi padre al llegar de la calle, sacudiéndose la nieve de la pelliza y acercando las manos al serrinero rusiente, como transparentando el fuego.

La algazara infantil era tremenda. Que la nieve nos alejara del mundo era –creo que para mí lo sigue siendo– la única lotería que en Teruel caía todos los años. Pero estar "incomunicados" no significaba siempre lo mismo. Por carretera, desde luego, pero además había dos posibilidades que convertían el problema de circulación (si es que puede llamarse así a encaramarse por una lenta y estrecha carretera hasta llegar a los pueblos de la Sierra) en una posibilidad de fiesta, sin escuela o, al menos, sin casi todo lo de siempre.

Casi. Había un segundo grado en la incomunicación, que era cuando se cortaba el teléfono. Por aquel entonces casi nadie tenía teléfono en casa, todo pasaba por la centralita del pueblo, que era la que comunicaba que estábamos incomunicados. Relativamente, porque la nieve sólo alcanzaba toda su importancia de benigno cataclismo si, además del teléfono, se iba la luz. No eran cortes que se iban produciendo según arreciaba la nevada, porque a veces se arreglaba la luz y se cortaba el teléfono o al revés. Como en casa no había teléfono y en aquellos tiempos los niños no lo utilizaban nunca, sólo nos afectaban los cortes de luz. Eso sí era estar incomunicados de verdad. Velas, palmatorias, candeleros, linternas, el calor translúcido del serrinero, y el fuego de leña en la chimenea de mi abuela, si no caía nieve, y en la cocina de mi madre, para las bolsas de agua caliente que, después de la sopa, nos llevábamos a la cama. Aunque, naturalmente, no dormíamos.

Lo malo de los cortes de luz era que no podíamos oír la radio, que, con el correo, nos unía al mundo. Pero no duraban más de un día o dos, y una vez reparados, entrábamos en la más feliz de las situaciones: con luz y radio, la carretera cerrada y el teléfono dándonos noticia de la quitanieves: que a lo mejor subía mañana, como mucho pasado, pero que había pueblos peor que nosotros. Por supuesto; nosotros estábamos incomunicados, pero muy bien.

– La comida no se acaba, ¿verdad?
– Se acaba la verdura y la fruta, pero mientras el panadero tenga harina y haya garbanzos en la tienda, con el jamón y el frito, hambre no pasaremos.
– ¡Bieeen! ¡Viva la nieve!
– ¡Viva! ¡Viva!

Por un momento ha dejado de nevar. Lo de ayer, novelesco y biográfico, es hoy metáfora de lo que nos pasa. Voy a enviar esta anotación a Libertad Digital, antes de que se corte el teléfono, para constatar que lo de estar incomunicados ni era verdad del todo entonces ni es realmente cierto ahora. Aislados, sí, casi diría jubilosamente aislados. De incomunicados, nada.

Vuelve a nevar.

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