El blog de Federico

Ayanta Barilli y la muñeca que viajó al Teatro

Ayanta Barilli no es sólo una persona maravillosa con la que trabajo desde hace años y que los seguidores de Libertad Digital y esRadio conocen todo lo que se puede conocer a una persona. Pero detrás de esa persona, de la profesional incansable, trabajadora hasta la extenuación y perfeccionista hasta lo inhumano, Ayanta es también un personaje: el de una gran persona empeñada en quitarse importancia. Tal vez por eso lo suyo sea lo del bolero: puro teatro. Teatro, sí, ese invento patentado, que no inventado, por los griegos y cuyo fin íntima y contradictoriamente humano es elevar lo abatido y abatir lo elevado, agavillar lo disperso y dispersar lo unido, subir el telón para que caiga todas las noches. Toda la vida. Todas las vidas.

Hasta las víctimas de la LOGSE saben que en griego Persona es Máscara, y que de esa máscara griega primigenia sale la civilización de las personas, la nuestra. Tal vez por eso, acercarse a la raíz del teatro, no de la tragedia griega al modo nietzscheano sino de la representación primitiva, desnuda, del ser humano que se pone frente a otro y del otro que acude al envite, produce en nuestro almario un oscuro temblor que viene de lejos, demasiado rápido, demasiado profundo, agridulce cuando no amargo, porque lo agradable casi nunca es verdadero; y porque la verdad conforta poco. Tal vez el teatro es defenderse de la verdad, sin ocultarla. Y esa es su razón de ser, su gracia y su misterio: una forma desencajada de humanidad.

Con Kafka y la muñeca viajera, Ayanta Barilli, esa persona subida a los hombros de su personaje, se estrena como directora, aunque como ayudante de dirección haya participado ya en algunos de los grandes éxitos teatrales de estos últimos años. Pero no es lo mismo ser parte de la dirección que dirigir. Y no hay forma de hacerlo del todo si el guión no es o lo haces tuyo. Por eso ha partido de una novela corta de Jordi Sierra i Fabra, Kafka y la muñeca viajera pero la ha reescrito en "teatrés", es decir, como guión para el escenario, sin incurrir en las habituales e innecesarias concesiones palabreras a un género distinto y a veces opuesto al de las tablas. No se trata de reescribir la obra sino reinventarla para que su sentido pueda vaciarse en otro género, otro balcón, otro punto de vista. Así que la flamante directora –que no ha podido ponérselo a sí misma más difícil– ha reescrito su guión, para que una preciosa historia corta, mejor un cuento largo, pueda subir –y sobrevivir– a las tablas.

En el escenario, los medios que utiliza Barilli son de una sencillez casi exhibicionista: luz, sonido, algunos –pocos– preciosos juguetes visuales inspirados en el guiñol y cuatro actores, de los que sólo uno es adulto: Luis G. Gámez, que yo no conocía y que está soberbio en el papel de un Kafka nada kafkiano, al que sólo le falta el cazamariposas para escaparse a Tintín con el Profesor Tornasol. Álvaro Sánchez Gijón es un joven que sale sólo al final para decirnos que la obra ha terminado, pero antes hace un trabajo formidable con esas figuras guiñolescas que permiten dar la vuelta al mundo en un cambio de luz. Mario Prennushi es un violinista estatua, un aparente recurso musical que funciona como pieza escénica clave; y borda el trabajo más difícil: el de anillo donde se engastan y lucen las piedras preciosas. Y, en fin, está Caterina Mengs, diez años, la niña que pierde su muñeca y que hará perder el corazón a todos los que la vean.

La historia es maravillosa y casi real: un señor mayor, pintoresco y amable, se encuentra en el parque a una niña llorando porque su muñeca ha desparecido. Y la única forma de consolarla que se le ocurre es decirle que su muñeca sólo ha salido de viaje, pero que él es cartero de muñecas y le traerá cada día una carta en la que le cuente lo que va viendo. La niña se  maravilla y se consuela con las aventuras de su muñeca que cada día le cuenta el cartero y al final... no lo contaré. Baste decir que es un teatro de niños también para mayores o teatro adulto para todas las edades. Porque el argumento de fondo es la maduración a través de la verdad, no desnuda, sino vestida como una muñeca, con amor y esa forma de compasión que es el humor. Todo en esta obra es tan inteligente, tan delicado y tan, en el mejor sentido de la palabra, bueno, que uno sale del Teatro Lara con una sonrisa de mañana de domingo, con esa luz en la que todas las penas tienen remedio. Salvo la de vivir, claro, que es oficio de pena y de sonrisa. Ayanta Barilli nos presenta el teatro de la vida en sus primeros pasos. Y estoy seguro de que hay algo más, mucho más, pero todavía no sé qué es. Tendré que volver a verla.

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