Atlética Legión

¡Que empiece la fiesta!

El Atlético ha vuelto del infiernillo de Estambul con Griezmann convertido en el agente 007 y con la reputación del Cholo tan firme como siempre después del aluvión de mala baba que, a raíz del tropiezo frente al Barça, excretó a sus expensas la jauría merengue. Griezmann -un pequeño gran hombre que se agiganta, día a día, ejerciendo de estrella- ha logrado que el míster, tan inflexible normalmente asignando papeles, le haya concedido el raro privilegio de moverse a su antojo en el ataque colchonero. Licencia para matar, se llama el privilegio. Para matar cualquier partido, en especial los que se espesan, arrancando hacia el gol desde dónde mejor le pete.

Y Simeone, por su parte, ha puesto en evidencia a cuantos han querido, ya en el minuto cero, sembrar cizaña, dudas, recelos y sospechas sobre el futuro de un equipo que puede aspirar a todo y puede cubrir la apuesta. Un conjunto difícil, un estadio difícil, una afición difícil. Así quintaesenció Cerezo, conceptista y prudente, la extensa singladura del Galatasaray sobre las encrespadas aguas de las competiciones europeas.

Un conjunto difícil que el mosquetero galo desarboló de una estocada de alta escuela para, acto seguido, dejarle sin aliento remachando un balón que llovía del cielo. Un estadio difícil que el Cholo Simeone, ése que, según dicen, ha agotado su ingenio, alcanzó a descifrar a la primera. Un público difícil que, en lugar de encresparse, se resignó, arrió velas y brindó a sus rivales el homenaje del silencio.

Pero si Griezmann fue el jugador determinante de una noche que alumbra los retos venideros, lo mejor del Atleti, el martes, fue el Atleti. El plus de intensidad que Simeone exige a un grupo que no sabe de titulares y suplentes, a veces se traduce en una experiencia agónica y otras es la clave que echa rodar la fiesta. El martes, junto al Bósforo, el fútbol del Atleti era, sobre efectivo, alegre.

Que no decaiga, pues, y ustedes que lo vean. En el supuesto, claro, de que nos dejen verlo.

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