La sharia de Carmen Calvo

Zoé Valdés

Durante las fiestas del Orgullo Gay en Madrid, se han visto fotos, sobre todo distribuidas en las redes sociales, de supuestos homosexuales completamente desnudos de la manera más desfachatada que se pueda ver, inclusive señalaré una foto en particular de uno con la bandera gay encajada entre las nalgas, y la de otro follándose (los cubanos decimos singándose) a la escultura del oso madrileño, frente a las absortas y hasta temerosas miradas de niños y adolescentes. ¿Es eso el Orgullo Gay? De ninguna manera para mí, ni para mis amigos homosexuales tampoco.

¿Ha tomado medidas el Gobierno socialista de Pedro Sánchez en contra de estos actos de perturbados (sólo un perturbado puede hacer semejante estupidez en plena calle y en plena hora diurna), ha manifestado alguna queja Manuela Carmena? No, todo lo contrario, han alentado a que estos actos depravados innecesarios que no representan más que la más puerca de las faltas de respeto a la libertad sexual suceda y siga sucediendo de forma irrefrenable.

Y ahora que hablo de libertad sexual, por otro lado, cosa curiosa, en su ya notoria guerra en contra de la masculinidad y del hombre, el Gobierno socialista de Pedro Sánchez (no votado por nadie) se atreve a inmiscuirse en la vida privada de los ciudadanos promoviendo una ley acerca de lo explícito o no en las relaciones sexuales entre hombres y mujeres. Por cierto, lo otro, lo del exhibicionismo pederasta, no sólo es una nefasta provocación y metimiento en la vida corriente ciudadana, además es una ofensa y un abuso a la infancia, lo que poco ha importado a la Unicef, entre otros organismos que se supone deben combatir estos abusos. Pero a este gente lo que le va es la represión por un lado de las libertades fundamentales sexuales y por el otro la imposición de lo más retorcido del libertinaje, no ya y tan solo relacionado con los adultos, sino además con los niños.

Ahí tenemos también las historias de algunos de los cercanos a Hillary Clinton, para poner un ejemplo bastante conocido, Tony Podesta, el hermano de John Podesta, por otro lado el marido de Huma Abedin, Anthony Weiner, al que le descubrieron fotografías casi desnudo, en calzoncillos, con el sexo enhiesto al lado de su bebé, que enviaba a una adolescente, y los muchos escándalos de Bill Clinton, con una joven becaria, putas y demás; aunque la prensa de izquierdas haya querido ocultarlo y hasta disculparlo.

La sharia de Carmen Calvo, porque es de lo que se trata, de una sharia en contra de los hombres y también una manipulación psicológica de las mujeres, es inadmisible. Ningún Gobierno tiene el derecho de parametrar el deseo sexual, ni de pautar las exigencias, evidencias, palabras o silencios, entre un hombre y una mujer a la hora de hacer lo que tengan que hacer. Forma parte de la vida privada de los ciudadanos. De otra parte, una mujer está en su derecho de decidir lo que ella ansíe, que incluso puede estar enterrado en lo más hondo de sí misma y en sus mutismos: lo establecido con el consentimiento de su cuerpo, del que es dueña y señora. Ningún Gobierno ni ninguna religión debieran arrogarse el derecho de manejar a su antojo esos códigos personales, profundamente individuales, de libertad sexual.

Sin embargo, lo que sí puede hacer un Gobierno es acabar con tanta desfachatez y asquerosidad pederasta. Lo que sí puede hacer un Gobierno es detener espectáculos que nada tienen que ver con la libertad individual y sí mucho con los tratamientos depravados y abusivos comunistas y fascistas con los que se manipuló a los niños y a los jóvenes en la Unión Soviética, en Cuba (es mi experiencia), en la Alemania nazi y comunista, entre otros países tan comunistas como fascistas.

El sexo es libertad y deseo, para nada manipulación e intriga. El odio que con esta ley de esta señora socialista, que ya trae historias ella misma, anima a ensuciar los actos de libertad del ser humano, tanto del hombre como de la mujer, no debe ser admitido ahora ni nunca, lleve la máscara que lleve. En los países musulmanes se llama sharia, ¿cómo lo llamaríamos en España, en pleno siglo XXI?

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