Crónica de una venganza anunciada

Zoé Valdés

Nadie tiene el derecho de quitarle la vida a nadie. Nadie. Y mucho menos con alevosía preparada. Tres disparos a Isabel Carrasco, política del PP, acabaron con su vida. Hace ocho meses Carrasco había nombrado a un guardia jurado en su despacho tal como se lee en este artículo. ¿Sospechaba la propia Carrasco que su vida corría peligro? Todo indica que sí.

Las dos mujeres que han sido detenidas confesaron (al menos una de ellas lo hizo), confesaron repito que desde hacía dos años preparaban el asesinato. ¿Por qué entonces nadie previno la tragedia? ¿Por qué no se evitó? Pues porque la vida es así. Lo que no es una respuesta que consolará a nadie, y mucho menos a los familiares; desde luego, tampoco revivirá a la victima.

Algo se ha dicho del carácter de la asesinada, de sus malas pulgas, de su arrogancia. Incluso hay quienes se han alegrado del suceso añadiendo que se lo tenía merecido. Reitero: nadie tiene el derecho de quitarle la vida a nadie. Referirse de tal modo a un ser humano que ya no puede responder ni defenderse no es sólo bajo, además puede ser inculpado por la justicia.

Que sucedió en España, como suceden tantas cosas raras en España. Es cierto, hay lugares donde acontecen cosas más raras que en otros sitios. Que la política y el estado del país han puesto de su parte en este crimen. Ahí es en lo único en lo que puedo estar de acuerdo. España vive momentos tensos bajo la crisis económica, como cualquier otro país. Pero España es trágica, demasiado.

Vivimos además en un mundo donde asesinar a un ser humano se ha convertido en algo tan banal que ya hasta los criminales pueden agendar con dos años de anticipación la fecha, el lugar y la hora. Saben que serán condenados, pero tras cuatro años de encarcelamiento estarán otra vez en la calle, vivitos y coleando.

En cuanto a Isabel Carrasco, a quien yo no conocía, me importa poco si era esto o lo otro: la mataron a sangre fría. No lo merecía. Nadie tiene el derecho de quitarle la vida a nadie, repito. Porque nadie merece morir a manos de nadie. Salvo algunos, claro. Pero a esos algunos pocos tienen el coraje de asesinarlos.

Yo condenaría a estas dos mujeres a los años de cárcel que sean necesarios y justos, pero además las enviaría en un comando a matar al gordo obeso que maneja a su antojo Corea del Norte o a los dos Viejos Pánicos que mandan en Cuba. A ver si ahí tendrían ovarios para hacerlo.

Que nadie me venga con que estaban obstinadas con el mal carácter de Carrasco, o con cualquier tipo de justificación. Son dos tremendas asesinas y punto. Y dos tremendas cobardes, además.

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