Cenizas y bendiciones

Zoé Valdés

¿El Vaticano y el papa Francisco se habrán vuelto locos, o por el contrario la cuota de cinismo supera su insensatez? El caso es que los representantes de la iglesia católica han anunciado la prohibición de que las cenizas de los muertos sean esparcidas donde se quiera, y tampoco deberán ser guardadas de ninguna manera en las casas de los familiares de los fallecidos.

Yo me pregunto, ¿con qué derecho se levantan ahora con esta insólita interdicción? Sobre todo en el mundo actual en el que vivimos, en que no sólo los muertos pertenecen a ellos mismos y a sus deseos bien expuestos y discutidos con sus parientes y abogados antes de morir, sino que millones de personas han tenido que verse desplazadas de sus lugares de origen, de sus países.

A mi madre, fallecida en París, y que sin embargo posee un nicho sepulcral en el cementerio de Santa Clara, en Cuba, la tuve que enterrar en el cementerio de Père Lachaise, y no la cremé porque ella me pidió encarecidamente que la enterrara, de lo contrario sus cenizas hubieran estado conmigo, en mi casa, esperando a que yo tuviese la posibilidad de regresar a Cuba, que eso será en un futuro tal vez muy remoto, si es que llega a ocurrir.

Conozco a decenas de cubanos que durante estos 57 años de tiranía han debido guardar en sus moradas las cenizas de sus padres, de sus tíos, de sus abuelos, de sus hijos, de sus esposos, o las han lanzado al mar, o por una montaña, o las han diseminado por diferentes partes del mundo.

Un fotógrafo cubano me contó que cuando su mejor amigo le rogó antes de morir que repartiera sus cenizas por el mundo, pues a él lo que le gustaba era viajar y su sueño era haber vivido en diferentes ciudades del planeta, él se volvió como loco. No tenía idea de cómo cumpliría el sueño de su amigo, pero al tiempo lo logró. Colocó pequeñas dosis de las cenizas en los antiguos tubitos que protegían las películas Kodak, y cada vez que daba un viaje se llevaba un montoncito de cenizas dentro de uno o dos de aquellos frascos plásticos con la intención de esparcirlas allí donde fuere. En cada aeropuerto su amigo, o sea sus cenizas, fueron olisqueadas y saboreadas por las narices y encías de los policías de aduanas que se empeñaban en verificar si aquel polvo era cocaína o, como afirmaba el fotógrafo, un exótico condimento hindú.

Hará unos quince años, otra amiga, una actriz cubana, me pidió que la acompañara a echar un resto de las cenizas de su madre en el kilómetro cero de París, señalado en el atrio frente a la catedral de Notre Dame.

Pero no han sido solamente los cubanos los desplazados o exiliados. Millones de personas en el mundo emigran, se exilian y cargan durante media vida con las cenizas de sus difuntos, pues para nadie es un secreto que los espacios no sobran en los cementerios del mundo.

Sin ir más lejos, cuando debí enterrar a mi madre en el 2001 me costó un enorme esfuerzo encontrar terreno en el ya mencionado cementerio parisiense, pero más me costó comprar la tumba. Me consuelo diciéndome que no sólo le di un apartamento en vida, también le pude brindar un ataúd y una tumba decente. Pero no todos pueden darse semejante lujo, que no debiera serlo.

¿En qué está pensando entonces la iglesia vaticana cuando se dedica a prohibir, y a dirigir lo que uno tendría que hacer con sus familiares fallecidos? Pero, no contentos, la cosa pica y se extiende…

Entre otras de las sorpresas de la semana con las que nos han dejado perplejos el Vaticano y el papa Francisco, tenemos la bendición pública al criminal Nicolás Maduro, sabiendo como se sabe que, al igual que en Cuba, lo que hay en Venezuela es nazismo puro. Juzguen ustedes por estas imágenes.

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