Arrancar al Che de cuajo

Zoé Valdés

Empiezo a ver un documental sobre Cuba y entre las imágenes icónicas de La Habana vuelven a repetir la estampa agigantada del Che Guevara incrustada en la fachada de un edificio que da a la Plaza Cívica (no de la Revolución). Esa imagen silueteada, creo que en metal, del argentino criminal siempre me ha molestado bastante. Tanto, que ahí mismo dejé de ver el documental.

Lo primero que los cubanos debiéramos hacer cuando Cuba sea libre es arrancar de cuajo esa carcasa de la fachada de ese edificio y dejarlo en su pura y auténtica arquitectura.

En caso de que por razones simbólicas se quiera reemplazar al asesino, "verdadera máquina de matar", según sus propias palabras, que fue el Che Guevara, por otra efigie de algún heroico cubano o alguna heroica cubana, el pueblo de Cuba debería entonces participar en una votación para elegir libremente la apariencia que se convertiría de inmediato en ícono de libertad y no de opresión, de vida y no de muerte.

A excepción de José Martí, que ya se encuentra representado en la Plaza misma, debiéramos pensar en alguna otra figura histórica, o contemporánea de la lucha cubana contra el castro-comunismo. Por favor, que sea alguien verdaderamente auténtico y cuya vida y muerte hayan significado de manera honrosa la libertad de Cuba: Boitel, Chanes de Armas, Peñalver, Zapata Tamayo, Boitel, Pollán, Payá, Cepero, en fin, hay dónde elegir, por desgracia.

Pero recuerden bien, lo primero sería arrancar de un tirón esa espantosa plasta de la fachada de ese edificio. La de veces que he ido yo a Buenos Aires y nunca he visto la jeta del Che Guevara con su apestosa boina en la fachada de ningún edificio emblemático. Si los argentinos no lo reconocen, ¿por qué tendríamos que reconocerlo sus víctimas, los cubanos?

No somos argentinos, somos cubanos, y ningún argentino asesino de cubanos debe estar representado en la más mínima parcela de tierra de nuestro país. Lo segundo sería ir a derribar la infame estatua que le erigieron en Santa Clara. Fundirla y hacerle una escultura el doble de grande a

Marta Abreu, la gran dama cubana santaclareña que tanto ayudó desde su exilio parisino y con su dinero a las víctimas de la nefasta Reconcentración de Valeriano Weyler.

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