Mártov, el agit-prop y los titiriflautas

Tomás Cuesta

El día en el que el camarada Yuli Mártov se atrevió a denunciar que la Revolución de Octubre no era una epifanía redentora sino un golpe de estado de la cruz a la fecha, el camarada Trotski, su valedor in illo tempore, le colgó el sambenito de enemigo del pueblo y "puesto que tú eres tibio, ni frío, ni caliente", escupió de su boca al renegado y vomitó, acto seguido, la sentencia: "¡Idos a dónde os corresponde: al basurero de la Historia, al albañal de las tinieblas!". Poco importó que, antaño, el líder menchevique -un judío errabundo que malvivió a contracorriente de las razias del zar y los pogromos de Odessa- hubiese sido el hombre que enseñó al joven Lenin a mezclar, según arte, metralla y sutileza. El que, amén de ser cómplice, ejerció de maestro; el que pulió su estilo, lijó sus asperezas, y le llevó del brazo a los altares de la "intelligentsia".

Pero Mártov, ensimismado en el papel de fidelísimo escudero, hizo algo más que darle alas a la pluma impasible que firmó su sentencia, le dio, también, los planos, la patente y el manual de empleo de una herramienta tan perfecta que el paso de los siglos ha cambiado los medios sin acotar los fines ni retocar el método. Cuando Vladimir Ilich se personó en San Petersburgo con la ambición en puntas y el narcisismo cachicuerno, el camarada Mártov acaba de urdir un osado panfleto intitulado "Ob aguitatsii" ("Sobre la agitación") en el que sostenía que esa amalgama que -a la larga, ahorrando saliva y tiempo- alumbró el "agit-prop", aunaba dos conceptos que, aun compartiendo el alma, distan de ser idénticos.

La propaganda, dice, es una lluvia fina, un sigiloso lagrimeo que, a la chita callando, nos empapa hasta el tuétano. El calabobos doctrinario esponja el sembradío, se infiltra en los adentros, formatea las mentes, ahorma las conciencias, abre de par en par las compuertas del odio, despabila el rencor, nutre el resentimiento. Los inocentes de costumbre, los culpables de siempre, los gritos de rigor, el mutismo blandengue. La propaganda, pues, sería -Mártov dixit- una especie de delta, un fluido bostezo, una acumulación de sedimentos, un lodazal intransitable.

La agitación, por contra, es torrencial, desmelenada, teatral, vociferante. Rayos, centellas, truenos, pedrisco, vendavales. Lo que era lluvia fina es un chapazo sin modales. Mártov, no obstante, considera que la "mise-en-scène" de los profesionales de la agitación es menos enjundiosa que el desencadenante. Si la propaganda, en general, es un goteo de consignas que, sobre pecar de abstrusas, fondean en lo abstracto, la agitación no sale a flote sin un drama y un mártir.

El camarada Mártov, por ilustrar a Lenin, se sacó del caletre a un obrero mancado por su máquina y éste se sumó al duelo con un mohín furtivo en el que se avizoraba el asco. Con la tragedia de los titiriteros sepultados en las mazmorras inclementes de la casta se habría deshecho en lágrimas. ¿De risa? Naturaca.

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