La pulga de Albert Rivera

Tomás Cuesta

De la misma manera que, hace ya más de un siglo, el tema recurrente del charlamentarismo madrileño era encontrar la pulga que atormentaba a La Chelito hasta dejarla sin corsé, sin refajo y sin medias, lo que priva ahora mismo es buscarle las vueltas a la entretela ideológica del candidato Albert Rivera y averiguar dónde le pica y de qué pinrel cojea. ¿Qué es Albert Rivera, en realidad, qué oculta en su trastienda el paladín de los sondeos? ¿Estamos ante el hombre que redimirá a los huérfanos de una derecha apoltronada, ensoberbecida y huera? ¿No será un líder fáustico que, a fin de tocar poder, accede a vender su alma a los feriantes de la izquierda? Al afrontar esa pregunta -que es la pregunta del millón para millones de votantes que están en el alero- el timonel de Ciudadanos pone rumbo al suspense. Insiste en que su apuesta no es ni roja ni azul, ni zocata ni diestra. Y proclama, de nuevo, que su único objetivo es vertebrar el centro-centro (o sea, el mero mero que dirían en México) como un espacio libre de apriorismos y etiquetas. Lo cual que Albert Rivera, metido a posar de omnívoro, anfibio y ambivalente, prefiere blindar la incognita y amartillar el titubeo. ¿Socialdemócrata? Depende. ¿Liberal? Si conviene.

Puestas así las cosas, quizá también convenga recordarle al amnésico que, desde que la Modernidad echó por tierra las estructuras del Antiguo Régimen, lo que define a la política es la pugna continua, sin cuartel y sin tregua, entre conceptos y valores, si no irreconciliables, contrapuestos. Es obvio que hay ideas que, con el correr del tiempo, han mudado de bando y de chaqueta. El librecambismo, tomémoslo de ejemplo, militaba en las filas de los abanderados del progreso cuando la sociedad industrial comenzó a coger vuelo y ha pasado a ser hoy el máximo exponente de la voracidad reaccionaria de los escualos financieros. Pero no es menos cierto que, siendo muy posible que al cambiarse las tornas se cambien los papeles, no es posible que alguien, por ubicuo que sea, se sitúe a la vez en la derecha y en la izquierda. De ahí que el suculento apólogo de Alain, cocinado en los turbios años treinta, todavía se preste al paladeo. "Cuando se me plantea la cuestión -dice el filósofo francés en uno de sus célebres billetes- de si aún tiene sentido establecer una frontera entre la izquierda y la derecha, el primer pensamiento que se me viene a la cabeza es que mi interlocutor, sin duda, es de derechas".

Aplicándole el cuento al candidato Albert Rivera, no es de extrañar que la parroquia del PP no haga caso de aquellos que, empecinados en embarrar el campo y pervertir el juego, hermanan su discurso con los dislates de Podemos. Él, mientras tanto, va a lo suyo y tras desorejar (o tras descoletar, lo que mejor les pruebe) a un Pablo Iglesias encogido, burriciego y pastueño, quiere brindarle al respetable la corrida completa e incluso, sin la venia, despachar al sobrero. Y es que, a la postre, lo importante, lo que terminará de ventilarse en los comicios venideros, no es sólo averiguar dónde le pica la pulga a Albert Rivera, sino saber si se acabó lo que se daba porque muchos se nieguen a repicar en lo de siempre.              

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