El concejal Zapata y la limpieza ética

Tomás Cuesta

La señora Carmena, que está determinada a adecentar Madrid instruyendo a los jóvenes en la ética de la limpieza, tiene hoy una oportunidad pintiparada de predicar con el ejemplo dándole un escobazo a un siniestro sujeto que ensucia al consistorio con su sola presencia. Determine lo que determine el juez Pedraz, sea cual sea la vara de medir que use su señoría al valorar los hechos, el concejal Zapata depondrá ante la Audiencia como imputado de un delito que -más allá del precio en moneda penal que establezcan las leyes- debería costarle, cuando menos, el puesto. ¿Acaso no está escrito en los evangelios de Podemos que para caerse del sitial basta caer bajo sospecha? ¿Quién dijo, sino ellos, que la responsabilidad política ni daría cuartel ni haría prisioneros?

Mentían, obviamente, y continuarán mintiendo siempre que los que azuzan a la jauría del rencor amañen la balanza y trampeen las cuentas. Al cabo, el tal Zapata, si tuviese talento, podría guarecerse en la jaculatoria que Céline cinceló in illo tempore a fin de escurrir el bulto y salvar el pellejo: "Todos son culpables. Todos, excepto yo". Céline, como es sabido, fue un repugnante antisemita, un verdadero especialista en humillar a sus congéneres, una piltrafa humana, un despojo, un desecho. Y que fuera, también, un novelista inabarcable, un mago del lenguaje, un auténtico genio, ni absuelve sus pecados ni liquida sus deudas. Voilà la différence!

No obstante, es improbable que esa ética de la limpieza que propugna Carmena alcance a transformarse, en el plano moral, en un imperativo de limpieza ética. Los actuales inquilinos del mastodonte de Cibeles barren siempre hacia dentro y si levantan las alfombras de Gallardón y de Botella es para esconder la roña propia so capa de emplearse en airear la ajena. De ahí que la alcaldesa -que, Rita Maestre dixit, reflexiona en voz alta y disparata a voz en cuello- haya hecho, en éste caso, un voto de silencio, un mutis por el Foro sobre la imputación formal de Guillermo el Travieso.

Y es que el pobre Zapata, alega en su descargo la reverenda ex jueza, es un rebelde confundido por el tartamudeo insomne de la comunicación en redes, un jovenzuelo airado, tal vez un gamberrete. Y si ennegreció su humor con el humo de Auschwitz, si mancilló con risotadas el santuario de la muerte, si reabrió con agudezas la herida que no cesa, no lo hizo por maldad, sino por falta de criterio. Eso mismo, a la postre, la falta de criterio, es lo que llevó a la fiscalía a instar al juez Pedraz a que se repasase el Código con mayores cautelas y a levantar, de nuevo, el cierre que bajara a destiempo.

Hoy es el día, pues, en el que se pondrá de manifiesto si la justicia es ciega o, tal cual parece, tuerta. El día en que Carmena -se admiten las apuestas- si echa mano a la escoba será para alzar el vuelo. Al cabo, allí, en las nubes, es donde la alcaldesa encuentra la deslumbrante inspiración que caracteriza a sus recetas. En las nubes no hay tráfico, ni basuras, ni deudas… Por no haber, ni tan siquiera hay concejales que entorpezcan sus devaneos filosóficos con la limpieza y con la ética.

¿Zapata, dice usted, el concejal Zapata, el célebre tuitero? ¡Uy, es verdad, qué cabeza la mía, se me había ido, con perdón, el santo al cielo! Un pillastre, en efecto, al que meteré en vereda. Ya tuvo que quedarse sin Cultura y en adelante se quedará sin madalenas.                

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