Una defensa liberal de la monarquía

Santiago Navajas

Escribía José María Albert de Paco en este mismo medio que

cualquier individuo que no sea demasiado estúpido o demasiado vanidoso sabe que la monarquía es moralmente indefendible.

Parafraseo a Shakespeare: "Hay más justificaciones en el cielo y en la tierra, José María, de las que sospecha tu moral". Así que permítaseme que defienda, a lo Walter Block, lo indefendible.

En un primer momento de reflexión racional parecería que la monarquía no es un sistema lógico. ¿Por qué el jefe del Estado debería serlo por herencia? A menos que se crea en una justificación divina del poder, o en una desigualdad de sangre entre los individuos, no habría motivo justificado para privilegiar a los miembros de una familia en lugar de someter la cuestión al escrutinio de las urnas o, incluso, al azar objetivo y neutral de un sorteo. Así que si tuviéramos que diseñar un contrato social desde una posición originaria la república sería el sistema por el que se decantaría lo racional.

Pero lo racional es más estrecho y limitado que lo razonable. Porque hay más variables en la realidad de lo que la mera razón a veces consigue imaginar. Si la razón no quiere ser un filtro dogmático y estreñido, estúpida en su vanidad lógica, debe ser hamletiana y reconocer la duda de que acaso sus criterios no sean tan objetivos y neutrales como ella cree y pretende.

Un indicio de que hay algo que se le escapa a la razón republicana en su desprecio moral por la monarquía reside en el top ten del Índice Democracia elaborado por The Economist, en el que 7 países tienen como sistema político la monarquía constitucional (Noruega, Suecia, Dinamarca, Nueva Zelanda, Australia, Canadá y Países Bajos), frente a 3 que disfrutan de una república constitucional (Islandia, Suiza y Finlandia). En el conjunto de los 25 países que la revista británica destaca como "democracias plenas" la situación resulta un poco más equilibrada, con 13 repúblicas frente a 12 monarquías (entre las que se incluye, por cierto, España, para decepción de los apocalípticos patrios).

Y lo mismo sucede cuando tenemos en cuenta los países con mayor renta per cápita según el FMI o el Índice de Percepción de la Corrupción 2013 de Transparency International. En todos los ránkings político-económicos la monarquía constitucional resulta ser tan buena o mejor que las repúblicas constitucionales como modelo democrático-liberal.

Por supuesto que monarquías absolutas como Arabia Saudita o Baréin pueden ser tan obscenas como repúblicas populares al estilo de las de Cuba y Corea del Norte. Pero esto no hace sino mostrar que la cuestión no es monarquía o república, sino sistema constitucional o modelos absolutistas o democrático-populares al estilo del de la extinta República Democrática Alemana (RDA), que funcionan de facto como dictaduras socialistas.

Resultan ser jacobinos, estreñidos de la razón, los dogmáticos de la república cuando satanizan el régimen monárquico. ¿Qué es lo que hizo que Australia, Nueva Zelanda y Canadá prefiriesen seguir bajo el yugo de la corona inglesa cuando finalmente se independizaron de la metrópoli? O, ya puestos en plan brutal políticamente incorrecto, ¿qué llevó a Franco a ungir como heredero al entonces príncipe Juan Carlos? Tanto los anglosajones como el gallego seguramente pensaron en dos elementos que proporciona el sistema monárquico y que resultan en un enriquecimiento de cualquier sistema político –para lo que nos interesa, el constitucional.

La monarquía tiene, sobre todo, dos ventajas institucionales respecto de las repúblicas. En primer lugar, un valor ritual-simbólico que tratan de imitar en cuanto a boato y ceremonia las repúblicas, que dotan a sus jefes de Estado de la épica y la poesía que los monarcas obtienen de la tradición. De ahí la parafernalia que rodea al presidente de los EEUU o la histriónica grandeur que adoptan los presidentes de la república francesa.

Por otro lado, las monarquías constitucionales equilibran con su visión de largo plazo el cortoplacismo habitual de las políticas partidistas. La neutralidad de la monarquía, asentada en el amplio lapso temporal de su visión política, a salvo de las marejadillas coyunturales, sirve de estabilizador automático frente a las crispaciones habituales en el día a día de la contienda mediática. La monarquía postfranquista ha sabido ejercer un liderazgo débil, salvo durante el muy necesario liderazgo fuerte que llevó a cabo el rey Juan Carlos durante el golpe de Estado del 81, para desarrollar instituciones fuertes, justo lo que diferencia a los sistemas avanzados de los caudillismos trasnochados, basados en liderazgos fuertes e instituciones débiles.

La monarquía parlamentaria, por tanto, es un régimen que puede ser tan favorable a la res pública como el mejor sistema republicano. No sólo son moralmente defendibles, sino política y económicamente homologables a los países en los que el jefe del Estado es elegido cada cierto tiempo. De hecho, tendría mayor sentido, dentro de lo absurdo, propugnar para países históricamente monárquicos como Francia e Italia el establecimiento de monarquías constitucionales en lugar de las muy mal diseñadas repúblicas que padecen, con bicefalias imposibles entre el presidente y el jefe del Ejecutivo, como en el caso francés, o con presidentes incendiarios tipo Francesco Cossiga en el caos político italiano.

En definitiva, sustituyamos a Juan Carlos I el Campechano, como dice José María Albert de Paco, por Felipe VI el Preparado, y en el horizonte Leonor I. Parafraseo a mi manera a Janet Malcolm:

Todo rey que no sea lo bastante estúpido o engreído como para no ver lo que tiene delante de las narices sabe que lo que hace sólo es sostenible por la ejemplaridad. Su trabajo consiste en apoyarse en la esperanza, la buena fe o la simpatía de la gente para ganarse su confianza y, acto seguido, darles buenas razones para elegirlo si fuera necesario.

Ha llegado el momento de votar por el Rey de España.

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