Un rey con las manos sucias

Santiago Navajas

Decía Maquiavelo que más le valía a un responsable político ser temido que ser amado. El rey Juan Carlos ha demostrado que esto no es cierto en las políticas democráticas y en los sistemas constitucionales contemporáneos en los que el plebiscito popular diario es fundamental, en los que la legitimidad proviene de la aquiescencia sentimental con unos valores que van más allá de la roma utilidad y el chato pragmatismo.

¿Monarquía o república? Podríamos suponer que, como decía Felipe González siguiendo a Deng Xiao Ping, tanto da mientras cacen ratones. Y de hecho es cierto que entre los 25 países que lideran el Índice de democracia elaborado por The Economist, el balance está equilibrado entre monarquías (12) y repúblicas (13). Aunque también es cierto que en el top ten hay 7 monarquías por sólo tres repúblicas. Es mejor ser monarquía parlamentaria que república popular: Noruega que Venezuela, Japón que China, Australia que Sudáfrica. No es mala cosa recordar esta trivialidad cuando los manifiestamente republicanos en España son más favorables a la república popular y socialista de Corea del Norte que a la neoliberal y capitalista Corea del Sur.

Uno de los clichés de nuestra reinstauración democrática es que la gente es más "juancarlista" que monárquica. No es cierto. Lo que sucede es que el rey Juan Carlos ha encarnado la institución monárquica como ningún otro lo ha hecho en España desde Fernando el Católico y Carlos III. Con una mano saludaba al pueblo, con la otra negociaba con los mercaderes; con la derecha juraba los principios fundamentales del Movimiento franquista, con la izquierda confraternizaba con Carrillo y Tierno Galván. Un rey con las manos sucias, sin duda, pero ¿qué remedio? Platón en las Leyes o Sartre en Las manos sucias (George Lucas en La guerra de las galaxias o George R.R. Martin en Juego de Tronos si prefieren una referencia más popular) nos enseñaron que en política el equilibrio entre la utopía y la supervivencia, entre el principio de realidad y el idealista, entre la justicia y el bien, exige tener el pulso bien templado para apuñalar a los amigos por la espalda y compartir cama con los adversarios sin que por ello te guarden aquellos rencor o los de más acá te muestren cariño. Y sin que la búsqueda del mal menor te empuje al mal radical del reverso tenebroso del pragmatismo y el poder en sí mismo.

Rey entre jerarcas mediales, gran burgués entre hombres de negocios, campechano con periodistas cortesanos y líderes populistas, el rey Juan Carlos sabía cambiar de registro amoldándose a las circunstancias culturales de la democracia mediática y los intereses económicos de las empresas españolas. Posiblemente la más grande inteligencia política de su generación, sobrevivió a tirios y troyanos pero como si fuera un guión hollywoodense sus fracasos más sonados vinieron de dos insospechados animales: los elefantes y su familia política.

Todos los hombres políticos están obsesionados con su legado, con lo que escribirán sobre él los historiadores del futuro. Y no me cabe duda de que lo presentarán como uno de los más grandes estadistas, no sólo españoles sino europeos, en la transición del siglo XX al XXI. No sólo por lo que ha hecho sino porque tras de sí deja un sucesor ejemplar al que deja una herencia a la que él no pudo acceder: unas manos limpias.

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