Rubielos de Mora: trufas y gótico

Santiago Navajas

Unos amigos me habían recomendado Rubielos de Mora (RdM), un pueblo de Teruel, en el Bajo Aragón, aunque me habían advertido de que no había museos "ni cosas así" y que se trataba más bien de callejear por un pueblo muy bien conservado, pasear por el campo y comer sencillo pero bueno. La recomendación era correcta pero los motivos, insuficientes.

En RdM recomiendo alojarse en el hotel Los Leones, un establecimiento de solo dos estrellas pero que constituye un alojamiento de 10. Los anfitriones, Pilar y Manolo, rehabilitaron hace unos veinte años una de las impresionantes casonas del pueblo, donde han construido un templo de hospitalidad y gastronomía. Enclavado en una de las principales zonas truferas del mundo, Pilar elabora un menú de degustación con latrufa como baseque constituye una experiencia gastronómica de primer nivel (seguramente el helado de nata con trufa es el mejor del mundo), a partir de recetas "de la suegra" (literalmente) que Pilar ha modernizado con investigaciones autodidactas en nuevas técnicas de cocción y presentaciones novedosas (hay que probar su paletilla de ternasco al horno, que no se parece a nada que haya visto).

Hay que dedicar un día a callejear por las calles de RdM, disfrutando de los relojes solares en las fachadas de los edificios, los conventos y excolegiatas y, sobre todo, el aroma a madera que proviene de sus chimeneas, en el que se mezcla el pino y la carrasca (encina). Pero ahí es donde empezaba la infravaloración en la recomendación para visitar el pueblo porque RdM es un museo al aire libre de las esculturas de hierro forjado, diseminadas por sus plazas y calles, del artista José Gonzalvo, especialmente en sus homenajes al toro. Pero la gran sorpresa viene cuando se consigue visitar el convento de las Madres Agustinas. Allí, en una destartalada iglesia, y escondido en una capilla oscura y húmeda, nos deslumbrará un retablo gótico de Gonçal Peris con escenas del Antiguo y el Nuevo Testamento. De una belleza espectacular multiplicada por el hecho de estar situado en su lugar natural en vez de en un museo, todavía no nos habremos repuesto del entusiasmo cuando en la excolegiata, situada en el centro del pueblo (todavía más difícil de visitar, ya que solo se abre en fines de semana y festivos), nos veremos cara a cara frente a otra obra maestra del mencionado artista valenciano, en esta ocasión un retablo dedicado a la Virgen María. De dimensiones más grandes que el anterior, el brillo de los dorados y los colores pasteles del gótico, así como la finura de las composiciones y ese hálito de inocencia característico de esta época artística, le convertirán en un fan total del genio del Levante y le llevará a buscar el resto de su obra, fundamentalmente en el Museo de Valencia (su última obra que se pudo adquirir nos la robó el Museo del Louvre, quizás porque los parisinos están más preocupados por el arte que por la Fórmula 1 y la manipulación lingüística que los habituales gobiernos valencianos).

Pero no ha acabado aquí el esplendor cultural de RdM. Al salir de la excolegiata podrá ver unos carteles que avisan del Museo Salvador Victoria. Quizás no le suene mucho, pero en esta localidad nació uno de esos pintores abstractos españoles que hicieron su fortuna en el extranjero. Si José Guerrero y Esteban Vicente pasaron por Nueva York, el turolense Salvador Victoria fue en París donde se empapó del nuevo paradigma artístico. En el comedor del hotel Los Leones ya habrá podido disfrutar de parte de su obra gráfica, pero es en la casona rehabilitada específicamente para alojar su legado donde podrá disfrutarlo de pleno, una rica y compleja abstracción fundamentalmente geométrica y lírica. También abierto únicamente en festivos y fines de semana, desde los ventanales del museo se vislumbra el sendero que acompaña al río y que constituye una magnífica caminata por la que llegar a otra de las sorpresas de RdM: una pequeña plaza de toros en forma de anfiteatro, quizás, aventuro, la más pequeña y, a su modo, original de España.

Otro día merece ser dedicado a recorrer lentamente la comarca y sus otros pueblos, de Nogueruelas a Mora de Rubielos pasando por Linares de la Mora (parad en su panadería y comprar pan de aceite y un torta sabrosísima llamada "testamento". No me supieron decir la razón de tan peculiar denominación, así que me he permitido suponer que es porque está para morirse…) y llegando a la estación de esquí de Valdelinares (el municipio más alto de España). En el camino, es recomendable parar a ver el Pino del Escobón, un magnífico ejemplar de más de veinte metros y casi quinientos años. Ilustra sobre el valor de la tradición, ese hilo cultural entre generaciones, que ese árbol comenzara a despuntar por las fechas en las que Gonçal Peris terminaba las últimas pinceladas a sus retablos. Y de nuestro deber para con las generaciones pasadas en hacer todo lo posible por ayudar a esas grandes manifestaciones del espíritu de la cultura y de la naturaleza a sobrevivir a sus grandes enemigos, sea la procesionaria del pino o la estupidez humana.

Del mismo modo que los pinos son los reyes de la naturaleza en esta sierra de Gúdar, los castillos proliferan como hongos truferos. De todos los tipos, de los musulmanes a los cristianos, son reliquias de una época mucho más violenta y dura. En Mora de Rubielos se encuentra el gran castillo de los Fernández de Heredia, el que más merece la pena ser visitado, tanto por su grandiosidad y estado de conservación como por la exposición de armas de tiempos primitivos y medievales, de los antiguos griegos a China pasando por los medievales. Una exposición del terrible y brillante ingenio humano dedicado a matar y vencer. Hasta Leonardo Da Vinci se da cita entre los ingenieros de artefactos para destrozar al adversario.

De vuelta al hotel Los Leones, una botella de Rubus Quercus, vino del mismo pueblo con garnacha y syrah, acompañada de alguno de los embutidos trufados, también elaborados en la localidad, de la longaniza a la secallona, mientras crepitan las ascuas de pino en la chimenea de diseño modernista que adorna el comedor pondrá un sosegado y perfecto final a una excursión por otro de esos grandes lugares de la geografía española.

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