Por la Constitución, por la Patria, por el Rey

Santiago Navajas

Actualizando la tradicionalista Marcha de Oriamendi, hoy podríamos entonar: "Por la Constitución, por la Patria y por el Rey". Y, parafraseando el lema que sirve de expresión ritual en la sucesión de las monarquías: "El rey emérito abandona España: viva el Rey, que permanece al pie del cañón". Porque Felipe VI se enfrenta a un desafío mucho mayor que el ya de por sí gigantesco que tuvo que enfrentar Juan Carlos I: el enemigo de la Monarquía constitucional está en el propio Gobierno. Y no sólo Pablo Iglesias sino también Pedro Sánchez, que a través de su marioneta mediática, Iván Redondo, el Rasputín sin atributos de la Moncloa, este fin de semana anunciaba ufano en El País que la estrategia del Gobierno para los próximos años pasa por dos ejes: la guerra cultural y la reforma constitucional. Ambos objetivos apuntan a Felipe VI. No lo duden: el Gobierno de socialistas, podemitas, comunistas y nacionalistas tiene la cabeza del Rey en una diana.

A la lengua española pretende reducirla la izquierda a una herramienta ideológica a través del lenguaje inclusivo y la rendición a las toponimias periféricas, con la RAE resistiendo gracias a Muñoz Machado y Pérez Reverte, que como elfos lingüísticos se enfrentan el ataque de orcos ideológicos como Carmen Calvo e Irene Montero. La religión cristiana ha sido demediada ante la rendición del papa Francisco y el analfabetismo funcional generalizado propiciado por un sistema educativo orientado al adoctrinamiento anticatólico. ¿Qué institución quedaba como depositaria de lo que Claudio Sánchez Albornoz denominaba "el enigma de España"? Sin duda, la Monarquía.

Juan Carlos I ha puesto en bandeja de plata a los enemigos de España una justificación de oro para la destrucción del último baluarte que quedaba, la figura del Rey. De esta manera se llevaría a cabo una refundación en clave de la II República, el espectro que pende como una espada de Damocles guerracivilista sobre nuestra democracia, que sería también su certificado de muerte porque daría pie a una España incluso peor que rota: un zombi insolidario y desvertebrado con Otegi atizando las ascuas y Urkullu poniendo a asar las castañas y las nueces.

En estos momentos, la bandera rojigualda está destiñendo hacia el morado. Pero sería peor que un crimen, un error, santificar la figura de Juan Carlos I. Sus obvios méritos en el pasado han quedado reducidos a cenizas. Del mismo modo que rentabilidades pasadas no garantizan rentabilidades futuras, tampoco el prestigio ganado a pulso en situaciones peligrosísimas para el país tienen que servir de pasaporte a la impunidad ni al incienso. Precisamente fue la impunidad mal entendida, y consagrada en la Constitución, lo que llevó a esta retahíla de informaciones patéticas sobre el campechano, el comisionista y su amante. Y recordemos que el incienso se usaba en las iglesias medievales para tratar de tapar el comprensible mal olor de los peregrinos. El botafumeiro de Santiago de Compostela va a parecer pequeño en comparación con las impostadas e interesadas loas que los monárquicos farisaicos se van a sentir obligados a cumplir con otro rey español que acaba en el exilio.

Juan Carlos I debe servirnos en estos instantes de recordatorio de que el poder corrompe. Por lo que es necesario limitar también la figura del monarca. Aquellos que pretendieron proteger a Juan Carlos I han conseguido casi destruir la institución monárquica. Está en nuestras manos que el casi no se convierta en epitafio. Sigamos adaptando la Marcha de Oriamendi para orientarnos en estas horas confusas:

Por la Constitución, por la Patria y el Rey, lucharon nuestros padres. Por la Constitución, por la Patria y el Rey, lucharemos nosotros también.

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