Podemos como obra de arte

Santiago Navajas

A mediados de los años 60 Abbie Hoffman, el líder de los hippies norteamericanos que había entroncado el anarquismo y la vanguardia artística, se encontró con Jerry Rubin, un revolucionario comunista que soñaba con trasplantar el socialismo caribeño a los Estados Unidos. Fue como si Fidel Castro y Che Guevara se pusieran de acuerdo en tomar Manhattan a los acordes de Leonard Cohen. Eran unos patriotas americanos que pensaban que la casta americana (Washington, las grandes empresas, la tecnoburocracia, Wall Street y el Pentágono) había llevado el país a la miseria moral y el nihilismo político (Vietnam, Tercer Mundo, imperialismo), por lo que planteaban desmantelar todo el sistema que detentaba un poder robado al pueblo.

En la España actual, los Zipi y Zape de la resistencia política a una presunta casta que manipula el sistema son Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero, aupados electoralmente por una ola de indignación popular entre las víctimas de la crisis económica y usando, como en el caso de Hoffman y Rubin, las tácticas de la vanguardia artística. Del mismo modo que Andy Warhol abrió las puertas de la televisión y la cultura de masas a los artistas, Hoffman y Rubin (ahora Iglesias y Monedero) comprendieron que el ágora política por antonomasia no es el Parlamento sino el plató televisivo. Podemos ha llevado el rostro de su líder más fotogénico a las papeletas electorales como Warhol llevó al museo un bote de sopa Campbell. La idea de Podemos es que si el capitalismo ha alienado a la juventud utilizando la publicidad y la televisión con mensajes consumistas, la solución reside en utilizar sus mismas tácticas. Así, Pablo Iglesias se ha convertido en un icono mediático que se vende como una hamburguesa del McDonalds (ellos prefieren verse como el John Lennon y el Mick Jagger de la escena política, mientras que la derecha los contempla como una reedición bolchevique de Bonnie y Clyde).

Y no cabe duda de que los jóvenes de izquierda han respondido a la llamada electoral de Podemos, obviando el contenido de su programa pero reaccionando ante la política como espectáculo. Un show que afortunadamente no ha respondido al modelo histriónico de Hugo Chávez o Beppe Grillo, limitado en ese sentido por los orígenes académicos de nuestros imbéciles, en el sentido de Flaubert –Bouvard y Pécuchet– patrios.

En Podemos se juntan el hambre ideológica marxista con las ganas de comer revolucionarias. Es decir, el desprecio por las "libertades formales", esos "caprichos burgueses", con el anhelo de "libertades reales": ser, participar, actuar, tener protagonismo. Es sobre todo un movimiento de jóvenes y para los jóvenes que se aburren en los procedimientos burocráticos propios de la democracia liberal, elitista y que diferencia la labor del Estado de la realización personal en espacios privados, y aspiran a una democracia directa, sin intermediarios, asamblearia y popular en la que se (con)fundan lo público y lo privado.

Pero a diferencia de los años 60 o las alienadas sociedades tercermundistas en Sudamérica, las nuevas generaciones europeas no pretenden "dilatar la experiencia para hacerla exuberante y plena" sino simplemente encontrar un buen trabajo que les permita expresarse profesionalmente, ganar una cantidad de dinero razonable para llevar un tren de vida agradablemente consumista –a ser posible dentro de parámetros ecologistas, sostenibles y renovables– y, de vez en cuando, echar una cana al aire en el último restaurante creativo o la cabalgata del Orgullo Gay.

Por otro lado, tenemos el affaire ETA. Y que no hace más que evidenciar, una vez más, la delgada línea que separa el terrorismo cultural del terrorismo real. El 24 de mayo de 1967 ardió en Bruselas L'Innovation y murieron abrasadas más de 300 personas. El grupo artístico Kommune 1 repartió unos folletos en los que explicaba el atentado como una forma de que los europeos comprendiesen en sus propias carnes lo que sufrían los campesinos vietnamitas bombardeados con napalm por los imperialistas estadounidenses. Su lema a partir de entonces fue "¡Arde, almacén, arde!".

De la explicación de la Kommune 1 a los atentados contra los almacenes Schneider y Kaufhof por parte de la Baader-Meinhoff sólo transcurrió un año… Por otro lado, entre la extrema izquierda también cabe el terrorismo light, como el acoso o escrache, cuya más famosa realización tuvo lugar cuando el 10 de marzo de 1966 los provos holandeses atacaron el carruaje que llevaba a la princesa Beatriz de Holanda y el príncipe alemán, y soldado nazi, Claus von Amsberg con bombas… de humo.

Otra ocasión en la que el terrorismo cultural desembocó en terrorismo real ocurrió en los Estados Unidos. Rubin y Hoffman eran los líderes intelectuales y artísticos de un movimiento que pretendía convertir a la juventud en una nueva clase revolucionaria, cuya bandera sería una hoja de marihuana sobre una estrella roja y fondo negro. Ellos se limitaban a happenings y performances callejeros pero su brazo armado, los Weathermen, pasaron rápidamente del vandalismo callejero a los atentados. ¿Apoyan Iglesias y Monedero a ETA de forma que Podemos es un cómplice objetivo de la organización terrorista? No. ¿Plantean, sin embargo, la cuestión del terrorismo de manera tal que en determinadas circunstancias estaría legitimado? Sí, pero de su planteamiento se sigue igualmente la necesidad de atentar contra Carrero Blanco que contra Fidel Castro. Con lo que estarían de acuerdo, por cierto, de Juan de Mariana a Thomas Jefferson pasando por Lenin, la inspiración, me temo, de nuestros enfants terribles de la política postmoderna, que en lugar de demandas por lo civil y lo criminal deberían demandarse a sí mismos si hacer equilibrios sobre la cuerda floja de la lucha armada (y la esfera mediática no es lo mismo que un aula universitaria) no son ganas de caldear los ánimos. A no ser que sea eso mismo lo que se pretenda…

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