París, entre el terror y la libertad

Santiago Navajas

Cuando se produjeron los atentados en París, la solidaridad con la capital francesa se manifestó con lemas como Je suis Charlie o Je suis Paris. Sin embargo, este mes de agosto la noticia ha sido que a París han venido un millón menos de turistas. Algo debí de imaginar cuando mi madre, siempre tan prudente, me preguntó que qué se me había perdido aquí y que tuviera cuidado. Yo pensaba que se refería a una posible indigestión de ostras y champagne pero ella, a sus ochenta y cuatro años, está más sobre aviso de las tendencias globales del momento. #PrayForParis ("rezar por París") fue un hashtag oportuno en Twitter para concienciar y manifestar una intención honorable. Pero puede degenerar en mero postureo peor que hipócrita si dicho apoyo no se manifiesta de una manera comprometida con el pueblo francés, poniéndose a su lado a la hora de la verdad. Por ejemplo, yendo a tomar una crepe en las playas del Sena.

El río parisino está a día de hoy tomado por una Policía armada hasta los dientes y que inspecciona todos los bolsos que abultan más que una billetera. Lo mismo ocurre en centros comerciales como las Galerías Lafayette, donde, por cierto, se ve pasear a musulmanas en niqab a pesar de que dicha prenda, que sólo deja ver los ojos, está prohibida. Pero cualquiera le dice algo a quien se está gastando un pozo petrolífero en Yves Saint Laurent y Coco Chanel para lucir en la intimidad.

La deserción turística de París por miedo a los atentados muestra una vez más que no hay nada que ayude más al mal para triunfar que los hombres buenos cruzados de brazos. O, para la ocasión, que prefieran visitar localidades a priori menos amenazadas por el terrorismo islamista. Lo que, además de cobarde, es estúpido. Porque, dado el nivel de vigilancia que hay, sospecho que París es la capital más segura del mundo en la actualidad. Y que si los terroristas quisieran y pudieran actuar lo harían donde se esté menos alerta.

Michel de Montaigne, el más grande de los ensayistas franceses en una tierra que los ha producido excelsos, decía:

El miedo me parece una pasión extraña. Conozco muchas gentes a las que el miedo ha llevado a la insensatez, y aun en los de cabeza más firme engendra graves alucinaciones;

y su amigo Étienne de la Boetie escribió en su inmortal Discurso sobre la servidumbre voluntaria:

Es el pueblo quien se esclaviza y suicida cuando, pudiendo escoger entre la servidumbre y la libertad, prefiere abandonar los derechos que recibió de la naturaleza para cargar con un yugo que causa su daño y le embrutece.

En la deserción de los turistas de París se aprecia el aroma del miedo a la libertad debido al precio que hay que pagar por su defensa: el riesgo de perder la vida. Ese mismo miedo a la libertad que se expresa paradójicamente en el miedo al burkini, en cuanto que se trata de hacer pagar en otros lo que no somos capaces de defender por nosotros mismos, reculando vergonzosamente respecto de los principios liberales que sostienen nuestra civilización abierta y crítica.

Por si acaso todavía se lo están pensando para venir a París, la ciudad luce tan hermosa como siempre, las colas son menos numerosas en museos e iglesias, las pastelerías y los cines ofrecen la mayor calidad del mundo y, salvo en los parkings, los precios son similares a los de, digamos, Madrid. Visitar París siempre ha sido un placer epicúreo, pero hoy además es un deber cívico: #TravelToParis

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