Los tertulianos ciegos

Santiago Navajas

Nos ha costado mucho tiempo aceptar que la verdad se manifiesta en versiones, como la falsedad. A Sócrates lo mataron precisamente por enseñarnos que la verdad es un asunto poliédrico, como en la alegoría persa respecto a los sabios hindúes ciegos que pretendían saber qué era un elefante mediante el tacto. Uno tocó el lomo y dijo: "Ya veo, es como una pared". El segundo, palpando el colmillo, gritó: "Esto es tan agudo, redondo y liso que el elefante es como una lanza". Etc.

Los primeros diálogos de Platón con Sócrates de protagonista son exasperantes. Tras darle muchas vueltas a la cuestión de qué es la justicia, qué es el amor, o qué es un elefante, terminaba con un final abierto en el que Sócrates implícitamente nos decía siempre que él solo sabía que no sabía nada. Platón se hartó y elaboró una teoría de las ideas abstractas según la cual la verdad es una, clara y distinta, además de solo al alcance de unos iluminados superlistos como él (vulgo: sabios). En su última obra, Las Leyes, y tras haber sido despedido repetidas veces por dictadores de los que pretendía ser consejero, elaboró un régimen político en el que se condenaba a muerte al que no estuviese de acuerdo con la verdad establecida por los sabios (básicamente, él y sus secuaces de la Academia).

Arcadi Espada ha sido condenado a muerte periodística por la empresa en la que colaboraba por contar su versión del asunto Ferreras-Inda-Villarejo. Espada trabajaba en Onda Cero y Ferreras es uno de los líderes en La Sexta, por lo que se producía un conflicto de versiones. Espada es contratado para que cuente su versión de la verdad y la contraponga a otros versionadores de la verdad (vulgo: tertulianos). Ferreras parece que hace lo mismo, pero últimamente hemos descubierto, Villarejo mediante, que lo suyo es más bien propagar versiones de la mentira.

Una vez más, la realidad imita a la ficción, en este caso un cruce orwelliano entre Ciudadano Kane y Sed de mal. A Welles le encantaba interpretar villanos, ya fuese el magnate de las fake news William R. Hearst o el comisario fabricante de pruebas falsas Hank Quinlan, así que en esta ocasión se hubiese reservado el papel de Villarejo o Ferreras. Para el papel de Arcadi Espada podríamos elegir entre el dúctil Joseph Cotten o el enérgico Charlton Heston.

En este guirigay de versiones de la verdad y la mentira, ¿cómo saber qué es la verdad? Asomados a las radios, las televisiones y los periódicos, seguimos escuchando y leyendo una combinación de tertulianos ilustrados pero también otros que están ciegos. Uno toca la trompa y sostiene que el elefante es como una serpiente. El de más allá pone su mano en la rodilla y afirma que es como un árbol. Todos tienen razón en su versión, pero al pretender que es la única versión posible se equivocan. Quizás si asumieran socráticamente que es hipotética, parcial y limitada, podrían llegar a una versión más sólida, fundamentada y finalmente avanzar. Pero para ello tendrían que abrazar el método científico, el sistema dialéctico y el talante tolerante. Que es precisamente lo que hacía grande a José Luis Balbín y La Clave.

Desde el punto de vista político podemos confiar la solución a un sistema educativo que forme ciudadanos capaces de tener opiniones fundamentadas en la lógica, la experiencia, los datos y el sentido común. Cuando un oyente, un televidente o un lector de periódico va leyendo, escuchando y viendo diversas versiones de la verdad y de la mentira, compone su propio mosaico veritativo, siempre y cuando sea capaz de distinguir los Espadas de los Ferreras. Sería la solución liberal. También podemos crear un platónico Ministerio de la Verdad que dirima de una vez por todas lo que es cierto y correcto. Su lema podría ser "Los hechos os harán libres" o "Todo por la Verdad". Es la apuesta conservadora o socialista. En cualquier caso, y como nos mostró Welles en Ciudadano Kane, cuando un dirigente de medios de comunicación se vuelve un tirano es su propia libertad lo primero que destruye.

Lo que nunca se cuenta de la alegoría persa, por cierto, es que al final el elefante hindú estaba tan mosqueado de que lo toqueteasen, sobre todo en sus partes íntimas, que se encabritó y mató a todos los sabios ciegos. A la verdad, como al elefante hindú y a la rosa de Juan Ramón Jiménez, es conveniente no tocarla mucho.

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