Los socialistas, con el totalitarismo

Santiago Navajas

Ante la propuesta en el Congreso por parte del PP de condenar el nazismo y el comunismo, la izquierda y los nacionalismos votaron en contra. Lo de menos es que aprovecharan para sacar una vez más el franquismo a relucir. Tampoco fue lo más relevante que siguieran haciendo loas del terrorismo político que perpetraron Largo Caballero y Santiago Carrillo durante la II República. No, lo más significativo fueron las “infinitas distancias democráticas” que encontraba la portavoz del PP entre Bildu y el resto de formaciones políticas que se alineaban con el comunismo. ¿Hay una infinita distancia democrática entre Bildu y ERC, un partido que ha promovido un golpe de Estado? ¿Y respecto del PSOE? Porque la clave del Gobierno de Pedro Sánchez reside en haber traspasado las líneas democráticas que hacían que fuese un partido constitucionalista para pasarse al bando del Frente Populista.

Los de Bildu se han quejado de que los denominen “herederos de ETA”. Y tienen razón. La denominación exacta para el partido de Otegi es la de “legatarios de ETA””. La diferencia entre el heredero y el legatario es que este último sólo recibe los bienes del legado y no responde de las deudas del testador. Bildu se beneficia del prestigio de los etarras entre la extrema izquierda nacionalista vasca, y por eso los homenajes y fiestas a los terroristas que salen de prisión. Del mismo modo que el PSOE se beneficia del prestigio del terrorismo que promovió e incitó Largo Caballero en la II República para subvertir el régimen republicano y acabar con un Gobierno legítimo por la fuerza.

¿Qué sentido tiene que el PP plantee condenar el totalitarismo en todas sus formas si no es capaz de retirar la estatua de Largo Caballero del Paseo de la Castellana de Madrid? A la hora de la verdad, ¿será el PP de Pablo Casado como el ayuntamiento de Martínez-Almeida, que sí ha retirado una placa dedicada al Lenin español? Es reconfortante que Ciudadanos en esta ocasión no se haya puesto de perfil centrista y Guillermo Díaz, uno de los grandes parlamentarios de esta legislatura, haya desplegado una gran retórica de inspiración liberal para argumentar su apoyo a la declaración contra los totalitarismos de cualquier signo:

Los autoritarismos nazi y comunista son dos modalidades de asesinato en masa disfrazados de ideas (...) Yo me niego a separar hoy, como se está haciendo aquí, en dos bloques lo que es el dolor y la muerte, porque (...) quien asesina es un asesino, no el portador de una idea.

Simancas, el portavoz del PSOE, planteó la gran cuestión de fondo: si el PP iba a ilegalizar al PSOE. Cuando en 1979 los socialistas eliminaron a Karl Marx de su programa ideológico no echaron por la borda, sin embargo, su pasado de criminalidad política. Durante la Transición se guardaron bajo la alfombra los esqueletos políticos de la derecha y de la izquierda. Pero la izquierda ha roto el pacto de los barrenderos porque sus excrementos ideológicos le huelen a gloria utópica. Es hora de que enfrenten la dura verdad: que gran parte de los socialistas y los comunistas no lucharon contra el fascismo sino a favor de una dictadura social-comunista. De una república, sí, pero al modo bolchevique. Ahora que está de moda una arbitraria cultura de la cancelación que lo mismo se ceba con Woody Allen que con Plácido Domingo, es hora de cancelar, pero en este caso con sentido, gran parte de la historia de los socialistas para que su referente sea Julián Besteiro y no Indalecio Prieto. No hará falta ilegalizar el PSOE, ni que abandone su sede de Ferraz. Bastará con que reconozca sus crímenes políticos del pasado y abandone su compromiso con los enemigos actuales de la democracia y España.

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