Las dos caras de Andreu Buenafuente

Santiago Navajas

Andreu Buenafuente se define a sí mismo en su programa Late Motiv como "un modesto cómico catalán que está en Madrid muy agradecido". En su monólogo sobre la sentencia del Tribunal Supremo se mostraba compungido:

Yo siento que este día ha vuelto a ser un día oscuro para este país. Creo que estamos ante el fracaso de la política. No se supo encauzar el sentimiento de cientos de miles de catalanes que en el 2012 pedían un referendo. Los jueces sustituyeron a los políticos. Y ahí andamos, en un bloqueo muy grande. Creo que somos una sociedad peor que en el 2012. Somos peores porque no sabemos solucionar nuestros problemas.

Este es Andreu, en modo Doctor Jekyll, razonable y amable, un tipo sensible. Sin embargo, Buenafuente tiene una dimensión Mr. Hyde como productor televisivo del programa Preguntes Freqüents, que se emite el sábado por la noche y tiene más audiencia en Cataluña que, por ejemplo, La Sexta Noche. El programa de La Sexta –donde discuten, por ejemplo, Elisa Beni e Inda–, en comparación con el de El Terrat, la productora de Andreu Hyde, es un prodigio de objetividad, tolerancia, diversidad y periodismo de calidad. El programa de la televisión pública catalana remeda más bien a la célebre e ignominiosa Radio Télévision Libre des Mille Collines, siendo uno de los núcleos mediáticos del lavado de cerebro que empuja a los catalanes a odiar todo lo español y justificar el uso de la violencia.

Desde que tenía 4 años, en el colegio, nos enseñaban a odiar a los tutsis. Nos decían que no nos querían, que eran nuestros enemigos (...) Años después, como presentadora de radio, creía firmemente que estaba haciendo mi trabajo, que tenía que defenderme a mí misma, a mis familiares, a todos los hutus y a mi país.

Sustituyan "tutsis" por "españoles" y "hutus" por "catalanes" y tendrán el mensaje que transmite la presentadora de Preguntes Freqüents, Cristina Puig remedando a Valerie Bemeriki, la voz del exterminio ruandés. Puig viste, mientras arde Barcelona por la kale borroka katalanista, una camiseta con un siniestro antidisturbios enfrentado a una joven manifestante con el cabello en llamas, en sintonía con el contenido del programa del pasado fin de semana, una apología de la violencia como pocas veces se habrá visto en una televisión europea.

De dicha guisa condujo un akelarre de cinco activistas que, con total unanimidad, despotricaron de la sentencia del Tribunal Supremo en una única dirección, debería haber dictado absolución, criticaron la prisión preventiva como si fuese el equivalente del gulag y justificaron las barricadas en las calles como la legítima respuesta de una población a la que no dejan expresarse. El coro de público y periodistas subrayaba y aplaudía este mensaje con la única voz discordante de Anna Grau, que sirve de diana y de excusa para aparentar diversidad y recibir insultos en las redes ("No és diversitat d'opinió, @annagrauarias és misèria humana").

Posteriormente, el turno de entrevistas no mejora, al revés, uno de los programas más sectarios, demagógicos y propagadores del odio que haya emitido una televisión, con el agravante de que se hace desde una emisora pública. El expresidente de Estonia, Manuel Castells y Pilar Rahola constituyen el plantel de invitados que, con la excepción del estonio, que se zafa como puede de las preguntas guiadas por la presentadora para que compare el caso español con el de la URSS, culpan al Estado español y a la policía de la violencia y el golpismo de los nacionalistas catalanes.

La guinda del pastel la puso Otegi, entrevistado por Puig con la mezcla de entrañable colegueo y rendida admiración que se le puede dedicar a Lionel Messi. El "hombre de paz" abertzale presume de haber terminado con la "violencia armada" y niega que haya kale borroka en Cataluña. Algo bueno, sin embargo, podemos decir de la entrevista-masaje a Otegi: pudimos por fin escuchar hablar en español. Porque la televisión pública de Cataluña niega el hecho de que el español sea la lengua propia de la mayoría de los catalanes, concretamente el 52,8%, que se identifican con ella y la usan también en su inmensa mayoría, 46,6% y 48,6% respectivamente, según el Anuario Estadístico de Cataluña de 2018. Las preguntas al vasco se las hizo Puig en catalán, no vaya a ser que la tomen por una charnega, supongo.

Buenafuente reclama "la política entendida como un servicio público que debe atender todas las sensibilidades". Y añade: "Todas son todas. Yo veo más odio que diálogo". Pero lo que hace es producir un programa sectario que promueve el odio a lo español a través de un monólogo orquestado de varias voces que repiten el mismo mantra, convirtiendo un servicio público en una cadena de transmisión del nacionalismo guerracivilista y manteniendo de esta manera encendidas las ascuas de la división civil, el enfrentamiento cainita y la xenofobia lingüística. Si Otegi es un hombre de paz, Buenafuente es un hombre de diálogo. Entre la paz de los cementerios y el diálogo de los sordos, en Madrid el modesto cómico se muestra agradecido a los españoles, mientras en Barcelona el poderoso productor esparce inquina y mete cizaña contra España. De las malas fuentes germinan las flores del mal.

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